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Toros en las Ventas de Madrid con Sebastián Castella, José María Manzanares, y Pablo Aguado

  • El francés abrió la Puerta Grande de Madrid cuajando a ‘Rociero’, un toro de vacas de Jandilla Manzanares y Aguado se fueron de vacío

  • Morante se inventó una faena

Sinfonía de Castella al natural

Con hieráticos estuarios inició Sebastián Castella su triunfal faena a ‘Rociero’, un bravo ‘jandilla’ que se fue sin las orejas al desolladero. Con hieráticos estuarios inició Sebastián Castella su triunfal faena a ‘Rociero’, un bravo ‘jandilla’ que se fue sin las orejas al desolladero.

Con hieráticos estuarios inició Sebastián Castella su triunfal faena a ‘Rociero’, un bravo ‘jandilla’ que se fue sin las orejas al desolladero. / EFE

Nuevamente Eolo reinando sobre la tarde madrileña y triunfo rotundo de Sebastián Castella al desorejar a un toro de bandera llamado Rociero. Y así como el viento volvió a enseñorearse de la plaza madrileña, las dificultades surgieron nuevamente con el receso del cuarto toro, en que Sebastián Castella supo dominar al viento y también a un toro que hubiera hecho las delicias de Borja Domecq en su localidad de los palcos del Cielo. Toro negro casi zaíno, bajo y precioso por la armonía de sus hechuras, aunque echó de salida las manos por delante, muy cuidado en la espléndida lidia de José Chacón, que puede ir al copo de premios en este San Isidro, fue desarrollando calidad en cada embestida.

Y a partir de esa lidia modélica de Chacón, la tarde iba a alcanzar su cima. Estábamos ante un toro muy bravo, eso ya lo sabíamos todos, y Castella, solemne, se fue a los medios para brindarle a Madrid la muerte de Rociero. Con los estatuarios de inicio ya se pusieron a tono los tendidos y el francés, que venía de un inicio de campaña dificultoso, vio el arreglo y bien que lo aprovechó. El toro tenía un pitón izquierdo sensacional y Sebastián encontró la oportunidad de ejecutar una sinfonía al natural que puso a Las Ventas bocabajo. La excepcional bravura del toro propiciaba la ligazón y esa fue la llave para que el torero abriese por quinta vez la Puerta Grande de Madrid. Antes de la estocada a ley que mató sin puntilla a Rociero, unas hieráticas manoletinas terminaron de aderezar un guiso sabrosísimo. En el toro que abrió Plaza, Castella apeló a la insistencia, pero sin éxito. Histérico, negro y muy serio, no se mostró, precisamente, histérico sino remolón, sin celo y francamente desrazado. Sin una pizca de transmisión, todo quedó en intentos que no conducían a nada.

Este precioso natural fue uno de los detalles que Pablo Aguado dejó en su primera tarde en San Isidro. Este precioso natural fue uno de los detalles que Pablo Aguado dejó en su primera tarde en San Isidro.

Este precioso natural fue uno de los detalles que Pablo Aguado dejó en su primera tarde en San Isidro. / EFE

Fue el punto culminante de una corrida que como tantas otras fue víctima de ese viento que padece Madrid en este San Isidro. ¿Cuántas cosas sobresalientes hemos dejado de ver por los vendavales venteños? Pues muchas y, desde luego, la corrida de Jandilla ha sido una de esas víctimas. Una corrida generalmente brava y también con falta de fuerza en su mayoría, pero cuánta calidad perdida en esas francas embestidas imposibles de domeñar con los engaños como banderolas al viento de Madrid.

José María Manzanares no atraviesa el mejor momento de su carrera, pero este viernes parecía muy dispuesto. Tuvo por delante un toro de mucha calidad, el segundo, de nombre Lodazal, pero con muy poca fuerza, lo que puso en contra a todo el exigente tendido madrileño. Toro bravo sin fuerza, sinónimo de que si le bajas la mano se cae y si no le obligas te arrolla. Manzanares, no obstante, calentó en series de redondos que estropeó con una estocada en los bajos. El quinto era otro toro precioso, pero sin fuerza, por lo que aquello no pasó de la insistencia y de una estocada precedida de un pinchazo que no recuerda a aquel torero que mataba como un cañón.

Una tarde más, el viento se llevó muchas de las ilusiones de toreros y aficionados

Pablo Aguado anda en la tarea de reencontrarse con aquel torero que cierto viernes de Feria de Sevilla desorejó por partida doble a su lote de Jandilla. Necesita un golpe en la mesa para asentarse en el sitio que se le auspiciaba. Su primer toro, un castaño llamado Secretario, era un ejemplo de toro bravo, pero sin fuerza. Embestía con gran calidad y Pablo sacó algunos pases de esos acariciadores que tan bien prodiga. Desgraciadamente, el viento arreció en ese toro y aún más en el sexto. Se le puso la tarde a contraestilo y no se le puede negar la voluntad de estar bien, pero entre que el toro transmitía poco y que el viento se huracanaba por momentos, el sevillano se quedó sin triunfar. Y hay que ver lo bien que torea, pero aquello parecía toreo de salón por la bondad a veces bobalicona del oponente. En el sexto, la plaza había perdido quórum, pues el viento y el frío hicieron que huyeran muchos en busca de abrigo. Y algo que debiera tener en cuenta Pablo es que lo último que debe hacer un torero de su corte es apelar a una insistencia que se convierte en aburrimiento. Y fue lo que la novena corrida de San Isidro dio de sí, mientras Sebastián Castella se iba en hombros camino de Manuel Becerra. Una tarde más, el dichoso viento que vive en Las Ventas se llevó casi todo lo que fuimos a buscar.  

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