Alberto García Peralta - Albacea adjunto de Pollinica "Pollinica es una hermandad de todos que crea ilusión"

Alberto García Peralta encendiendo la candelería del altar de cultos del Señor

Alberto García Peralta encendiendo la candelería del altar de cultos del Señor / M.H.

Si la Semana Santa fuera una matrioska, las procesiones ocuparían la capa más externa y visible. Sin embargo, la razón de ser de esta grandeza reside en el interior, en las otras muñecas que poco a poco van encogiéndose de tamaño hasta llegar a una minúscula piececita que, de forma simbólica, pone en marcha todas las demás. Allí, en ese lugar invisible pero indispensable, reside la albacería de una cofradía, y por ende, los albaceas como Alberto García Peralta.

–¿Qué recuerdos cofrades guarda de su infancia?

–Mi infancia está marcada por las hermandades. Desde muy chico he vivido la Semana Santa. Mi madre me cuenta que cuando iba en el carrito y nos íbamos me ponía a llorar porque quería quedarme viendo más procesiones, que ya oía de lejos a los tambores. A ellos les gusta la Semana Santa pero nunca han estado involucrados en ninguna corporación. Eso sí, los Domingos de Ramos, bien temprano, íbamos a Stella Maris a la misa de palmas y después nos sentábamos en la Alameda, donde teníamos sillas, a ver Pollinica.

En el autobús escolar solía sentarme con unos compañeros y nos pasábamos todo el trayecto hablando de procesiones.

–¿Y su vínculo con Pollinica?

Pollinica forma parte de mi vida desde siempre, pero mi relación con la cofradía viene de amigos, que ya son como familia, que pertenecen a la cofradía. Juanjo Granados, el actual hermano mayor, veía que siempre estaba hablando de Semana Santa, fuera cual fuera la fecha. Esto en parte era propiciado por los coleccionables de cofradías que salían en Cuaresma. Yo me lo aprendía todo: las túnicas, los tronos, los estandartes… Y claro, a esa edad hace mucha gracia ver cómo un niño puede saber tanto de hermandades. A partir de allí, Juanjo me invitó a formar parte de Pollinica.

En 2005 salí en el traslado. Lo recuerdo perfectamente porque la procesión salía de la Catedral. Cuando vi todo montado dije: “El año que viene tengo que salir aquí”. Y así fue.

–¿Cómo era la albacería de Pollinica para un niño?

–Comencé a ir al poco tiempo de hacerme hermano. Veían que a mí aquello me encantaba y me llevaron a que echara una mano. Era muy curioso porque el reparto por aquel entonces se dividía en dos plantas: abajo esperaba la gente y arriba estaba la sala de túnicas. Para evitar colapsos, teníamos un teléfono que conectaba las dos plantas y conforme llegaban los hermanos, nos llamábamos para saber qué equipo nazareno había que coger. Con 10 años, mi tarea consistía en ir subiendo y bajando las escaleras para llevar las túnicas de un lado a otro. Esos son mis primeros recuerdos en albacería, que ahora con el paso del tiempo se ven con más cariño.

–Pollinica es conocida por todos como la cofradía de los niños. ¿Sigue viviendo el día a día de su hermandad con la mirada de un niño?

–Sin duda. Y puede sonar a tópico, pero es que Pollinica no se entendería sin los niños. Estos últimos años, no sé si por natalidad o cambio generacional, ha costado un poco más, pero nuestra sección de carguitos, o guardería como se conoce en otras hermandades, sigue siendo enorme. Estando dentro, y viviendo el día a día en ese ambiente, uno no puede evitar mirar a la cofradía con la ilusión y el cariño de un niño.

Todos los años se lleva a cabo una iniciativa que se llama “Jesús entra en Málaga”. Los hermanos vamos a distintos colegios de la capital y explicamos cómo es nuestra hermandad, qué representa… Hace dos años me propusieron a mí para llevarla a cabo, ya que estaba trabajando en el colegio Padre Jacobo.

Para un maestro y pollinico es, sin duda, una experiencia muy emocionante porque estás llevando el nombre de tu cofradía a los más pequeños. La inocencia más absoluta de los niños que preguntan todo con una ilusión enorme es increíble.

–Es de esas personas que trabaja en silencio en su cofradía. ¿Echa de menos algún reconocimiento para aquellas personas que dedican tanto tiempo en una hermandad?

–No, porque creo que sí que está reconocido. No necesito que me nombren. Nuestro trabajo se reconoce en el momento en el que entra alguien a la capilla y, al ver el culto que ha montado la albacería, dice: “¡Qué bonito, está precioso!”. Ese es el reconocimiento real.

–¿Con qué momento de la cuaresma se queda?

–Con la gente saliendo de calle Parras nº. 20 con palmas en las manos. Pusimos en marcha una iniciativa de venta de palmas para que todo el mundo pudiera tener una y decorar sus balcones y hemos perdido la cuenta de las que hemos vendido. La gente veía que estábamos vendiéndolas y se acercaban a comprarlas: “Me han dicho que es aquí”, también han colaborado otras cofradías, gente de a pie, empresas… Al final de tanto trabajo, con cosas como estas, te das cuenta que Pollinica es una hermandad de todos que crea ilusión.

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