Antequera, la ciudad neolítica
El Jardín de los Monos
El Dolmen de Menga no solo destaca por su tamaño y antigüedad, sino por los enigmas que aún plantea más de 5.000 años después de su construcción
Un encuentro feliz
Si hay un lugar encantado ese es, sin duda la ciudad de Antequera y sus alrededores. La ciudad, con su historia que se remonta a varios milenios, los extraordinarios y misteriosos restos megalíticos (Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2016), las montañas sagradas cargadas de mitos y leyendas, o las increíbles formaciones pétreas de la sierra del Torcal, hacen de Antequera un paraje mágico. Un emplazamiento donde la realidad histórica o la leyenda imaginada se encuentra en cada rincón, ya sea este de la sierra, la llana vega o la ciudad.
Lucio, que disfrutaba hablándome de Antequera y de los años que allí vivió, comenzó contándome sus excursiones, junto a José Manuel, por los dólmenes. El más grande y espectacular –me dijo– es el Dolmen de Menga, uno de los monumentos megalíticos más impresionantes de Europa y la joya del Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera. No solo destaca por su tamaño y antigüedad, sino por los enigmas que aún plantea más de 5.000 años después de su construcción. Data del Neolítico final (3800 al 3600 a.C.), perteneció a una comunidad agrícola y ganadera y, se supone, que fue un sepulcro colectivo. Su arquitectura es colosal. Es un dolmen de galería cubierta compuesto por enormes ortostatos (piedras verticales) y grandes losas horizontales, de 27,5 m de largo por 6 de ancho y 3,5 m de altura. Algunas piedras pesan más de 150 toneladas y está formado por 32 grandes bloques de piedra y 3 pilares interiores que sostienen la cubierta. Su tamaño lo convierte en uno de los mayores dólmenes de Europa.
Pero lo mas curioso de este dolmen –continuó diciéndome Lucio– está en su orientación. Mira, todos los dólmenes que conocemos en Europa tienen el eje orientado hacia el sol, ya sea solsticios o equinoccios. El eje de la galería de Menga apunta directamente hacia la Peña de los Enamorados. Esto es excepcional. Los arqueólogos tienen tres teorías que explicarían el por qué de este fenómeno. Una sería que consideraban a La Peña como montaña sagrada. Su silueta antropomorfa pudo representar una divinidad o antepasado mítico. Otra sería que consideraban que estaban en un Paisaje ritual integrado. Menga no se entiende sin el paisaje. Forma parte de una alineación simbólica con la peña. Y una tercera explicación sería que aquel pueblo neolítico tuviese una Cosmovisión distinta. Quizá estas comunidades daban más importancia al territorio que al cielo. Hoy se considera uno de los ejemplos más avanzados de integración monumental con el paisaje en la prehistoria europea.
Pero aún hay otro misterio sin resolver en la vulgarmente llamada “Cueva de Menga”: el pozo. Este sí que es el gran enigma. Dentro del dolmen hay un pozo excavado en la roca de 19 metros de profundidad. Este elemento es único en monumentos megalíticos europeos y no se sabe con certeza su función, si tenía algo que ver con el agua, con una conexión simbólica con el mundo subterráneo o si el pozo se hizo en épocas posteriores. El misterio sigue abierto.
Lo que hay de cierto es que tuvo un uso funerario, ya que se han encontrado restos humanos correspondientes a enterramientos colectivos. Se utilizó durante generaciones y posiblemente pertenecía a una élite o linaje destacado. Aunque también tiene su misterio la construcción. Es difícil explicarse cómo pudieron mover piedras de más de 100 toneladas sin ruedas y sin metales. Menga demuestra que estas comunidades eran mucho más sofisticadas de lo que durante siglos se pensó.
