El año de los pantalones largos

Entraba la década de los 60 y España pasaba por una época de optimismo popular y bonanza económica tras la Guerra Civil

Chaouen, un sueño inolvidable

El Mutilado al salir de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Málaga / Paula Tejada

Entraba la década de los 60 y España pasaba por una época de optimismo popular, de bonanza económica y de la necesidad de olvido (que es el mejor recuerdo, según el maestro Manuel Alcántara). Todo ello, contaba Lucio, propiciado por la ayuda americana que ilusionó de una forma bastante ingenua a un pueblo que había pasado, después de una guerra incivil, veinte años de aislamiento. Lo reflejó maravillosamente la comedia satírica Bienvenido Mr. Marshall. Lo cierto es que, entre el desarrollismo, la industrialización y la emigración, la gente desplegó sus ganas de vivir, se compró su casa y su 600, en cómodos plazos, y se olvidó de la política y la dictadura. Era lo que le interesaba al régimen, pero también le interesó al pueblo. La política se quedó para unos pocos disidentes de izquierdas republicanos. Quizá ese mutuo interés quedó muy bien reflejado en esta anécdota: Se contaba que un ministro, recién nombrado por Franco, le preguntó: ¿Excelencia qué debo hacer para ser un buen ministro? Y aquél le contestó: No se meta en política.

Mientras mis padres y hermanos seguían en Marruecos, yo continué mis estudios en Málaga. Aquel verano, en el que ya preparaba el curso de cuarto de bachiller con su correspondiente reválida, fuimos toda la familia a Cádiz a visitar a un compañero de mi padre, maestro también en Chaouen, y aprovechamos para ver la final del Trofeo Carranza. En esa final, que nunca olvidaré, estrené mis primeros pantalones largos. Por fin me vistieron de hombre y nunca más volví a llevar los cortos, salvo para hacer deporte. Y digo, continuó Lucio con su relato, que nunca olvidaré esa final del Carranza, por dos razones: Una porque el Bilbao, del que yo era hincha, perdió 0–4, frente al Real Madrid, y otra porque mis pantalones recién estrenados eran de esa tela a la que llaman de entretiempo, lo que significa que, en Andalucía y en agosto, es de todotiempo achicharrante. El campo estaba a reventar.

A mí me tocó una entrada de pie, solo. Me encontré apretujado por los cuatro costados. El más mínimo movimiento de alguno de los espectadores significaba que se movieran, como una ola, todos los que ocupaban las gradas delanteras. El calor comenzó a hacer su efecto y la picazón me atacó por todo el cuerpo, especialmente por donde el pantalón se ajustaba más a mi anatomía. Fue un martirio que se multiplicó cuando uno de los espectadores de la grada delantera, con cierto cabreo, pero con un inconfundible gracejo gaditano, se volvió y me gritó: ¡Quillo, picha, quieres estarte quieto y dejar ya de rascarte los huevos!

Ese año cambiaron para mí muchas cosas y una de ellas fue el cambio en el tipo de lecturas. Atrás se quedaron los Richmal Crompton, Julio Verne, Salgari, Charlkes Dickens… También dejé de leer el teatro, que tanto me había divertido, de Mihura, Muñoz Seca, Jardiel o Paso y se quedaron, reposando en los estantes de mi biblioteca, los clásicos españoles que mi abuelo tanto había hecho por aficionarme a ellos, especialmente los poetas. Mis lecturas, me confesó Lucio, fueron cambiando porque también cambiaron las posibilidades de hacerme con aquellos libros que me interesaban. Primero porque mi padre me suscribió al Circulo de Lectores y, además, como era amigo de don Juan Denis, abrió una cuenta en su librería, en la que mensualmente ingresaba una cantidad, para que yo fuese adquiriendo aquellos libros que necesitase, tanto de texto para mis estudios, como cualesquiera otros que me pudiesen interesar. La Librería Denis fue para mí como el Paraíso para Borges.

