Lluvia de ilusión compartida por los Reyes en Málaga
La lluvia respetó al cortejo, y apareció antes de su salida y una vez recogido el pasacalles, después de un día mirando al cielo
Todos los detalles de la Cabalgata de los Reyes Magos de Málaga 2026: horario, recorrido y carrozas
Llegaron. Al final siempre llegan. Málaga llevaba todo el día mirando al cielo, no en busca de la estrella de Oriente, sino pendientes de la lluvia, que llevaba días amenazando con ser parte de la cabalgata. Hubo dudas, claro. Hubo relojes consultados más veces de la cuenta y una hora de retraso que parecía agrandar la espera. Incluso el arranque de la cabalgata estuvo marcado por un estruendo poco habitual: los primeros tambores no salieron de las bandas, sino de las nubes. Truenos sobre la ciudad los minutos previos al inicio, como si el cielo quisiera probar sonido antes del desfile.
Pero nada de eso pudo con la tarde que precede a la noche más esperada: la noche de Reyes. Desde lo alto de la Alcazaba, cuando ya parecía que la ansiedad iba a ganar por agotamiento, aparecieron los Reyes Magos, encarnados este año por Kendrick Perry, Dani Pérez y Arturo Fernández. Bajaron despacio, solemnes y cercanos a la vez, atravesando la historia de Málaga para aterrizar en el presente. Ya en el Ayuntamiento, la ciudad respiró aliviada. La cabalgata siguió su curso. La magia, también.
Allí tomó la palabra la alcaldesa infantil, Yasmina Ballesta, pequeña en tamaño y enorme en intención. Su ruego fue sencillo y universal: que no se olvidaran de ningún niño, ni de Málaga ni del resto del mundo. Un recordatorio oportuno en una tarde que hablaba, precisamente, de eso, de mirar más allá de uno mismo.
Y entonces sí, comenzó oficialmente la cabalgata. Sin más cambios, sin más excusas, sin más lluvia. Trece carrozas avanzaron por la ciudad repartiendo cerca de 20.000 kilos de caramelos. Todo estaba preparado para que la tarde fluyera sin sobresaltos, con un amplio dispositivo de seguridad acompañando el desfile: agentes pendientes de cada carroza, presencia constante de la Policía Local, coordinación con otros cuerpos y Protección Civil, cuidando cada detalle casi sin hacerse notar. Caramelos en el aire y en el suelo empapado, juguetes en las carrozas y sonrisas que dejaban en un recuerdo lejano la alerta por lluvias. La ciudad volvió a ser un patio de colegio gigantesco, con adultos que miraban como si también esperaran algo.
Llegaron un poco más tarde de lo previsto, sí. Llegaron entre truenos que cesaron justo cuando el reloj marcó la salida, que había sido aplazada una hora. Pero llegaron. Y en Málaga, por unas horas, todo volvió a estar en su sitio, sin tormenta, y con una cabalgata que prometía repartir una lluvia de alegría y esperanza las próximas horas.
Desde la salida del Ayuntamiento, cuando los Reyes se montaron en sus carrozas, el cielo terminó de decidirse. Las nubes se apartaron sin hacer más ruido y dieron paso a una noche limpia, abierta. En esa noche, las estrellas no estaban arriba, sino cayendo a pie de calle en forma de caramelos.
La ciudad se echó a la calle sin reservas. El paseo del Parque estaba lleno, la Alameda también, y el centro entero acompañaba. Las luces de calle Larios, acostumbradas a mandar, quedaron hoy en segundo plano, opacadas por la presencia de los Reyes Magos mientras pasaban en sus carrozas, al ritmo de las distintas bandas de música. Sonaron las cornetas y tambores de los Bomberos, sonó la Banda de la Paz, se escucharon el himno del Málaga CF y los sones del Unicaja, y también los ritmos más africanos que acompañaban a Baltasar, con percusiones distintas, más profundas, que marcaban otro paso y otro latido. La noche encontró su pulso sin necesidad de apurarlo, sin necesidad de correr, porque Sus Majestades estaban justo donde debían estar.
El sonido de los caramelos al golpear el suelo se volvió constante. Repicaban, rebotaban, se mezclaban con las voces de los niños. “Yo soy de Melchor”, “yo de Gaspar”, “yo de Baltasar”. Cada uno tenía su Rey, pero todos compartían la misma ilusión, la misma forma de mirar cuando la carroza se acercaba al son de los villancicos.
Las luces de la Alameda Principal parecían observar también, discretas, casi celosas, formando una cúpula perfecta sobre la gente, la música y Ellos en su ida y vuelta por las calles del centro, nada necesitó cambiar para que todo encajara.
Los paraguas no se cerraron. Se dieron la vuelta. Dejaron de ser refugio para convertirse en recipientes, recogiendo la gran cantidad de caramelos, golosinas, chucherías y alfajores que se tiraban desde las carrozas, aunque volvieron a abrirse por un par de minutos durante las 21.20, cuando algunas gotas sorprendieron al cortejo y a quienes estaban allí.
Por la calle Molina Lario, los Reyes avanzaron a pie, más humildes, más cerca de los niños y de todos los que aguardaban a ambos lados. Sin carrozas, sin distancia, solo el paso lento y las miradas compartidas, se acercaron a la Catedral para realizar la ofrenda. Oro, incienso y mirra, como dicen las Escrituras y como, todavía hoy, vuelve a hacerse vida con este acto y con representación de un Belen viviente en las puertas de la Catedral, donde se relató la historia desde la llegada a Jerusalén, pasando por el Nacimiento de Jesús y terminando con la llegada de los Reyes a adorar al Niño Dios.
Fue terminar la cabalgata y empezar de nuevo a llover, como si el cielo estuviera respetando a Sus Majestades, esperándoles a terminar su camino por el centro de la ciudad. Y durante la noche los Reyes llegaron a más hogares, a más niños de Málaga, de toda la provincia y del mundo entero. Y así, esa noche en Málaga, el cielo se guardó la lluvia y dejó caer solo lo importante: una lluvia de ilusión compartida, la de la noche de Reyes.
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