Málaga
  • Tres supervivientes a los que robaron su infancia relatan las agresiones que sufrieron de niños para alentar a quienes no han roto su silencio

Víctimas de abusos sexuales en Málaga: “Tenía 5 años y no pude sobreponerme”

Tres víctimas de abusos sexuales en su infancia y la familiar de una superviviente Tres víctimas de abusos sexuales en su infancia y la familiar de una superviviente

Tres víctimas de abusos sexuales en su infancia y la familiar de una superviviente

Javier Albiñana

“Mi padre se acercaba a mi cama y me tocaba, hasta que un día me preguntó si quería ver los regalos de Reyes, que estaban escondidos. Entonces se desnudó y me desnudó...Sentí que no podía reaccionar, que me quería morir. Lloré mucho esa noche”. Rosa Márquez solo tenía 5 años cuando supo que estaba siendo víctima de una realidad tan atroz como la de los abusos sexuales en la infancia. Ahora, asegura ser una superviviente y comparte –coincidiendo con el Día Mundial para la Prevención del Abuso contra los Niños, que se celebró ayer– su estremecedor testimonio junto a otras dos mujeres y un hombre para dar aliento a aquellos que aún no han roto su silencio.

Es la menor de nueve hermanos, pero siempre se sintió sola. “Aunque éramos muchos durmiendo en la habitación, tenía miedo. Cuando mi padre entraba, me tenía que ir a la calle. Pasaba muchas horas fuera, procuraba dormir mucho. Tenía al enemigo en casa. Era mi hogar, y yo no lo quería”, recuerda Rosa.

Rosa, agredida sexualmente por su padre

Rosa Márquez Rosa Márquez

Rosa Márquez / Javier Albiñana

Su abusador le hacía creer que ella había “provocado” la situación a la que la sometía y se valía de la manipulación para mantenerla silenciada. “Mi padre, para mí, ya había muerto y me dijo que mi madre no se podía enterar porque se moriría”, relata emocionada. Pero a aquella niña le faltaba también el apoyo afectivo de su progenitora. La suya era una mujer “buena, sumisa” y que acabó “aceptando ser la víctima” en una tormentosa relación. Llegó a encargarle a su hija, de entonces 8 años, la tarea de vigilar a su padre por un supuesto desliz con una vecina. “A mí se me rompió el corazón. Me pedía que fuera su confidente cuando yo no era capaz de contar lo que me había pasado. Un niño tiene que ser protegido por los adultos y no al revés. Yo la protegía a ella, callándome. Nunca se lo conté”, expresa.

A Rosa le habían arrebatado la infancia. Era una niña “triste” que aún se orinaba en la cama. No comía y tenía dificultades con los estudios. También problemas con la autoridad e incluso con las drogas. “Mi adolescencia fue rebelde”, reconoce. Y a renglón seguido saca una fotografía suya de aquella niña que perdió la inocencia a una edad demasiado temprana. Era el día de la boda de su hermano. “Sentía miedo. Ahí ya había tenido esa experiencia”, asevera.

Rosa necesitó 45 años para resarcirse de su pasado. Los recuerdos más traumáticos son los que emergieron con la terapia que le ofrecieron en la asociación malagueña Redime, fundada en 2004 por víctimas de abusos sexuales durante su infancia. Gracias al proceso de sanación, comprendió que la agresión de su padre le había dejado no pocas cicatrices, que no se ven pero hieren el alma.

Se casó con el que todavía es su marido, al que, confiesa, “boicoteaba” su cariño, porque no alcanzaba a entender que pudieran quererla. “Me sentía sucia. Esperaba que él fuera mi salvador. Se sufre mucho en una relación con una víctima”, admite la mujer, convencida de que, aunque le intentaron “robar la vida”, se considera una “luchadora”. Con sus hijas, que ahora tienen 24 y 29 años, respectivamente, compartió el daño que su abuelo le había ocasionado en su infancia y las hizo partícipe de su recuperación. “Se sienten muy orgullosas de su madre”, destaca.

El abusador de Miriam, un médico sin hijos

El origen de Redime es Miriam, una joven que, al cumplir la mayoría de edad, destapó el infierno que vivió entre los 5 y los 8 años. “Fue una década de tremenda angustia”, explica la coordinadora de proyectos y monitora de grupo, Eva Medina, tía de la víctima. El abusador era un amigo de la familia, un médico casado y sin hijos. Pertenecía a una comunidad cristiana y organizaba actividades infantiles. Cuando las agresiones salieron a la luz, los padres de Miriam –Gloria y Joel– lucharon por crear la asociación, que formaron “desde el dolor” con cinco víctimas, ahora monitoras de los Grupos de Ayuda Mutua (GAM).

Desde sus inicios, la asociación ha atendido a unas 700 personas que han sido el blanco de los abusos sufridos en la niñez. El 85% de ellos, ocurridos en el entorno familiar, con la madre como “consentidora”. “Para la víctima, eso resulta más duro incluso que el abuso, que ya es terrible. El adulto que tiene que protegerla es el que mira para otro lado”, sentencia la coordinadora.

