Festival de Málaga De lo que dio de sí el crucero familiar de Aitor Merino

  • El realizador vasco presenta este viernes ‘Fantasía’ en la Sección Oficial de Documentales

Los padres de Aitor Merino, en una escena de 'Fantasía'.

Los padres de Aitor Merino, en una escena de 'Fantasía'. / Festival de Málaga

Hace unos años, el actor y director vasco Aitor Merino se embarcó en un crucero de lujo junto a su hermana Amaia y sus padres, septuagenarios jubilados, para celebrar sus bodas de oro. Así empezó el rodaje de Fantasía, un documental sobre la memoria, el paso del tiempo y los afectos que el director presenta este viernes en el Festival de Málaga. Fantasía era también el nombre de aquel crucero que hacía honor a todos los tópicos de ostentosidad y mal gusto de ese tipo de travesías. “Ese trato como si fueras millonario de postín, esos dorados, las escaleras de diamante”, señala Merino al respecto.

Fue un viaje “idílico e inolvidable, en el que parecía que el tiempo se parara”, asegura y el documental lo refleja, pero es sólo una pequeña parte, porque de un modo natural la cámara se cansa enseguida de todo ese oropel para adentrarse en la intimidad de los protagonistas, Iñaki Merino y Kontxi Unzueta.

Aitor Merino vive en Madrid desde los 16 años. Saltó a la fama con una película generacional que acaba de cumplir 25 años, Historias del Kronen y en 2013 sorprendió a todos con su debut como director, el documental Asier y yo, codirigido junto a su hermana, en el que se enfrentaba a la complejidad de su relación con un amigo de la infancia devenido etarra.

Fantasía está rodada a lo largo de cinco años y la mayor parte transcurre entre las cuatro paredes de su casa familiar, en Pamplona. Sus padres no tenían ni idea de que aquellas grabaciones terminarían siendo una película, estaban acostumbrados a ver a su hijo con la cámara. De ahí quizá la naturalidad que exhiben, recién levantados, conversando, él en calzoncillos por el pasillo, ella canturreando a todas horas o bailando medio desnuda en el salón.

'Fantasía' se rodó durante cinco años y transcurre en su mayor parte en casa familiar de Pamplona

Merino cuenta que su padre fue delineante en San Sebastián, pero la empresa cerró y la familia se mudó a Pamplona, donde la madre abrió una tienda de ropa y el padre -que de joven fue músico y llegó a tocar con Marisol- un bar con actuaciones en directo. Ahora, los dos llevan vida de jubilados y cultivan sus aficiones. “Mi madre se dedica a pintar, va a clases de yoga por las mañanas, aprende euskera; mi padre escribe, ha publicado una novela y escribe relatos”.

La alegría y la cotidianeidad de esas escenas se entrelaza con la melancolía por el implacable paso del tiempo, evidenciado en las fotografías y cuadros de familiares presentes y ausentes que pueblan las paredes, en los achaques de salud y en la muerte de seres queridos. La película abre y cierra con una frase que su antepasado más lejano conocido, llamado Juan de Unzueta, dejó escrito en su testamento en 1765: “No lego nada por no tener de qué”.“Es un documento que guarda la familia mi madre del registro civil”, explica Merino, enternecido por el hallazgo.

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