"Aunque ganes dos Conchas de Oro, si no tienes a las televisiones detrás da igual"

JoaquÍn Oristrell. Director y guionista

El veterano realizador abrió este viernes la sección oficial a concurso con 'Hablar', una película de corte social rodado en un plano secuencia de 80 minutos plagado de estrellas y con regusto teatral.

Joaquín Oristrell, junto a tres de sus actrices, ayer, en el Muelle Uno.
Joaquín Oristrell, junto a tres de sus actrices, ayer, en el Muelle Uno.
Pablo Bujalance, Málaga

18 de abril 2015 - 05:00

Para conocer el oficio del cineasta, pocas conversaciones resultan tan ilustrativas como la que Joaquín Oristrell (1953), hombre del cine y la televisión, director de Sin vergüenza (2001), Va a ser que nadie es perfecto (2006), Dieta mediterránea (2008) y Hablar, un filme coral de amplísimo reparto (de Sergio Peris-Mencheta a Raúl Arévalo pasando por Marta Etura, Antonio de la Torre y Juan Diego y María Botto) y temática social, rodado con un plano secuencia de 80 minutos en el madrileño barrio de Lavapiés y con Cristina Rota como artífice e inspiradora.

-Hablar enlaza de alguna manera con el corto que rodó para el proyecto Hay motivo (2004), de contenido claramente político. ¿En qué medida su nuevo filme es consecuencia de aquél?

-Yo hago comedias, trabajo en televisión y hago películas más cercanas a la industria, pero de vez en cuando tengo rupturas en mi carrera que a menudo tienen que ver con Cristina Rota y con su mundo. Una fue Sin vergüenza, que era más convencional, y otra fue Hay motivo, donde participé con un corto protagonizado por Candela Peña y Secun de la Rosa. Luego vino Los abajo firmantes, con un tono parecido motivado por el No a la guerra, que se hizo igualmente sin ayudas y sin subvenciones de ningún tipo. Son episodios más locos, más espontáneos y también más terapéuticos en mi vida, que están más conectados a la improvisación, a al trabajo del actor, con guiones menos cerrados y la idea de enseñar al momento. De hecho, te diría que en el cine, ya sea en Ocho apellidos vascos o en una película de Tarkovsky, hay siempre una necesidad de enseñar el momento, y de esa querencia nace esta película. Además de, por supuesto, la aventura de liarse la manta la cabeza y preguntarse si seremos capaces de hacer esto.

-Precisamente, ¿cuándo supo que iba a ser capaz de rodar un plano secuencia de 80 minutos?

-Hace cuatro años hicimos unos ejercicios sobre monólogos y ahí surgió la idea. De pronto empezamos a ver que había demasiados actores y demasiados compromisos para sacarlo adelante tal y como estaba planteado, y fue entonces cuando se me ocurrió hacer la película tal y como finalmente se hizo. Es más, hubo más gente que supo lo que tramábamos y se apuntó. Desde el principio estaba claro, eso sí, que cada actor tenía que traer bien pensado el personaje que querían hacer y lo que querían contar, así que pedimos a los actores interesados que nos enviaran sus propuestas. Pasaron días y más días y no recibimos nada, pero yo ya sé que los actores funcionan siempre en el último momento. Así que cogí el Google Maps y vi todo lo que había entre la Plaza de Lavapiés y la Sala Mirador y empecé a ubicar la película así, asignando a cada trozo de la vía un personaje. Luego llegaron textos, yo propuse otros y en la última semana antes del rodaje preparamos algunas improvisaciones en la Sala Mirador, como las de Marta Etura, Secun de la Rosa y Raúl Arévalo. La aportación de Juan Diego Botto estaba sin embargo escrita de la A a la Z, la hizo él mismo, que para eso es dramaturgo.

-¿Y lo de poner a Antonio de la Torre a cantar El chequecito?

