Una segunda oportunidad para el trasplantado hepático

Afrontar una enfermedad terminal a la espera de un órgano conlleva meses de ingresos, estrés, desánimo y esperanza. Pacientes que han sobrevivido a ello hoy disfrutan de una alta calidad de vida y ofrecen su ayuda a otros como voluntarios

Familiares y trasplantados hepáticos, en un viaje a Siles,  en abril de 2008.
Familiares y trasplantados hepáticos, en un viaje a Siles, en abril de 2008.
Paola García Costas

04 de diciembre 2008 - 01:00

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José Luis Sarmiento vivió los duros procesos de regulación de empleo de los Astilleros de Sevilla en 1983 y 1997. Formaba parte del comité de empresa y junto a miles de sus compañeros vociferó, se manifestó y se protegió de los golpes de la policía para reivindicar los derechos de los trabajadores. Hoy, el megáfono lo ha cambiado por la bata blanca. Varias veces a la semana acude al Hospital Universitario Virgen del Rocío como voluntario para apoyar a los familiares y los pacientes afectados del hígado que esperan un órgano. José Luis ha pasado del compromiso sindical al compromiso sanitario, de estar a la cabeza en un comité de empresa en lucha, a ser presidente de la Asociación Andaluza de Trasplantados Hepáticos Ciudad de la Giralda. Medios distintos para un mismo fin que enaltece: la ayuda al otro.

Junto a José Luis, también son voluntarios Ana María Ornedo, Carmen del Corral, Francisco Martín y José Antonio Castillo. Todos ellos son trasplantados hepáticos y cuentan historias que se mueven entre los hilos de lo asombroso, lo mágico, donde la metáfora o las coincidencias parecen que quieran poner de manifiesto la existencia del milagro en el transcurso de sus vidas. Carmen del Corral fue trasplantada el 26 de noviembre del 2002, un mes después, el 28 de diciembre, su hija estaba dando a luz a una niña en un edificio contiguo del hospital. Carmen siguió el parto a través del móvil. "Mi quinta nieta y yo tenemos la misma edad, 6 años. Para ella su primera vida, para mí la segunda tras el trasplante de hígado". También hay belleza en las coincidencias de la historia de su compañero José Antonio, trasplantado hace 12 años. "Tras la intervención llevaba 15 días en UCI y no mejoraba. El único medicamento inmunodepresor que existía por entonces no funcionaba en mí. Así que una noche mi médico salió para dar la noticia a mi esposa, hijos, padres y familia de que fueran haciéndose a la idea de que iba a morir". Sin embargo, esa misma noche el mismo médico que daba la fatal noticia investigando en su casa descubrió que el día antes habían presentado un nuevo fármaco en Barcelona. Pidió el medicamento a la ciudad condal y al día siguiente se lo suministró a José Antonio. "Al principio no sabían qué dosis darme pero me salvaron. Durante mucho tiempo cuando iba a la consulta de mi médico, bromeaba y le decía a mi mujer: mira lo fuerte que está el que debería estar criando malvas".

Pero hasta que llega la operación de trasplante hay todo un proceso previo. Primero los pacientes pasan por un protocolo que mide si son aptos para esta opción terapéutica. "Una prueba que me llamó la atención es que un psicólogo nos examinó a mi mujer y a mí para saber si nuestro matrimonio iba bien", explica Rafael García, trasplantado desde el 16 de abril de 1999. Una vez incluido en las listas de espera del órgano, para el enfermo hepático cada segundo que pasa juega a favor de la muerte. Pero cuando por fin ocurre la esperada llamada donde la voz de su doctor pide que acudan al hospital porque hay un órgano, el reloj se para y empieza la esperanza de los segundos que fluyen a favor de la vida. "Tuve mucha suerte porque el órgano llegó tan sólo a los 3 meses de estar en la lista de trasplantes. Hoy transcurre menos tiempo en la recepción que antes, de hecho se ha cumplido el número 10.000 en trasplantes de órganos en Andalucía", explica Francisco, operado desde hace 30 meses.

Sin embargo, no todo es fácil. Puede acontecer que tras la intervención se produzca un rechazo del cuerpo al órgano recibido. Ana María estaba recién casada cuando enfrentó la enfermedad terminal. Fueron numerosos los ingresos hasta que recibió el generoso hígado de un donante. Sin embargo, a los once días de la intervención su cuerpo no respondía y cayó en coma durante cinco días. Tenían que trasplantarla otra vez. "Me pusieron en alerta cero, que significa que cualquier hígado de España que hubiese lo recibiría. Y llegó justo uno de mi grupo sanguíneo B positivo". Hoy Ana María vive feliz junto con su esposo Paco, y tuvieron descendencia, pese a que es complicado para las mujeres trasplantadas. "Creo que mi hija Beatriz nació porque tras el trasplante mi doctor me animaba en la UCI con que me quedaría embarazada".

Todos los trasplantados manifiestan tener muy buena calidad de vida tras la intervención. Y sobre todo, recuerdan con insistencia a la persona y la familia que ha donado el órgano que les ha permitido vivir por segunda vez. Ninguno de los trasplantados, por estricto protocolo médico sabe el nombre ni el apellido del donante, pero sí algún dato que han conocido por casualidad: una chica de 22 años, un varón de 70 kilos y 38 años, un joven de 28 años que sufrió un accidente... Ellos y sus familias son protagonistas también de estas historias. "Sin su generosidad, yo hubiera muerto hace diez años y no hubiera conocido a mis nietos. Los trasplantados, no tenemos vida suficiente para agradecer que una familia anónima haya prescindido de una parte de su ser querido para darnos una oportunidad", dice emocionado Rafael. Y es que en el trasplante, un órgano pasa de ser un mero sustantivo anatómico para convertirse en un puente de vida en letras mayúsculas.

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