El diario de Próspero | Teatro

Los infinitos ecos del príncipe constante

  • La Compañía Nacional de Teatro Clásico estrena su nuevo montaje de ‘El príncipe constante’ de Calderón en coproducción con el Teatro del Soho Caixabank, a donde llegará el próximo mayo

Una imagen de la producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de ‘El príncipe constante’, dirigida por Xavier Albertí. Una imagen de la producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de ‘El príncipe constante’, dirigida por Xavier Albertí.

Una imagen de la producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de ‘El príncipe constante’, dirigida por Xavier Albertí. / Sergio Parra

La reivindicación de la que viene siendo objeto Calderón de la Barca en el teatro español desde hace algunos años más allá de La vida es sueño resulta harto estimulante, no sólo en señal de justicia hacia una figura a menudo incomprendida, sino por las posibilidades, múltiples, diversas y todavía insospechadas, que su obra encierra. Uno de los ejemplos más destacados llegó hace un par de años con la producción de El gran mercado del mundo a cargo del Teatre Nacional de Catalunya que firmaba Xavier Albertí, con una mirada contemporánea capaz de destilar, con amplia resonancia, las consignas morales del texto. Con esta premisa, resultaba lógico que Lluís Homar contara con Albertí entre sus primeros aliados esenciales tras su llegada a la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Dicho y hecho: el Teatro de la Comedia de Madrid acogió este miércoles el estreno absoluto del montaje de El príncipe constante de Calderón que, bajo la dirección de Albertí, sirve en bandeja la misma CNTC en coproducción con el Teatro Arriaga de Bilbao, el Teatro Principal Antzokia de Vitoria-Gasteiz y el Teatro del Soho CaixaBank de Málaga, donde podrá verse la obra del 20 al 23 de mayo en la única cita andaluza anunciada hasta el momento. Si se trataba de reivindicar a Calderón como autor esencial del teatro europeo, y a su obra como caudal fértil para la más feliz exploración escénica, pocas obras resultan tan apropiadas como El príncipe constante, donde, bajo los códigos previstos en el catolicismo, el autor radiografía con precisión sus obsesiones más reconocibles: la oposición entre esclavitud y libertad, la posibilidad del ejercicio de la voluntad y la existencia entendida como precio. En la historia del martirio del infante Fernando de Portugal en el norte de África, Calderón confronta el rango tradicional del privilegio con una visión estoica del cristianismo inédita en el siglo XVII y, claro, cargada de intenciones por parte del autor respecto a su época: tal y como indica Xavier Albertí, en la obra “la lucha entre islam y cristianismo se transformaba en la lucha entre cristianismo primitivo y catolicismo contrarreformista; porque en ella late la tensión entre una iglesia de piedra y reliquias y una iglesia de caminos de búsqueda de la felicidad última de la experiencia humana”.

Lluís Homar, en el centro, en la obra. Lluís Homar, en el centro, en la obra.

Lluís Homar, en el centro, en la obra. / Sergio Parra

Para esta puesta en escena de El príncipe constante, Albertí dirige un elenco formado por el propio Lluís Homar, Jonás Alonso, Íñigo Álvarez de Lara, Beatriz Argüello, Rafa Castejón, José Cobertera, Lara Grube, Álvaro de Juan, Marina Mulet, Arturo Querejeta, José Juan Rodríguez, Egoitz Sánchez, José Juan Sevilla y Jorge Varandela, además de la actuación en directo del Cuarteto Bauhaus. Puede decirse, por tanto, que la obra cuenta con una producción a la altura, pero lo más interesante será, en todo caso, advertir la reacción por parte del público ante el dilema entre la identidad impuesta como garantía social y el despojamiento como autenticidad personal, un dilema que en el mundo contemporáneo se libra en escenarios bien concretos y que Calderón lleva a sus límites. Apunta Albertí al respecto que, a lo largo de la historia, la obra “ha convertido a sus espectadores en receptores de infinitos ecos, donde se reconoce a Platón, a Góngora, a Virgilio, a San Agustín, a los estoicos, a Erasmo, a Caravaggio, a Velázquez, a San Francisco de Asís, a Pasolini”. Y por esos infinitos ecos El príncipe constante ha despertado pasiones encendidas a lo largo de los siglos. En una carta escrita a Schiller en 1804, Goethe, quien promovió su representación en Weimar seis años después, afirmó: “Si toda la poesía del mundo desapareciera, sería posible reconstruirla a partir de El príncipe constante”, una consideración que en todo este tiempo únicamente ha podido compartir Hamlet. Jerzy Grotowski estrenó un histórico montaje en Wroclaw en 1968 y, veinte años después, Alberto González Vergel presentó otra memorable producción, tal vez la más significativa hasta la fecha en el teatro español, en el Festival de Mérida. La crítica ha visto en la obra de Calderón un precursor directo del existencialismo, del personalismo y de las más variopintas corrientes filosóficas y literarias del siglo XX. Pocas veces el teatro ha sido capaz de alumbrar una criatura con semejante aspiración de afección y eternidad.

En Nadie lo quiere creer, la obra de Eusebio Calonge, uno de los personajes de La Zaranda pregonaba: “Yo vengo de la estirpe de Alonso Quijano, de Segismundo, del príncipe constante ; yo arderé en el infierno, pero ellos seguirán vivos”. Así es, todavía.

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