Curiosamente, con cierta emoción y respeto hacia su padre, Lucio me confesó: Fíjate, Juan, que siendo, como era, falangista, jamás me censuró, ni lecturas ni posters. Nada dijo ante el hecho de que yo tuviese en mi habitación algunos posters del Che Guevara o Carl Marx, entre otros. Como quiera que yo seguí con mi círculo de amigos de la infancia, mi vida continuó muy ligada a las viviendas protegidas y, por supuesto, seguí perteneciendo a la Congregación de Ernesto Wilson, por lo que mis lecturas también abarcaron, en gran medida, a los libros religiosos. Bien es cierto que la curiosidad por la religión, me llevó más hacia la filosofía y la historia, especialmente del cristianismo. Fue así por lo que llegaron a mis manos algunos libros controvertidos. Recuerdo que por aquellas fechas también comencé a leer a clásicos griegos y romanos, y entre ellos leí a Celso, un filósofo platónico del s. II que escribió “El discurso verdadero contra los cristianos”, obra que me sirvió para entender la base de muchos movimientos heréticos que surgieron posteriormente dentro de la propia Iglesia.

Para cursar 4º de bachiller, mi padre me matriculó en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, un colegio religioso privado sito en calle Martínez, 3. De mi paso por él, recuerdo la pesadez insoportable del rezo del rosario todos los días lectivos de la semana. La oración se dirigía por los altavoces de las aulas. Sin embargo, en contrapartida, el colegio me dio la oportunidad de conocer y tener un profesor de Literatura maravilloso que me fascinó. Solo recuerdo su nombre, Don Rafael. Su faz era inconfundible ya que por un ictus (supongo) tenía la boca torcida hacia un lado, pero hablaba perfectamente y sus clases despertaban un interés especial. Le recuerdo recitando o leyendo algún texto que analizar. También recuerdo que, hablando de la importancia de la puntuación, nos leyó una carta sin signos de puntuación, que le escribió un indiano a una familia amiga en la que había tres mozas casaderas. La carta la leyó la hermana mayor y, entonando según su imaginada puntuación, le estaba pidiendo matrimonio a ella, igual pasó cuando la leyó la hermana siguiente y, así mismo ocurrió cuando fue la menor de las tres la que leyó la carta. Le pidieron al indiano, cuando regresó y fue a visitarlas, que les leyese la carta y dilucidara a cuál de ellas se dirigía. Presto la leyó y, según su entonación, educadamente rechazaba a las tres. Te puedo decir, Juan, que he buscado y rebuscado esa carta y no he podido encontrarla. Y yo juro que se la escuché leer a Don Rafael.

También me dio la oportunidad, este colegio, de tener por compañero a uno de los más importantes poetas del parnaso español contemporáneo. Solo fui compañero suyo aquel año y no volvimos a vernos hasta varias décadas después Tras nuestro nuevo encuentro, ambos ya residiendo en Málaga, surgió una amistad, quizá soportada en el hecho de haber sido compañeros de niños, y en la profunda admiración que he tenido por él, tanto como poeta y escritor, como por su trayectoria profesional en medios de comunicación, televisión y artes escénicas. Estoy refiriéndome a José Infante Martos, que está considerado como una figura clave de la poesía contemporánea andaluza y española, con una obra que ha influido a varias generaciones. También ha destacado como redactor, guionista, reportero, ayudante de dirección y director de programas especiales, participando en espacios como Informe Semanal y realizando documentales sobre cultura, historia y arte, durante 40 años en Televisión Española.

Es por ello que terminaré de rememorar esta parte de mi vida, dijo solemnemente Lucio, con estos versos del poema que Pepe Infante le dedicó a Málaga como broche final de su discurso pronunciado con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga: “Todo de lo que vengo seconfunde en tus aguas / y en sus conchas translúcidas se quedan mis raíces. / Ya solo nos queda, oh Málaga querida, / si un día nos encontramos, tendernos juntos, / como entonces, a mirar la bahía”.

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