Semana Santa

La peregrinación

  • La ciudad fue de estación en estación para cumplir con su Semana Santa hasta hoy, donde debe conmemorar la Resurrección

La escena que no pudo ser: el cortejo del Resucitado.

La escena que no pudo ser: el cortejo del Resucitado. / J. L. P.

Desde la frontera invisible del Viernes Santo -quizás por ese motivo serían necesarias las procesiones el Sábado Santo, pese a la negativa del Obispo- al Domingo de Resurrección hay un abismo inalcanzable. Málaga se despide cada año con Servitas volviendo a la carrera a San Felipe para evitar las cogorzas del personal, tan destruido a esas alturas como los pies de un cofrade al final de la Semana Santa. La resurrección no existe, no está de moda. El trabajo parece que se ha cumplido cuando Cristo muere y a alguien se le ocurre soltar un “hasta el año que viene”.

Hoy termina la Semana Santa con la misma gloria. Con el hecho reservado a uno solo para que toda esta historia tenga sentido. Probablemente en San Julián haya aún gente dispuesta a asomarse a contemplar la imagen de José Capuz y a guardar la última cola. A partir de mañana comenzarán los balances y volverán los tuits de un tal FTP que alertará de lo mal que lo hicimos los cofrades -no los turistas que incordiaron a los compañeros de 101, eso fue una chiquillada inocente con acento europeo, y sonríeles pase lo que pase-. En cuanto se desmonten los reposteros y las capillas recuperen su imagen habitual, y ocupados por el virus de nuevo, volveremos al silencio.

Pero en el capítulo final, el que hoy conmemoramos, encontramos una de las máximas de esta Semana Santa: nos hemos convertido en peregrinos. Hemos sido nosotros los que hemos acudido al encuentro de Jesús y María, convertidos en nombres y apellidos, porque esta vez era imposible el anonimato del capirote. Utilizando la paciencia para llegar al encuentro con las imágenes y dedicarles un tiempo de contemplación. Por primera vez, y esperemos que por última, los que han esperado han sido ellos en sus templos y casas hermandad.

Cualquier persona que haya hecho en alguna ocasión el Camino de Santiago sabe que, durante la ruta, hay todo tipo de peregrinos: quienes viajan solos, los que lo hacen en compañía, aquellas personas que van con una ligera mochilita y haciéndose fotos o los que arrastran la de la familia por tal de aliviarles la carga. Hay peregrinos que lo hacen por fe, por tradición, por turismo o por amistad. Otros que llevan coche o que apuestan por pagar un servicio para llevarles la mochila y dormir en los mejores hoteles. Sin embargo, el sentido es el mismo: llegar a la Catedral de Compostela para encontrarse con el apóstol de Jesús. La forma de vivir esta Semana Santa tuvo sus similitudes.

Desde las familias que aguantaron con paciencia la cola a quienes vistieron a sus niños de nazareno. Desde los discretos anónimos a las fotos oficiales y las reverencias hacia los políticos. Entre los llantos ante las imágenes y los abrazos prohibidos. De las capillas en silencio a las bandas que erizaron la piel porque algo de aquella Semana Santa quedaba en sus notas. De los que se quejan porque haya misas y la cola no avance a quienes se reservaron una esquina para rezar con profundidad. Con todo lo que ha supuesto esta especial ruta desde el centro hasta los barrios, la Semana Santa se ha configurado en una realidad efímera.

Y como dijo Javier Marín -siempre hay que citar a quien da en la clave-, saber que el pueblo va a reencontrarse con las imágenes supone un alivio y una reconciliación con la forma de vivir la Semana Santa. No han sido ni los tronos, ni los portadores ni los cuerpos militares los que han sido foco de atracción. Podríamos debatir si acaso es el arte el que ha llamado la atención -aunque la mayoría no sepa quién fue Fernando Ortiz- o si, por el contrario, se han podido reencontrar con la pasión y muerte de Jesús y el sufrimiento de todo su entorno. No es el mensaje que se queda con Cristo en el Sepulcro, sino la forma de entender nuestra Semana Santa, valorarla y creer en ella. Y eso conlleva, ineludiblemente, un mensaje de amor.

El debate ahora se podrá centrar en una cuestión clave: y ahora, ¿qué? ¿Cuál es el destino de las cofradías? ¿Hacia dónde se encara el fin de las hermandades? Quizás sea el momento de volver a poner a los hermanos en el centro de la atención de las corporaciones nazarenas, como se hiciese en los orígenes. Valoremos los errores, planteemos el futuro y sigamos caminando.

En la resurrección está el secreto de la próxima Semana Santa. Habrá que volver al cese de la actividad en las próximas fechas para que todo vuelva a la calma y se pueda retomar la rutina detenida pronto, aunque en unos días nos vuelva a convocar la caridad. Velad, cofrades, para que sea posible que el milagro vuelva a obrar en Málaga.

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