El diario de Próspero | Teatro

El fin de la comedia o tonterías, las justas

  • La crisis del género teatral por excelencia en España obedece a razones artísticas, culturales, políticas y sociales, pero también al desprestigio alimentado a menudo desde la misma escena

Una escena de 'Los mariachis', de Pablo Remón. Una escena de 'Los mariachis', de Pablo Remón.

Una escena de 'Los mariachis', de Pablo Remón. / Teatros del Canal

El año pasado, en una decisión alimentada en gran parte por la crisis del coronavirus y los debates en torno a las futuras preferencias del público una vez reabrieran las salas con la mayor normalidad, el Teatro Español convocó la primera edición del Certamen Internacional de Comedia con el objetivo de "animar a que autores y autoras, tanto de nuestro país como de cualquier parte del mundo, sigan alumbrando a través de su trabajo y, además, reivindiquen y potencien el sentido del humor". Llamaba entonces la atención la directora artística del Teatro Español, Natalia Menéndez, sobre "la falta de atención de este género en las carteleras de los teatros institucionales, tanto de Europa como de América Latina, donde se programan muchas menos comedias que dramas o tragedias". Y añadía: "Lo que es muy difícil es escribir una gran comedia, interpretar comedia, pintar comedia, musitar comedia. Desde una estética no violenta debemos mirar nuestras debilidades y nuestras fortalezas desde otro lugar, con humor. Esto es algo que no todo el mundo posee pero que todo el mundo aprecia, el humor". Una vez abierto el plazo, enviaron sus manuscritos más de cuatrocientos autores de diferentes países. Pero el fallo, emitido tras la reunión del jurado el pasado 22 de diciembre, no pudo ejercer mejor la función de jarro de agua fría vertido sobre las expectativas: desierto. El mismo fallo admitía que el jurado había encontrado en las obras enviadas "un buen número de ideas ingeniosas y cómicas", pero que la intención esencial de "alentar la calidad de la autoría en el género dramático de Comedia, con el imprescindible peso específico y con el ánimo de ensalzar y revalorizar el arte de la Comedia en el lugar que este jurado piensa que se merece" no había quedado satisfecha. El Teatro Español volverá a convocar el premio en 2021 (no estaba previsto que lo hiciera hasta 2022, dado su carácter bianual), pero, en cualquier caso, la falta de inspiración encontrada constituye un síntoma más de la crisis de la comedia en el teatro español. Una crisis que viene de largo y por la que cabe decretar la muerte y final de la comedia con sello propio en nuestra escena. Quién lo diría.

La directora artística del Teatro Español, Natalia Menéndez. La directora artística del Teatro Español, Natalia Menéndez.

La directora artística del Teatro Español, Natalia Menéndez. / M. C.

El diagnóstico de Natalia Menéndez es acertado y se corresponde con la evidencia, pero, eso sí, si hablamos de la creación contemporánea en España. Y es que conviene advertir aquí dos realidades convivientes: por una parte, resulta ciertamente difícil encontrar comedias entre los títulos de los dramaturgos más reconocidos del presente. Entre las obras finalistas a los galardones más importantes en la pasada edición de los Max, sólo figuraba una comedia como tal, Los mariachis, de Pablo Remón, un texto que aborda la corrupción política desde la mejor escuela de Luis García Berlanga y Rafael Azcona (eso sí, con una disposición ferozmente contemporánea). Esto sólo puede significar que la comedia no interesa a los autores, o tal vez que los mismos autores descartan la comedia como instrumento para articular sus ideas y miradas al mundo, dado que el drama, e incluso la tragedia en sus últimas fórmulas, parecen aportar herramientas más solventes. Por otra parte, otra evidencia no menor señala que al público le sigue gustando la comedia de manera mayoritaria. Las principales productoras escénicas de España siguen llenando teatros con comedias estupendas escritas, eso sí, por autores en su mayoría británicos (un detalle no pequeño: el malagueño Teatro del Soho ha anunciado como producción propia, con vistas a su estreno el próximo verano, un montaje de En la pista, la comedia de John Godber, bajo la dirección nada menos que de Marc Montserrat-Drukker, as decisivo del Lliure y el CDN). Esta desconexión entre el interés de los creadores y el interés del público obedece a motivos culturales, artísticos, políticos y sociales, pero también a razones de prestigio alimentadas desde la misma escena.

He aquí uno de los peajes más dolorosos desde la identificación del teatro como medio adverso al franquismo: la idea de que la comedia es un género menor porque sólo aspira a entretener

Y es que seguramente uno de los peajes más dolorosos que ha tenido que pagar el teatro español desde su definición política e ideológica como medio adverso al franquismo ha sido la consideración de la comedia como algo menor y prescindible, cuando no directamente contrario a los intereses culturales más elevados y, por tanto, demandados. El fin último de la comedia es entretener y aquí estamos para cosas más importantes, así que tonterías, las justas. De este modo, un autor que haya querido prosperar escribiendo comedias no ha tenido nada que hacer, por mucho que el público pudiera estar de su parte. Semejante criterio, torpe e injusto, olvida toda una tradición del teatro español que ha tenido en la comedia un motor eficaz y brillante de creación artística. Tampoco ha sido precisamente de ayuda el abandono del negocio en manos de los monologuistas, hasta el punto de que parecen no existir ya vías alternativas para la comedia fuera de este registro. Tal vez hay aquí un patrimonio que merece ser recuperado: el favor del público.

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