Entre bambalinas

La hermandad de Oz

  • Volver a andar por el sendero de baldosas amarillas para encontrar el horizonte esperado nunca está de más

Las esmeraldas, como en Oz, indican siempre lo esencial. Las esmeraldas, como en Oz, indican siempre lo esencial.

Las esmeraldas, como en Oz, indican siempre lo esencial. / J. L. P.

L. Frank Baum comenzó su obra más conocida con un ciclón. En el ojo del huracán se encontraba la pequeña Dorothy, que fue transportada a un mundo mágico de baldosas amarillas. Por el camino se encontraría a distintos personajes que le acompañarían hasta la ciudad esperada. El resto del clásico, por respeto a quienes no hayan disfrutado todavía leyéndolo, se queda sin narrar.

Los perfiles de esta obra son un reflejo de la vida, una crítica a la sociedad del momento que, como tantas veces ocurre, se puede trasladar a lo que vivimos hoy. Existen personas como el espantapájaros: felices en su ignorancia. Convencidos de su verdad como la mejor y la única. A veces, por estar en la inopia, como aquella mujer que preguntó si ya había pasado el Cautivo por la plaza de San Pablo en pleno mes de junio al ver salir por el pórtico neogótico a la Virgen de la Trinidad. Otras veces, por interés. El relato, que le llaman ahora los políticos a la mentira, o creer que la panacea está en seguir un plan trazado para que la Semana Santa vuelva a ser lo que fue cuando la vuelta atrás es imposible. Ahora es tiempo de afrontar una realidad nueva.

Por el recorrido hacia Oz también aparecen los hombres de hojalata: seres que, por entregarse a las pasiones, acabaron perdiendo su corazón. Incapaces de sentir porque se han mecanizado. Son los que han trazado su círculo en la perfección del protocolo, en el canapé de después, en las fachadas encaladas e impolutas mientras, por dentro, se desmorona su castillo de naipes. Los que disfrutan saludando por medio de la calle, bastón en mano, porque creen que su papel es ser una cara visible. En los actos institucionales, duren lo que duren. Muy parecidos a los políticos de palabras bonitas, como el reflejo del metal, pero a la vez huecas.

Finalmente, los cobardes leones. Los que prefieren su zona de confort a dar un paso valiente y poner sobre la mesa sus ideas. Los del perfil anónimo que vienen a dar lecciones. Aquellas personas que no se mancharon nunca o lo hicieron hace demasiado tiempo y ahora preocupa más conservar el estatus. Los que no nos atrevimos a hablar antes y ahora entendemos que es demasiado tarde porque nadie nos escucha.

La historia de Baum nos recuerda, sin embargo, que siempre hay esperanza para arreglar cualquier circunstancia que se tuerza. Todo consiste en mirar dentro y ver qué tenemos o a quiénes encontramos capaces de arreglar un entuerto así. Quizás, junto a la nueva encíclica del Papa, lo que convenga regalar antes de abrir el Centenario sea un ejemplar de El maravilloso Mago de Oz. Desandar los pasos para encontrar el sendero correcto nunca está de más. Encontrar los perfectos compañeros de camino, tampoco.

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