-¡Fue idea suya! Me dijo que quería hacer El chequecito de Pepe da Rosa y yo me dije "Ay, Dios mío". Llegó el mismo día en que rodamos la primera toma desde un festival en Colombia, se probó tres cosas de vestuario y se lanzó a la piscina. Lo hicimos de manera muy curiosa, con todo metido en el contexto y el banco de fondo.

-¿Qué referentes tuvo en cuenta para rodar un plano secuencia?

-Hay ejemplos magníficos, sin trucos, como el comienzo de Uno de los nuestros de Scorsese. En Old Boy hay una escena de lucha rodada así que es también magistral. Pero mi modelo es Berlanga. Es brutal. Ensayaba todo el día para rodar un plano. El comienzo de El Verdugo es absolutamente genial. Son planos secuencia con mucho sentido, con intención, no es una mera exhibición técnica: Berlanga quería que los actores estuvieran en tensión y eso sólo se consigue con un plano secuencia.

-En cuanto a la temática social, ¿era ésta una condición sine quanon desde el principio?

-No. De hecho, el origen era en realidad distinto. No más neutro, pero sí más dramático. La idea primigenia contemplaba una serie de llamadas telefónicas a un programa de radio. Había gente que llamaba y contaba historias muy variopintas, desde crímenes hasta cuestiones de consultorio sentimental. Pero en 2014, antes ya del rodaje, preguntamos a los actores directamente de qué querían hablar ellos, y muchos optaron por la corrupción y la actualidad política y social. Algunos hasta trajeron ideas muy patrióticas de Podemos y tuve que intervenir para que hubiera un poco más de reflexión, o al menos de elemento dramático. Es cierto que el resultado tiene un tono social, pero cuando sales a la calle eso es inevitable. Le pasó a Robert Altman con Short Cuts, la película es un reflejo de la sociedad sin remedio. Y si pides a los actores que hablen de lo que quieran, lo normal es que pase esto.

-La sección oficial del Festival de Málaga tiene varios títulos de contenido social. ¿Considera posible que el género llegue a erigirse también como comercial?

-No lo creo. El cine español que funciona tiene un apoyo total de las televisiones. Concretamente, de las televisiones privadas: TVE, aunque compra muchas películas, no promociona. La diferencia entre las películas españolas apoyadas por las televisiones y las que no tienen esta ayuda es abismal. Tú puedes hacer Magical Girl y ganar dos Conchas de Oro, pero comercialmente hablando, si no tienes a las televisiones detrás da igual. Podrás tener buenas críticas y doce mil estrellas, pero seguirá siendo otra cosa. Juegas en otra liga. Y el cine social no es precisamente muy dado a este tipo de campañas. No lo digo como crítica, es así, el cine más comercial tiene sus normas y el menos comercial también, y no pasa nada.

-¿Ni siquiera si existe una reivindicación por parte del público?

-Siempre habrá una explosión cuando menos se la espere, como pasó con Los lunes al sol. De todas formas, el cine está cambiando mucho como medio y en un futuro a medio plazo va a cambiar más aún. Posiblemente, este tipo de proyectos estarán más en las redes sociales y en internet que en otras plataformas. A todo el mundo le gusta las series de la HBO, pero eso luego no lo ves en las cadenas generalistas. Van a algo mucho más directo y abierto. Yo ya no lo veré porque pienso jubilarme de aquí a dos días, pero el cine social irá dirigido expresamente al público que lo solicite a través de las startups al uso. Es el mismo futuro que espera al cine más experimental o con pretensiones artísticas. La buena noticia es que hacer cine es más barato y cada vez hacen falta menos medios. Cualquiera que quiera contar una historia así puede hacerlo. Pero el circuito natural de una película así no son precisamente los Cinesa.

-Usted que conoce muchos festivales, ¿qué singularidades destacaría del de Málaga?

-La primera, la gente. La gente está en el festival. Hay como un fenómeno fan que crea una energía muy singular, la ilusión del cine. Además, aquí la gente no ve las películas con el culo apretado. El público es muy abierto, y expresa sin tapujos si una película le ha gustado o no. Y eso es un test maravilloso para cualquier película.

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