Inclusión y discapacidad

Lourdes González: La malagueña que decidió comerse el mundo y va a pilates con su perro guía

Lourdes, con Lyan a su lado, en la clase de pilates.

Lourdes, con Lyan a su lado, en la clase de pilates. / L. G.

“Todos tenemos alguna limitación y no siempre por una discapacidad. Puede ser por ser tímido o por falta de voluntad. Lo cómodo es decir no hago nada. Pero yo intento las cosas”. Lourdes González explica así su presencia con su perro guía en una clase de pilates. Ir al gimnasio es lo más simple que hace. Pese a su ceguera, se ha sacado la carrera de Periodismo, está haciendo el doctorado en la Universidad de Málaga, vive a caballo entre esta ciudad y Madrid por su trabajo como responsable de proyectos tecnológicos de la Fundación ONCE y es profesora de una universidad.

Esta malagueña acude siempre que puede a un gimnasio de la capital. “En el sofá se está mejor, pero después de hacer deporte te sientes muy bien”, sostiene. Y añade:“Yo siempre intento no ponerme límites”. Para ello, Lyan –como se llama su perro guía– se convierte en sus ojos. Así llega al gimnasio. Antes, por su falta de visión, sólo se atrevía con bike. Pero un día decidió probar también pilates para trabajar más músculos del cuerpo. Lo habló con la monitora y, con su ayuda, empezó también con esta modalidad. “Me gustó la experiencia”, confiesa. Y repitió.

En las clases, Lyan se tiende a su lado y no da ni un ruido. Mientras, Lourdes hace pilates con las instrucciones de la monitora. Es su segunda sesión. La profesora está pendiente de todos los alumnos y no es precisamente a Lourdes a la que más tiene que corregir. “Aquí estamos para superarnos”, dice la monitora. El mensaje de ánimo no va dirigido a esta singular alumna sino a otra que –sin limitación aparente– se muestra renuente a hacer los ejercicios. Sin embargo, Lourdes, en una esquina sigue las instrucciones al pie de la letra. Lyan, fiel a su lado, ni se mueve.

Cuando acaba pilates habla con la profesora. Ésta le confiesa que es su “primera vez”. Nunca antes había tenido una alumna ciega. Ni seguramente tan decidida como Lourdes. La monitora está encantada. Recuerda que “el deporte es para todos” y ve a esta mujer como “un ejemplo”.

Lourdes vio de forma intermitente hasta que se quedó ciega a los 13 años. Cuando nació no veía debido a unas cataratas. Luego le diagnosticaron glaucoma. La operaron unas 20 veces. En Málaga, Madrid y Barcelona. La primera vez que perdió por completo la visión fue a los 12. Se hundió. Pero un tiempo después recuperó vista. Hasta que finalmente se quedó ciega para toda la vida.

“Lo pasé tan mal la primera vez que pensé ‘Si no me como el mundo, el mundo me come’. Así que empecé a centrarme y a trabajar mi autonomía”. No fue fácil. “Yo nunca había visto más del 10%. Pero eso me permitía leer, ver la cara de mis familiares, ir por la calle sin bastón ni perro... Perder la visión a los 13 años, que era una edad mala, fue muy complicado”, admite. Pero no se doblegó por la adversidad.

Iba al instituto del brazo de su hermano. Pasaron los años. Si quería ir a la universidad, tenía que ser muy independiente. Así tuvo su primer perro guía. Luego el segundo y el tercero, que es el actual. “Por su carácter tranquilo, la adaptación a Lyan ha sido más fácil”, explica. Es un cruce de labrador con caniche gigante. Negro y tan noble que dan ganas de abrazarlo.

Luego, Lourdes vuelve al relato de su historia, marcada por la superación. Cuenta que acabó periodismo, formó pareja, entró a trabajar en la Fundación ONCE y también en la Universidad Isabel I, como profesora de Accesibilidad. Explica que su trabajo en la fundación es desarrollar tecnologías para que personas con diferentes tipos de discapacidad puedan ser más autónomas. Por ejemplo, para que hagan el Camino de Santiago o ir a un centro comercial.

En su relato, no se olvida de dar un toque de atención a los ciudadanos y los ayuntamientos por los obstáculos que hay por doquier. “Málaga ha mejorado; pero en general, las ciudades están muy mal. La gente deja todo por medio sin piedad; bicicletas, patinetes, todo...”

Desnuda sus sentimientos al reconocer que cuando se le muere un perro guía tiene que hacer un duelo. “Son seres que están muchos años con nosotros y los echas de menos. Pero también los lloras porque te das cuenta de todas las cosas que hay por medio”, afirma.

Cuando termina su clase de pilates, Lyan se pone en alerta. Sabe que tiene que trabajar. Entonces, vuelve a convertirse en sus ojos y suben las escaleras para la sesión de bike. Si por viajes de trabajo a Madrid, una semana Lourdes puede acudir menos al gimnasio, luego intenta compensarlo. Por eso hoy hace doblete: pilates y bike en la misma mañana. “Cuando domine pilates, igual me animo y pruebo yoga”, avisa. La profesora ya se puede ir preparando:llega una alumna que supone un reto, pero que es la primera en afrontarlos.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios