Investigación Detectives contra el cáncer

  • Una decena de profesionales de un laboratorio de la Universidad investiga para mejorar los tratamientos oncológicos

  • Más de 600 pacientes de Andalucía se han beneficiado ya de su trabajo

Parte del equipo del Laboratorio de Biología Molecular del Cáncer de la UMA. Parte del equipo del Laboratorio de Biología Molecular del Cáncer de la UMA.

Parte del equipo del Laboratorio de Biología Molecular del Cáncer de la UMA. / Javier Albiñana

Pocos saben a que se dedica ese edificio que hay entre la Facultad de Medicina y la Biblioteca General. Muchos se han beneficiado ya de su trabajo. Allí, dentro del Centro de Investigaciones Médico Sanitarias, funciona el Laboratorio de Biología Molecular del Cáncer de la Universidad de Málaga. Sus profesionales se dedican a desentrañar la información genética de los tumores para que los oncólogos puedan afinar sus tratamientos y ganar más batallas contra esta enfermedad. En síntesis, son detectives contra el cáncer.

Hay biólogos, oncólogos, técnicos de laboratorio, bioquímicos, farmacéuticos y bioinformático. En total, una decena de sanitarios que de forma silenciosa contribuyen a mejorar la asistencia oncológica de hoy y del mañana. La de hoy, porque de su trabajo de laboratorio ya se han beneficiado unos 600 pacientes de toda Andalucía que han recibido tratamientos más precisos acordes a su tumor; lo que mejora los resultados.

La coordinadora del laboratorio, Martina Álvarez, explica que aunque un cáncer se llame igual y esté en la misma localización, en realidad se trata de diferentes enfermedades. Porque hay subtipos y cada uno, en función de sus características moleculares, se derrota con tratamientos diferentes. He ahí la función clave de los investigadores: desenmascarar la genética del tumor para que el oncólogo sepa con qué arma atacar para vencerlo.

Los avances permiten que algunas mujeres con cáncer de mama se eviten la quimio

Hasta 2014, estos especialistas contaban con los resultados de las biopsias que le aportaban los patólogos. Desde entonces –en que empezó a funcionar el laboratorio–, disponen además del plus que supone a la hora de aplicar los tratamientos la información que le aportan estos detectives moleculares.

Entre risas y trabajo, Cynthia Robles (técnica de laboratorio), Rosario Chica y Alicia Garrido (biólogas) explican su labor cotidiana. Las muestras de las biopsias llegan de los hospitales en una placa de parafina de tres centímetros de alto por dos de ancho y 0,5 de grosor. Para un neófito, parece un cristal manchado y poco más. Pero allí está la clave genética para acertar con el tratamiento de ese paciente. Y ellas se ponen manos a la obra. Cortan el material en láminas finísimas. Luego lo meten en un tubo más pequeño que un meñique para eliminar la parafina. Después en otro con reactivos para que las células se rompan y liberen el contenido genético. Y de ahí, al secuenciador; un aparato capaz de identificar las alteraciones moleculares, información determinante para saber si hay un tratamiento específico que mejore los resultados.

El laboratorio del Cimes dispone de dos secuenciadores. Uno cuesta unos 100.000 euros y otros 300.000. Pero además cuenta con un tercer equipo (nanostring counter) que se utiliza para determinar los subtipos de cáncer de mama. Según la técnica empleada, desde que reciben la muestra hasta que se ha secuenciado el tumor pueden pasar entre cuatro y 10 días.

Luego, el informe se remite al oncólogo que en base a esos resultados pone el tratamiento más eficaz. La información que aporta el laboratorio no sólo es esencial para que estos especialistas acierten más con los fármacos que prescriben a los pacientes, sino también para que estén alertas ante posibles recaídas porque esos datos genéticos también pronostican la posibilidad de que el cáncer reaparezca. Alicia Garrido apunta que “secuenciar es como leer nuestro código genético”. Martina Álvarez añade: “El ADN es como la página de un libro con información. El secuenciador decodifica y descubre las faltar de ortografía. Luego nosotros tenemos que interpretar los resultados con ayuda de bioinformáticos”.

Emilio Alba, director del Cimes y jefe de Oncología de los hospitales Regional y Clínico, explica que hay dos grandes líneas para hacer frente al cáncer. La inmunoterapia –que consiste en usar las propias defensas del individuo para luchar contra la enfermedad– y la medicina de precisión –que se basa en dar tratamientos personalizados–. “Como si fueran bombas inteligentes”, precisa.

Para esa medicina de precisión, el Laboratorio de Biología Molecular es una herramienta imprescindible. No sólo de cara a investigar para mejorar los tratamientos del futuro, sino para dar una respuesta a los pacientes del presente. Alba explica que con uno de los equipos (el nanostring counter) se puede identificar a las pacientes de cáncer de mama a las que se puede evitar la quimioterapia. De ahí que resuma en cuatro puntos básicos las ventajas de la tecnología e investigación que concentra el laboratorio:mejora la eficacia de los tratamientos, aumenta la supervivencia, evita la quimioterapia a algunos enfermos y, en consecuencia, ahorra también costes al sistema sanitario.

La amplia mayoría de los profesionales del laboratorio son mujeres. Cuando se les pregunta si se sienten satisfechas con su trabajo, Alicia ni se lo piensa:“Mucho”. “Muchísimo”, opina Rosario. Y luego, esta bióloga añade:“Ojalá fuéramos más rápido. Nos sentimos con mucha responsabilidad porque siempre hay un paciente esperando el resultado”.

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