Mª Carmen: su abuela se enfrentó a su abusador

Mª Carmen Heredia Mª Carmen Heredia

Mª Carmen Heredia / Javier Albiñana

El caso de Mª Carmen Heredia es “excepcional”. Su abuela sí se enfrentó al abusador de su nieta, un señor longevo, abuelo de unos vecinos del bloque en el que vivía. “Cuando se lo conté, ella le dijo que si volvía a tocarme lo mataba y me sentí completamente protegida. Él llevaba un bastón, que temblaba. Yo iba agarrada de la mano de mi abuela”, cuenta la víctima. Aquella escena la “salvó”. Pero solo en parte, porque la reacción del agresor fue la misma que la de otros tantos. “Decía que yo lo había buscado, que me había gustado. La culpa me ha perseguido toda la vida. Me hizo sentir cómplice de lo que pasó. Sepulté mis recuerdos”, asegura.

Mª Carmen comenzaba así su odisea por tratar de evitar, con apenas 5 años, que los “descubrieran”. “Me ponía un poncho, por si acaso este hombre me cogía. Sentía una vergüenza terrible. Sabía que aquello no estaba bien, pero no sabía identificarlo. Era muy pequeña”, sostiene. Arrastró las consecuencias de los abusos hasta los 30 años. “Pensaba que provocaba a los hombres, intentaba ocultar mi cuerpo. La sensación de que te vas a quedar sola en la vida hace mendigar cariño y conformarse con muy poco”, atestigua. El abusador “dejó a aquella niña en un lugar oscuro” que, aunque creciera, “seguía herida y no podía sobreponerse”. Su autoestima dependía de otros.

Denuncias que no acabarán en condena

Ahora se ocupa de asesorar jurídicamente a quienes acuden a la asociación dispuestos a desenmascarar a su verdugo. El escollo que todos ellos enfrentan se acentúa en los juzgados, donde se apilan testimonios de víctimas de abusos que prácticamente en ningún caso, advierte, acabarán en condena. A la ausencia de medios añade la falta de preparación especializada. “Los adultos encuentran en los jueces una actitud totalmente hostil. A mí me llegó a decir uno de ellos que lo mejor era retirar la denuncia por el caso de un niño del que abusaba su padrastro porque lo iba a olvidar. Le contesté que yo no lo había hecho”, remacha.

La abogada defiende la importancia de desvincular “el procedimiento penal del abuso”, porque, aunque “el resarcimiento es un trabajo personal y hay que quitar del tráfico al abusador”, la “restauración no puede depender del resultado” de la causa.

A los padres les aconseja “creer” a sus hijos, protegerlos, evitar “angustia” y acudir a un letrado especializado. Las cifras hablan por sí solas. Solo entre un 15 y un 20 por ciento de los abusos sexuales son denunciados, según el defensor de la Infancia y la Adolescencia de Andalucía, Jesús Maeztu, que recientemente ha pedido una actuación “coordinada y urgente” en la lucha contra la violencia sexual a menores. Abogaba, además, por sacar estos casos a la luz, “porque se trata de una realidad oculta”.

Francisco Caba, una vida rota

Francisco Caba Francisco Caba

Francisco Caba / Javier Albiñana

Francisco Caba también ha reconstruido su relato personal. Un primo mayor suyo abusó de él cuando tenía 10 años. Hasta que cumplió los 13, que puso pie en pared. “Al principio no era violento, sino todo lo contrario. Me fue envolviendo. Un día llegó a desnudarse y a masturbarse delante de mí. Me exigía que yo lo hiciera. Decía que yo era suyo”, relata. Lo que él sufrió, asegura, no solo fueron abusos sino “violaciones” que se repetían cada fin de semana que iba al pueblo de sus padres. Allí coincidía con su agresor.

Tiene 61 años –han transcurrido más de 50– pero Francisco aún recuerda cómo el abusador le golpeaba y le intentaba asfixiar con la almohada, bajo la amenaza de que no gritara porque, de hacerlo, avisaría a su padre. “Mi tío era alcohólico y muy violento y me daba tanto miedo que lo llamara que yo no gritaba; me ponía la mano en la boca. Al principio, me defendía pero después, para evitar sufrimientos, dejé de hacerlo. Mi primo me hacía felaciones mientras yo lloraba”, narra.

"El abuso es una cuestión de poder"

Eva Medina Eva Medina

Eva Medina / Javier Albiñana

Eva, la coordinadora de la asociación en la que ahora también colabora este superviviente del abuso sexual infantil, reconoce que, si para una mujer “es difícil romper el silencio”, para un hombre “lo es mucho más”, porque “está involucrada su identidad sexual”. Pocos de los agresores son psicópatas, “aunque existen”. “La gran mayoría no son enfermos, sino que llevan una vida normal y tienen una apariencia intachable”. El abuso, recalca, “es una cuestión de poder”.

A ese perfil respondía el agresor de Francisco. “Me amenazaba con violar también a mi hermana si lo denunciaba”, dice. Pero cuando cumplió 13 años, fue él quien le advirtió que nunca más se dejaría tocar, aunque ya estaba herido. “Las niñas se reían de mí. Creía llevar un letrero que ponía que me gustaba que me violaran. Me volví muy violento y castigaba a los malos”, cuenta.

Hace ocho años logró rehabilitarse de su adicción al alcohol y al cannabis. Todavía le cuesta “acercarse” a los demás, aunque afirma que en la asociación aprendió a “abrazar”. “Ese lobo, que está en la familia, no mata, pero sí deja a la víctima en una silla de ruedas emocional para el resto de su vida”, apostilla Eva.

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