En Antequera, la realidad histórica o la leyenda imaginada se encuentra en cada rincón
Pero Menga no está aislada, sino que es parte de un conjunto megalítico junto al Dolmen de Viera y el Tholos de El Romeral que, a su vez, forman parte de un paisaje monumental con La Peña de los Enamorados y El Torcal de Antequera. Este conjunto crea una relación única entre arquitectura, naturaleza y simbolismo.
Todo el megalitismo antequerano, se dispuso Lucio a contármelo sin pedir ni tan siquiera una cerveza. Estábamos en el “Chipirón colorao” y Rafael, el viejo pescador, se estaba mosqueando porque le ocupábamos una mesita sin pedir consumición alguna. Así que le corté y le pregunté: ¿Tú que quieres, Lucio? Lo de siempre –me contestó–. Rafael nos puso dos vinos y unas aceitunas. Lucio ya había comenzado de nuevo con su relato.
A pocos metros del Dolmen de Menga, se alza una construcción silenciosa y precisa que ha resistido cinco milenios: el Dolmen de Viera. Lo descubrieron en 1903 los hermanos Viera. Este monumento megalítico es uno de los mejores ejemplos de arquitectura funeraria del Neolítico en la península ibérica.
A diferencia de Menga, Viera está orientada claramente hacia el este. Cada equinoccio, los primeros rayos del amanecer penetran por su estrecho corredor hasta iluminar la cámara funeraria, un fenómeno que revela el avanzado conocimiento astronómico de las comunidades que lo construyeron hacia el 3500–3000 a.C.
El monumento, de unos 21 metros de longitud, está formado por grandes ortostatos verticales y losas horizontales que cubren un pasillo largo y angosto que conduce a una cámara cuadrangular. Allí se realizaron enterramientos colectivos, probablemente vinculados a un linaje o grupo social concreto. Hoy, integrado en el conjunto de los Dólmenes de Antequera, el Dolmen de Viera sigue ofreciendo una imagen poderosa: la de una sociedad prehistórica capaz de levantar monumentos duraderos y alinearlos con la luz exacta del cielo.
En la vega de Antequera, donde el paisaje se abre hacia formaciones rocosas casi irreales, se levanta uno de los monumentos más singulares de la prehistoria europea: el Tholos de El Romeral. Construido hacia el 2500 a.C., este sepulcro colectivo marca una evolución radical respecto a los grandes dólmenes vecinos.
A diferencia del cercano Dolmen de Menga o el Dolmen de Viera, levantados con enormes bloques verticales y losas horizontales, El Romeral apuesta por una técnica distinta: la falsa cúpula. Su cámara funeraria principal está cubierta mediante aproximación de hiladas, un sistema constructivo que crea una bóveda cerrada sin necesidad de una gran piedra de cubierta.
El acceso se realiza a través de un largo corredor que conduce a una cámara circular y, más al fondo, a una segunda estancia más pequeña. La estructura, levantada con piedras de menor tamaño cuidadosamente dispuestas, demuestra un conocimiento arquitectónico sofisticado y una clara transformación en las prácticas funerarias del momento.
Otro detalle sorprendente es su orientación: el eje del monumento no apunta al sol, sino hacia el paraje kárstico de El Torcal de Antequera, integrando nuevamente arquitectura y paisaje en una relación simbólica que caracteriza al conjunto antequerano.
Como ya te he dicho, Juan, fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2016 junto a los otros grandes megalitos de la ciudad. El Tholos de El Romeral confirma que hace más de cuatro mil años, las comunidades que habitaron esta tierra no solo enterraban a sus muertos: levantaban monumentos pensados para dialogar con el territorio y perdurar más allá de su tiempo.
Este es el conjunto megalítico más importante de la Península Ibérica, uno de los más importantes e impresionantes de Europa y un lugar mágico que nadie puede dejar de visitar, especialmente después de ser, en 2016, Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, algo en lo que tuvo mucho que ver, quién ha sido su director hasta hace muy poco tiempo, el arqueólogo y amigo, Bartolomé Ruiz González.
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