NO sé si la vicepresidenta del Gobierno y candidata a la Presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, ha calculado el riesgo que corre al lanzarse a tumba abierta a explotar las continuas críticas a su “acento” andaluz, convirtiéndolas en estandarte que aumenta su notoriedad y ¡quién sabe! el número de votos. Y digo que no estoy seguro de que sea un buen “filón”, porque, en lo que concierne a los usos idiomáticos, casi todo puede acabar volviéndose en contra.
Lo último, por ahora, ha sido su ardorosa intervención, la tarde del pasado 21 de febrero, en un mitin en Jaén (y “hay quien dice de Jaén que no es tierra andaluza…”), donde se vino arriba y, en apenas un minuto, proporcionó varios titulares que, casi al mismo tiempo que eran aireados por los medios (escritos y audiovisuales), se colaban en mi móvil, gracias a amigos que se echaban las manos a la cabeza. Pues no es para tanto. Y no sólo porque nada de lo que dijo suponía novedad, sino porque no incurre en ningún disparate que no sea “lugar común”.
No, no se puede combatir el tópico de igualar al hablante de Andalucía con un (semi)analfabeto, imagen que cierto cine ha reproducido hasta el cansancio, mediante la difusión de otro tópico. Animar a los andaluces a “expresarse con orgullo y sin complejos”, a hacer de su modo de hablar [español, esto lo oculta] “bandera política”, a “defender nuestros orígenes”, a “no avergonzarnos nunca de hablar en andaluz”, etc., es algo que, de tanto repetirse, suena ya a estereotipo hueco. Como también lo es insistir en que “nada identifica más al andaluz que su especial forma de hablar” (menos mal que de la escritura nada dijo).
Se entiende que, si bien todo eso ha aparecido destacado por los informadores, los titulares han sido iguales o muy parecidos: “María Jesús Montero promete una Ley de lenguas andaluzas si es presidenta de la Junta”. Tampoco es una originalidad. En mayo de 2013 se aprobó la “Ley de Lenguas de Aragón” (título completo: “de uso, protección y promoción de las lenguas y modalidades lingüísticas de Aragón”), básicamente para dar cobertura al aragonés y al catalán que habla un número reducido de habitantes en áreas de muy escasa extensión del Norte de Huesca y de la franja Este que limita con Cataluña respectivamente. Lo que pasa es que en Andalucía nada permite el empleo del plural, pues no hay más que un idioma, el compartido por más de 600 millones de usuarios que también lo tienen como materno y propio. Una de mis “fuentes” me asegura que, en el papelito que traía preparado para su encendido discurso, aparecía escrito “hablas”, no “lenguas”. Supongo que lo primero “le sabía a poco”, pero en honor a la verdad, no tardó ni 24 horas en corregirse, que quiso decir “hablas”. Ahora bien, elaborar una “Ley [reguladora] de las hablas”… Como mi último libro se titula, precisamente, Lengua y hablas(s), y el penúltimo Hablar (en) andaluz, se me escapa una sonrisa torcida.
Lo que puede decirse es que –por más que la candidata insista en que “nada identifica mejor al andaluz y revela lo que significa serlo que escucharlo hablar”– la lucha contra la mala imagen de la (falsa) “identidad” de un pueblo atrasado y poco instruido, no puede basarse en “la manera de expresarse”, ya que, en tal caso, serían muchos los frentes de combate que se abren, tantos como los modos distintos de hacerlo que los propios andaluces “reconocen”. Es verdad que, a la postre, todo se reduce a unos cuantos y diferentes hábitos articulatorios. Hay andaluces seseantes, ceceantes y –más numerosos– que no realizan de igual forma sesión y cesión; unos, además de “comerse” la [–d-] de hablao o ca[da], dejan de pronunciar –siempre o en determinadas situaciones– la [–r-] de pa[ra] o/y reducen muy a mu, mientras que otros no hacen ni lo uno ni lo otro; etcétera. Pero, como nada de eso “identifica” a todos los andaluces ni les pertenece “en exclusiva”, por ahí no se llega muy lejos.
Y redactar una Ley ¿de los “acentos”? sin hacer referencia a nada de lo anterior, no es que sea difícil, es que resulta imposible. La noción de acento es indefinible, porque la musicalidad (las inflexiones melódicas, la naturaleza y duración de las pausas, incluso la velocidad de la dicción) no se deja atrapar, y mucho menos se puede dar con lo que, dentro de la heterogeneidad que se advierte en una región tan extensa como la andaluza, podría servir para representar a la totalidad de sus habitantes. Para colmo, quienes en Granada o Almería abren en exceso las vocales, lo que puede llegar a distinguir el singular nene de su plural nenE, son objeto de burla por parte de sevillanos y gaditanos. Y, a su vez, de estos se mofan los primeros, por carecer de vosotros y dirigirse a todos los interlocutores con uhtede. Y podríamos seguir.
Es poco probable que María Jesús Montero ignore esto, pero no le interesa recordarlo, dado que no refuerza la homogeneidad de la comunidad autónoma. También sé que las promesas realizadas en campaña no tienen por qué cumplirse. Pero ¿y si regresa como presidenta y algunos le echan en cara el “olvido” de esa ley (de lo que sea, lenguas, hablas, acentos) que había decidido su voto?