Martes santo

Honor a la diosa blanca

  • En su hondura de contrastes, la devoción de la Semana Santa se aproxima a cierta primitiva idolatría pagana La Virgen del Rocío estaba ya en el principio

RECIBIDA junto al Altozano por familias vestidas de domingo y algodón de azúcar, practicantes del running que parecen no tener en sus armarios más que el chándal, quinquis de medio pelo con pendiente de saldo y lema obsceno en la camiseta, trasuntos del Occidente andaluz más feroz con pantalón corto, mocasines azules y jersey colgado a los hombros, devotos con gesto compungido y dedo pulgar invariablemente conducido a la frente, devoradores canijos de bocatas de mortadela y latas aplastadas en el asfalto, veteranas templarias de la casta moral etéreacon gafas de sol, blusa beige, gesto agrio y permanente en decadencia, aviesos descabezadores de gambas en homenaje al chupitira, gitanas de la Cruz Verde con collares de perlas y pantalón del pijama, jovencitos abrazados a sus chonis con la mano adherida a la nalga gracias al short, el propietario de un puesto de mojitos que planta la mercancía en el Jardín de los Monos y pregona ofertas con perrito caliente incluido, sedentarios observadores de Lagunillas que se rascan el ombligo desde la otra esquina, parados cual esfinges, como si una cancela invisible les impidiera acercarse demasiado a Cristo de la Epidemia, rockeros con niña en los hombros y cara de qué hago yo aquí y turistas aferrados a su Nikon y a su gorro de explorador como si el rinoceronte fuese a incorporarse de un momento a otro, la Virgen del Rocío ha de ser, necesariamente, mucho más que la madre del Nazareno de los Pasos que la precede en el cortejo. Ella es la Eva fecunda, el tótem noctilúnico, la invocadora de la pleamar con sus suspiros, la sacerdotisa del rito original. Ella es la diosa blanca a la que cantó Robert Graves, la que reclamaba a los esforzados eunucos que nadaran hasta la otra orilla para que pudieran mesar sus cabellos, la creadora del mito, la fuente imperecedera de la poiesis, la castradora de héroes, la que no necesita del varón para quedar encinta, vientre siempre dispuesto, predecesora de Sara en el desierto de Ur, Ammavaru en India. Y así, en su virtud primigenia, la Novia de Málaga, como si fuese Málaga la que aspirara a sembrar un Dios en sus entrañas, conquista a todos y cada uno, sin reservas. He aquí el milagro: en su revolución contrarreformista, armada de intenciones contra los feroces iconoclastas que aceptaron a Lutero, la Iglesia hizo de la talla su signo principal. Y así devolvió la fe que el mismo Cristo quiso astuta como serpiente y sencilla como paloma a la pompa de la idolatría y del mayor festín pagano. Por eso el sufrimiento de esta mujer ante el calvario de su hijo conduce tanto al recogimiento solidario como al más explícito carnaval: el sentir barroco, bifronte como Jano, teatro alzado a pie de calle, da coartada a uno y a otro. Pero algo distingue a la del Rocío de otras Vírgenes: su humanidad cristalina, su disposición serena, su composición afín a la criatura, sin las pesadas cargas doradas que otras llevan para subrayar su naturaleza celeste. Al menos, hasta ahora; en septiembre, la imagen recibirá la coronación canónica y ya será un tanto menos parecida a quienes la aman. Y hasta la firma Tejeros ha lanzado una edición especial de sus galletas, en caja de lujo, para celebrar tan solemne efeméride. Si de adorar se trata, quizá convenga que el objeto adquiera connotaciones de emperatriz: en su silencio, seguirá diciendo lo que cada orador quiera que diga, y las formas conferidas del poder humano serán, para la superstición primaria, motivo de garantía. ¿Qué consuelo pueden aportar los iconos bizantinos, las figuras románicas, realizadas a imagen y semejanza de las hechuras humanas, en su medida más humilde? El barroco contrarreformista impulsó la piedad sin límites: será una señora todopoderosa la que se incline a escuchar nuestras preces.

