Málaga

Revive el alma del Pimpi Florida en Málaga

  • El popular local del barrio de El Palo abre de nuevo sus puertas tras 20 meses cerrado a causa de la pandemia

  • Durante las dos primeras semanas, solo se podrá acceder mediante reserva; a partir del día 17 vuelven al orden de llegada

Las primeras clientas del Pimpi Florida, en la barra del popular local

Las primeras clientas del Pimpi Florida, en la barra del popular local / Javier Albiñana

No hace falta abrir las puertas del Pimpi Florida para sentir la alegría que vuelve a respirarse en su interior tras 20 meses cerrado. Más de un año y medio desde que la cancela metálica se echara... Hasta este miércoles. Las risas, los platos deslizándose por la barra, el choque de los vasos de cerveza en cada brindis y la música se han vuelto a convertir en la banda sonora de una ciudad que siente este popular local de El Palo como su segunda casa.

En la cara de Pablo López, copropietario del establecimiento, se atisba una sonrisa que ha quedado oculta por la mascarilla. Habla con la emoción propia de alguien que ha vuelto a ver nacer un proyecto de vida. Cuenta que desde que se levantaron las restricciones en octubre comenzaron a plantear la apertura: "Teníamos clientes que nos preguntaban cada dos semanas. Había muchas ganas de volver a la normalidad y el público ha respondido". Hasta el 17 de noviembre, la única manera de conseguir un hueco en el Pimpi Florida será mediante reserva: "Después volvemos a funcionar como siempre, con orden de llegada".

Ese como siempre hace indicar que todo sigue igual. Que las cosas, a pesar del paso del tiempo, no han cambiado. Cada cuadro está en el mismo sitio en el que se quedó, "aunque hemos aprovechado para limpiarlo todo y pintar", cuenta Rosa, la tía de Pablo y cocinera. Termina de aliñar una ensalada y mover las gambas para hacer gala del orgullo que siente: "Parece que no me he ido, que cerramos ayer y que hoy (por ayer) hemos vuelto a abrir, pero que no ha habido este parón". Visiblemente feliz, explica que durante la mañana "había nervios", pero que siguen contando con un "buen equipo". Reconoce que, aunque tiene su casa, pasa más tiempo en el local que en su propio hogar: "Es como si hubiera nacido aquí. Mi cuartel general". 

Cuenta que, en este día, se acuerda especialmente de sus padres y su hermano: "Ellos fueron los que empezaron esto y me enseñaron a hacer los pimpis. No están al lado, sino que están dentro de mi corazón. Estarían muy contentos de la reapertura porque es algo que no se ha vivido nunca en estos 69 años. Ojo, que yo no los tengo todavía, pero os cumpliré aquí si Dios quiere", dice entre risas. 

Su sobrino Pablo también tiene un recuerdo especial para su padre: "Empecé aquí con 14 años y fue él quien me enseñó. Lo tengo muy presente", confiesa emocionado. 

Poca gente puede imaginar que un lugar tan autóctono como el Pimpi Florida pueda albergar un carácter internacional tan amplio. Al fondo de la barra se encuentra Enrique Oriente, un argentino que cambió la fecha de su viaje a Málaga aprovechando la reapertura del establecimiento: "Adelanté el billete cuando mi sobrino me dijo que se iba a inaugurar. Lo conocí gracias a él hace seis años y no había podido volver por culpa de la pandemia".

Se muestra maravillado ante cada detalle que conforma la idiosincrasia del lugar. Cosas tan simple como que sean los propios clientes los que te acerquen los platos y los vasos: "Es hermoso", subraya, al tiempo que destaca "el buen producto". Su sobrino, Lucas Torres, trabaja en una compañía aérea y captó su base en 2013: "Conocí este lugar gracias al boca a boca. Es un punto de relax". Se considera un fiel devoto de esta parroquia que viene "poco pero con continuidad": "¿Quién no conoce a Lucas aquí? ¡Todo el mundo sabe quién es!", bromea su tío, quien insiste en la "hermosura" que tiene un espacio con tanta alegría. 

Detrás de cada cliente que pisa el suelo del Pimpi Florida hay una historia. Ana y su grupo de amiga han sido las primeras en hacer la reserva y volver a pasar por su estrecho pasillo. Relata que lleva viniendo desde muy pequeña con sus padres: "Ellos vinieron a comer aquí el día antes de la boda. Es un sitio súper original, con un ambiente buenísimo en el que se respira algo diferente. No importa estar de pie y juntos porque aquí se disfruta todo. De hecho, a mis niñas también las traigo. Los dueños son muy agradables y cada momento es especial; no hay nada que se le parezca".

No hay tiempo para más, los platos de gambas salen de la cocina y comienzan a pasar por la barra. En los altavoces suena Manzanita y su icónico La quiero a morir. Ana y su grupo comienzan a entonar los primeros versos: "Ella para las horas de cada reloj / y me ayuda a pintar transparente el dolor / Con su sonrisa". La vida vuelve a resurgir

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