El estado de alerta en Torremolinos Pulso entre la responsabilidad y la insolencia

  • Sin actividad en los barrios no turísticos de Torremolinos y con focos de turistas precavidos pero irresponsables

Parte del paseo marítimo de Torremolinos pasadas las 14:00 hora del domingo. Parte del paseo marítimo de Torremolinos pasadas las 14:00 hora del domingo.

Parte del paseo marítimo de Torremolinos pasadas las 14:00 hora del domingo. / Romero

"¿Pero está bien ya?". "Sí, mejorcita, se ha levantado a desayunar y vamos bien". "Bueno, me alegro entonces. Ya hablamos, aunque con el plan que tenemos ahora, no veas". "Ya ves, hay que salir lo justo. Vamos hablando". Y se despidieron. En la misma calle en la que el sábado por la mañana las colas para entrar a una panadería y una carnicería amenazaban con dar la vuelta a la manzana, durante el domingo no se veía a nadie. La conversación transcrita tuvo lugar en El Calvario, barrio no turístico de Torremolinos entre dos vecinos que probablemente ya no cumplirán de nuevo los 40 y que se voceaban cada uno en una acera, con la carretera entre los dos y una sonrisa socarrona en sus caras. Ambos llevaban la correa del perro en una mano y uno de ellos también una bolsa de plástico en la otra. Esa actitud se mantuvo en casi todos los barrios del municipio turístico por excelencia de la Costa del Sol.

Los turistas elevaron a tendencia nacional en las redes sociales a Torremolinos en la noche del sábado, cuando apuraban sus cervezas sin hacer caso a las recomendaciones. Con el estado de alerta, la mañana del domingo reportó algún madrugador vídeo en Facebook del Consistorio enseñando cómo la policía local echaba del paseo a transeúntes extranjeros. Luego, a media mañana, llovió suavemente, con 18 grados en el termómetro. Después del mediodía paró el agua y desde los hoteles con huéspedes del paseo o de la entrada por la zona del Olivarillo salían a darse un paseo los turistas. De dos en dos, casi siempre con una mala mueca cuando se les preguntaba por qué salían a pasear como si nada pasase. En los hoteles, los balcones enseñaban parejas leyendo en hamacas o mirando la playa tomada por gaviotas, palomas y cotorras argentinas.

Pasadas las 13 horas aún se veían algunas personas con sus maletas esperando al autobús que les dejase cerca del aeropuerto. La marcha masiva fue por la mañana, cuando los paseantes extranjeros -siempre andan dando vueltas por las calles antes de que la localidad amanezca por derecho- se cruzaban con otros turistas que sí tenían billete para salir de la Costa del Sol. Sin aglomeraciones, en el paseo marítimo que une El Bajondillo con El Rincón del Sol (La Carihuela) se podían contar decenas de personas separadas, a un ritmo bajo, respirando primavera mientras el resto del pueblo pasaba la sobremesa en casa. Ninguno hablaba castellano ni encontraba impedimento.

Una mujer en el centro peatonal de Torremolinos durante el primer domingo de alerta. Una mujer en el centro peatonal de Torremolinos durante el primer domingo de alerta.

Una mujer en el centro peatonal de Torremolinos durante el primer domingo de alerta. / Romero

Hay tiendas de comestibles abiertas, fruterías y algún supermercado. En los más grandes, gente que se considera población de riesgo iba con mascarillas y se mantenían las distancias de seguridad entre todo el mundo. Siempre presente esa mirada de complicidad que ya habrán notado quienes hayan pisado la calle para completar alguna de las necesidades básicas que se pueden desempeñar. Ningún tipo de ausencia en las estanterías. Sin gente sentada en las plazas que suelen albergar animadas charlas en las mañanas del domingo, sin jóvenes recién levantados contándose las andanzas del sábado en sus lugares favoritos. En los barrios sin hoteles, los perros eran paseados por uno de sus dueños y era muy difícil encontrar a gente, casi imposible que no llevasen una bolsa con víveres en la mano. "Hay que estar en casa y no resfriarse por nada", apuntaba una mujer mientras esperaba en la caja del supermercado con mayor rango horario del pueblo, al lado del ayuntamiento. En los restaurantes abiertos, las mesas y sillas recogidas y el personal con guantes.

Cerrados los bares, asumida la gravedad de la situación, Torremolinos se divide entre quienes viven en la localidad y necesitan que todo pase cuanto antes por lo que no meterán la pata. Otros maldicen entre dientes no poder hacer lo que les viene en gana en su periodo de vacaciones, lejos de su país, con el punto de rebeldía que da la circunstancia. Hay edades en las que se llevan mal las prohibiciones y runners incapaces de entender que se puede vivir sin recorrerse la ciudad rozando a los pocos transeúntes con los que se topan. El primer día ha sido un buen presagio, a pesar de los turistas insolentes.

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