En este caleidoscopio de raíces más o menos visibles, el mismo teatro del Martes Santo es un crisol de sensaciones. Como las que cundían en Pozos Dulces a la salida del Cristo de la Agonía y la Virgen de las Penas, con las esquinas habitualmente vacías y arrinconadas al olvido ahora repletas de abuelos guiados de la mano de sus nietos, de visitantes asombrados ante la rectitud del desfile entre pasajes tan estrechos, de los incondicionales que se niegan a perder, como cada año, la ocasión de contemplar el corazón de Málaga sujeto en este puño, por más que en Compañía y San Juan los bares no dieran abasto en el suministro de torrijas y el silencio y el estruendo se fundieran en un abrazo de imposible equilibrio. Y mientras Nueva Esperanza alcanzaba desde su planetaria órbita la ermita de Zamarrilla, en uno de esos momentos que muchos quisieran congelar para repetir a placer, ya era la calle Agua un hervidero de jóvenes penitentes dispuestos a seguir de cerca al Señor del Rescate. Y volvió así a tener el barrio de La Victoria, recientes aún los sabores de la salida del Rocío, su pasaporte a la gloria, en la bohemia tan venida a menos que aún luce aquí sus castigados palmitos, con los fantasmas de los tranvías de la posguerra y el hambre transitando aún en la misma dirección que María Santísima de Gracia, levantando a su paso, como ante los ojos del profeta Ezequiel, los cuerpos secos de la necrópolis musulmana que se extiende bajo el firme y que no hace mucho reclamó lo suyo abriendo un gran agujero en el suelo de la misma calle Victoria, con los poetas de medio pelo que pululan por la calle Agua ensismismados ahora de fervor estético ante el Nazareno, los vendedores de globos metidos en el ajo abriéndose paso a codazos, los estudiantes ingleses y alemanes que comparten piso en la zona haciendo fotos con sus tablets antes de buscar bulla en la Plaza de la Merced, los alumnos de los Maristas con sus flequillos delatores haciéndose los ligones ante inocentes chiquillas, los chinos del badulaque sentados tranquilamente en la acera con sus barras de pan a treinta céntimos, algún cantaor improvisado que dejaba la saeta en lo bajini, madres abnegadas intentando controlar la posición de sus vástagos mientras sus esposos se lo jugaban todo a una para la instantánea definitiva y paseadores de perros empeñados en no modificar un centímetro el itinerario por el bien de sus mascotas. Todo el mundo metido en cinco metros cuadrados. El tipo del puesto de mojitos, que ya tenía un buen número de perritos en la parrilla, hacía su agosto. Le faltaba un hilo musical a lo Chucho Valdés para hacer la competencia a La saeta, con la que la agrupación musical San Lorenzo Mártir anunció la llegada del Señor a la Victoria. Allí permanecería, hasta que El Rocío, casi culminado el camino de vuelta, se dirigiera a su encierro, jaleada por el ya tradicional luminoso que en la esquina del Jardín de los Monos y el Compás luce orgulloso su nombre.

Daba igual que a las 20:45 Juanmi e Isco jugaran en La Roja: había que partirse la cara para ver a la Sentencia en la Tribuna de los Pobres, después de su hermosa salida en la calle Frailes, donde no cabía un alfiler; o la bellísima estampa que deja la Estrella, desde su atalaya perchelera tan arrimada a la frontera en la Trinidad, por el Puente de la Esperanza, donde abnegados siervos arrastraban sus cubos cargados de latas de cerveza para calmar la sed de los pasionistas. Los titanes de Nueva Esperanza parecían guiarse por el escudo de armas de Marco Aurelio: Festina lente, apresúrate despacio, y así completaron su procesión de más de doce horas, agotados los dioses, sesgados los cuerpos, henchidos los espíritus. Casapalma fue un río de cera cuando no hubo más que noche y las Penas enfilaba, solemne, por Comedias. Ya no hace falta llamar a las puertas del cielo, señor Zimmerman. Basta un toque de campana para la gracia.

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