Semana Santa

Frontera del mundo y camino al silencio

  • Del Monte Calvario a Servitas, la jornada reveló los mayores contrastes de la Semana Santa, entre la liturgia y la razón urbana

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EN su libro No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio, el pensador y poeta navarro Ramón Andrés borda una abrumadora aproximación al gesto insobornable de no decir. Se trata de una postura que va mucho más allá de cerrar la boca y que se parece más a un despojarse, a un apartar la espesura sobrante para limpiar el canal por el deseamos que alguien nos hable: el silencio es, en fin, un vaciar de sí, una eliminación del yo, el fin de esa musiquilla perenne del cerebro que atiende por pensamiento y una disposición plena a la escucha. Y por esto, recuerda Ramón Andrés, es el silencio el camino predilecto de los antiguos místicos, que se deshacen de todo lo que les atañe para poder percibir así lo que el Amado (San Juan de la Cruz lo expresó a la perfección en su Noche oscura del alma) tenga que decirnos. El silencio es por tanto una cuestión personal: cada uno de los que optan por él ha de pelearlo y ganárselo por sus propios medios. Pero, ojo, este silencio no exige per se la ausencia completa de sonidos y estímulos: los místicos sufíes se ayudan de la música y la danza para limpiar el canal con más profundidad, y aquí la música y la danza son silencio. Sucede a veces, no obstante, que el callarse se convierte en institución y materia colectiva; cuando un pueblo identificado como tal se niega a decir lo hace también para una mejor escucha, pero, al mismo tiempo, rara vez resulta más elocuente. Por eso, las emociones que saltan cuando el Señor del Sepulcro sale en la calle Alcazabilla cada Viernes Santo son poderosamente significativas: en la última ocasión, hace dos días, bajo una noche despejada y plena sobre la que se advertían equilibrados movimientos celestes, con todo el buen tiempo a favor, no cabía un alma en este ramal de la vieja judería, y aún así algunos inconscientes querían ver una película en el Cine Albéniz. Estaban servidos en bandeja los ingredientes necesarios para hacer de la calle un grito descomunal, un monumento al ruido, un paisaje de escándalo; y no deja de resultar impresionante, año tras año, cómo el gentío se ajusta, en un solo gesto compartido, al silencio, al paso del Señor ya fallecido y de Nuestra Virgen de la Soledad. Abundaban los rostros serios, los ojos cerrados, las miradas compungidas, lo mismo entre pequeños y grandes, entre incondicionales y curiosos, como un luto respetado por todos. Cuando el cortejo llegó a la Plaza de la Merced, la impresión se expandió poderosa a su paso, incluso por los bares del entorno, que estaban repletos hasta los topes: hasta entre quienes no se mostraban precisamente muy en disposición de guardar el ayuno eclesiástico, dando cuenta ya de tapas, bebidas y cenas diversas, el paso de la representación del Señor entregada ya su alma se traducía en una pausa, en un paréntesis, tal vez en una incomodidad de seguir como si nada ante el silencio que todos los otros compartían al paso de los tronos. Por esto precisamente la Semana Santa de Málaga encierra sus mayores contrastes el Viernes Santo, el día en que se dan la mano la mayor expresión litúrgica del dolor por la muerte de Cristo con la algarabía de quienes festejan uno de los mayores puentes del año. La (des)armonía en la que ambas se sustentan es uno de los espejos más fieles para saber de qué estamos hechos.

Al cabo, ¿por qué guardaba silencio la muchedumbre agolpada a las puertas de San Felipe Neri, siendo ya noche cerrada, para recibir a María Santísima de los Dolores en la procesión de Servitas, con su discreta parafernalia de luces apagadas y tambores sordos, su paso rápido, tan desprovisto de performance y espectáculo? ¿Y por qué esperaban por miles a la Dolorosa en Carretería, y en Arco de la Cabeza? ¿Sólo para hacer un alto en el camino, cinco minutos de expresión de agonía y a otra cosa? Seguramente porque, tal y como sospecharon ya los filósofos presocráticos, y tal y como confirmó Wittgenstein algunos miles de años después, hay cosas que no podemos decir; y de lo que no se puede decir, mejor callar la boca. El mismo respeto irracional cundía en los márgenes de la procesión del Monte Calvario ya en la hermosa salida de la ermita, en la conquista de la Plaza del Carbón a cargo del Cristo de la Redención, en la comparecencia junto al Hospital Noble del monumental conjunto del Descendimiento, en el corazón trinitario del Santo Traslado, en las lágrimas vertidas por tantos culminada la salida del Cristo del Amor en Fernando El Católico y en el abrazo con el que el Molinillo volvió a acoger a la desconsolada Virgen de la Piedad, con todo el barrio empeñado en compartir la quiebra precisa del corazón, éste es mi Hijo, está muerto. De nuevo conviene buscar funciones catárticas en esta iconografía de la muerte, pues la misma, seguramente, permite que ciertas inclinaciones proclives a la destrucción encuentren un cauce en el que resolverse. De nuevo la muerte de Cristo se hace sacrificio: al igual que en la Antigüedad, como en Abraham e Isaac, la absolución de lo irracional permite al ser humano el gobierno de la razón. Y esto explica, de paso, que en lo que a colectividad se refiere la puesta de largo de la muerte de Cristo tenga aceptación plena, mientras la resurrección quede habitualmente soslayada. La muerte es catarsis, la resurrección es una cuestión de fe. Y ésta sí que no admite más trámite que el que se despacha a nivel personal, íntimo e intransferible. De alguna manera, Málaga encuentra sentido a su propia muerte, la que sufre día a día, en la representación de esta otra; lo de resucitar compete, o no, a cada uno.

Poco antes de que Nuestra Señora de la Piedad llegara a Ollerías, con todo el Molinillo asomado a sus balcones y subido a sus aceras, un hombre de origen árabe observaba la procesión junto a su hijo, de unos diez años. Nada más pasar el trono, el padre, que vestía una chaqueta de cuero y parecía resistirse a encender un cigarrillo por respeto, dijo en voz alta: "No lo entiendo, ¿por qué está tan triste todo el mundo?" Y su hijo respondió: "Porque ha muerto Jesús, papá". "Pero de eso hace ya mucho", replicó el progenitor. "Sí, pero tiene que morir otra vez para resucitar de nuevo", apuntó el pequeño para asombro de su padre, que espetó: "Pero bueno, ¿dónde has aprendido tú eso?" "Pues en el colegio, papá, dónde va a ser". Al cabo, las liturgias que perviven en la Semana Santa también son, a veces contra todo pronóstico, herramienta de integración. En el silencio cabe todo el mundo. Incluidas sus incomprensibles fronteras.

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