Tribuna

Humanidades en tiempos de IA

Pronto veremos enfrentamientos entre neoluditas que querrán destruir esta ‘monstruosidad’ y transhumanistas que creerán ver una nueva forma de vida

La IAactúa como una extensión de la mente humana que no solo responde preguntas, sino que ayuda a formularlas.
Rawpixel
Julio Lorca
- Fundador de Nexthealth Consulting y Vocal de IA de la Asociación de Salud Digital

Todos los que ya tenemos una edad recordamos una época en la que muchos padres decían a sus hijos: “Hoy, aprender a programar es tan importante como el inglés”. Y la realidad es que, durante varias generaciones, fue así. Hace no mucho, uno de los artífices de la inteligencia artificial actual —en parte sin pretenderlo—, el fundador de la empresa NVIDIA, Jensen Huang, dijo algo que no he podido olvidar: que el código ya no era la frontera. Y tenía razón, aunque la frase exacta sea lo de menos.

La realidad es que, de una forma sutil pero acelerada, el lugar que antes ocupaban los programadores lo está empezando a ocupar otro perfil: el de un humano que sabe conversar con sistemas inteligentes, construirles contexto y enseñarles a trabajar para amplificar capacidades humanas. En pocos meses quedarán muy pocos programadores tal y como los concebíamos. Los nuevos técnicos, en lugar de escribir código, se ocuparán de “dirigir inteligencia”.

La IA actual no se comporta como una calculadora mejorada, como muchos aún creen. Actúa como una extensión de la mente humana, una suerte de prótesis cognitiva que no solo responde preguntas, sino que ayuda a formularlas. Y eso cambia las reglas del juego. Donde antes se escribían instrucciones, hoy se enuncian intenciones. Donde antes hacía falta traducir ideas al lenguaje de la máquina, ahora basta con contextualizarlas bien. Ejércitos de agentes habilitados (skills) hacen el resto. Y esa aparente sencillez es, en realidad, el gran salto. Porque ya no se premia tanto la capacidad de “hacer matemáticas”, sino la de pensar con precisión, estructurar problemas adecuadamente, iterar hipótesis, tolerar ambigüedad y tomar decisiones sobre la base de lo que nos proponen sistemas que no son humanos, pero casi lo parecen.

Su valor no está en ser una enciclopedia parlante, sino en usarse con propósito

La mayoría de las personas sigue usando estas herramientas como si fueran una especie de nuevo buscador más potente, una versión brillante del Google que nos acompañaba día a día. Pero su verdadero valor no está en ser una enciclopedia parlante, sino en usarse con propósito, no como oráculos, sino como colaboradores de verdad. No se trata de consultar, se trata de co-pensar. De construir juntos. De corregir, refinar y dudar. Ahí, en ese gesto tan poco automático, reside de verdad la nueva alfabetización. Lo que antes era programación hoy es orquestación mental.

Debemos ir entendiendo que todo esto conlleva un riesgo muy diferente al que nos hacen ver desde el sensacionalismo propio del momento de cambio de era que vivimos. El verdadero problema no estará entre quienes usen la IA y quienes no (siempre habrá artistas no digitales), sino entre los que piensen: “Pues ahora lo que hacía lo haré con diez veces menos esfuerzo”, y aquellos otros que decidan: “Con este potencial, podré conseguir diez veces más”. Entre unos y otros hay veinte puntos diferenciales de capacidad. Por ello, veremos emerger una nueva clase de división entre las personas: los que usen la IA como bastón y quienes la usen como palanca. Y eso ya está ocurriendo de forma soterrada.

La ventaja ya no es tener acceso a estas herramientas, cada vez más universales, sino saber integrarlas mejor que los demás. Saber qué pedirles, cómo corregirlas, cuándo desconfiar. En ese saber fino, casi artesanal, se juega buena parte del nuevo reparto de poder. No se trata de que la IA vaya a sustituirnos. Su verdadero impacto está en ampliarnos: en ayudarnos a ver lo que el cansancio nos oculta, a explorar caminos que no tendríamos tiempo de considerar, a anticipar errores que el juicio experto, solo, no alcanzaría a prever.

Hace unos días leía en prensa que una de las consecuencias inmediatas será algo contraintuitivo: las verdaderas ganadoras de esta nueva batalla no serán las carreras tecnológicas, sino las humanidades. Aquellas que nos ayuden a pensar mejor y a conducir una nueva locomotora, que de la misma forma que nos permitió ir más allá físicamente, ahora nos permitirá ir más lejos al potenciar nuestra capacidad mental (aunque esto sólo ocurra en aquellos que no se dejen llevar, sino entre quienes tomen las riendas).

Y sí, viviremos tiempos duros. Veremos enfrentamientos entre neoluditas que querrán destruir esta “monstruosidad” y transhumanistas que creerán ver en ella una nueva forma de vida. Ni unos ni otros se saldrán con la suya. Nuevamente, la sociedad sabrá sacar de todos nosotros lo mejor, como tantas veces ocurriera.

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