"Mi carácter es muy malagueño; esto es un desastre, pero jamás lo cambiaría"
La banda más genuinamente de aquí acaba de celebrar 30 años de vida, regresa a la Feria, ha sido convocada a la Bienal de Sevilla y lanzará nuevo disco en noviembre: motivos de sobra para hablar con uno de sus ases
Pedro Ramírez Perico es una de las patas del trípode Tabletom. Las otros dos son su hermano José, flautista y saxofonista, y el cantante Roberto. Pertenece a una generación de supervivientes y ejerce como tal. Se fue al campo en los 70 con una guitarra según el ideal hippy y hoy su trabajo como instrumentista es admirado por otros músicos en toda España. Tabletom es una insignia para muchos malagueños ávidos de símbolos, aunque la industria discográfica y el trío se hayan dado la espalda en 30 años de trayectoria. Su lema sigue siendo el de sexo, drogas y rock n' roll y habla de ello con naturalidad. Pero también sabe este jugador libre tener la cabeza fría y los pies calientes: desde hace años es profesor de guitarra clásica en el Conservatorio Gonzalo Martín Tenllado de Málaga.
-Hay nuevo disco a la vista de Tabletom, todo un acontecimiento.
-Lo importante para mí en seguir en la música no es volver, sino mantenerte trabajando y aportando cosas nuevas. No quiero que digan que los Tabletom de hace 20 años eran los mejores, quiero que digan que los mejores Tabletom son los de ahora. Y creo que lo hemos conseguido con el nuevo disco, Sigamos en las nubes, que saldrá en noviembre. La música es uno de los pocos síntomas de dignidad que nos quedan como banda, y hemos decidido explotarlo a fondo. Instrumentalmente, hemos conseguido cosas de un nivel mayor que en cualquier etapa de nuestra carrera. Se trata de una autoproducción completa, así que hemos hecho lo que nos gusta aunque hayamos dispuesto de menos medios y hayamos grabado el disco en el estudio de un amigo en Los Montes.
-¿Y cómo piensan convencer que hoy son mejores que ayer?
-Hemos hecho nuestro disco menos rockero, seguramente porque estoy más harto del rock que nunca. Lo que antes era rock, en gran parte una cuestión de actitud y rebeldía, ahora es poco más que un pastel. No hay más que recordar lo que se ha visto en festivales como el Rock in Río. Yo me he identificado siempre con el rock, con todo lo que encierra; de hecho, nuestro DVD del 30 aniversario lo llamamos 30 años de rock. Pero tal y como está el género yo prefiero irme al jazz, donde los músicos son más auténticos, aunque haya mucho intelectual de pacotilla. Creo que los músicos más comprometidos con su música en el siglo XX han sido los del jazz, yo quiero parecerme a ellos, tener su libertad. Por eso hemos hecho lo que nos ha dado la gana: el tema más corto dura siete minutos y medio.
-¿Siguen entonces igual de dispuestos que siempre a hacer amigos en las discográficas?
-Por nosotros, que no quede. Pero me da igual lo que pase con la industria, en serio. Por mí, que triunfen los piratas. La industria es la principal responsable de lo que ha pasado con la música y su mercado. Casi prefiero que venda mi disco un gitano con una manta que un señor en unos grandes almacenes. Yo ya sé que no vamos a vender más de siete ejemplares del disco nuevo, pero nuestra vida es la música independientemente de esto y vamos a seguir adelante siempre, sea como sea.
-¿El culpable de que no les haya contratado el productor que les haría ricos se llama Roberto?
-Él es el culpable de que en Tabletom no hayamos llegado más lejos, pero también de que seamos únicos en el mundo. Hay días en que he lamentado haber tenido que tocar y grabar con Roberto, pero aún así nunca, nunca habría movido una pieza en la banda sin haber contado con él.
-Son los únicos malagueños invitados a la próxima Bienal de Sevilla. ¿Se sienten cómodos en los ambientes flamencos?
-La verdad es que no nos identificamos demasiado con el flamenco, de hecho a mí sólo empezó a gustarme después de escuchar a guitarristas como Cañizares y Gerardo Núñez. Aún así no escucho muchas cosas. Y antes, cuando era más joven, nada, de verdad, ni Camarón. De todas formas, a Sevilla vamos dentro de un festival de flamenco y rock que ha organizado el mánager de Raimundo Amador.
-Pero, ¿no era Me estoy quitando un homenaje a Camarón?
-Sí, estábamos en casa de un traficante aquí en Málaga y nos encontramos con Camarón. Le dijimos "José, cómo va eso, pero qué cosa más chunga', y él contestó: "Bueno, me estoy quitando", a lo que respondió el dealer: "Sí, solamente se mete de vez en cuando". Aquello nos hizo gracia y compusimos la canción. Pero, la verdad, disfruto más con Gerardo Núñez.
-En una entrevista, Gerardo Núñez me confesó que su maestro, más que Paco de Lucía o Sabicas, era Robert Fripp.
-Yo también considero a Fripp mi maestro. Al menos el primero. Hay dos momentos claves en mis inicios, la primera vez que Roberto me dio un tripi, cuando yo tenía 15 años, y la primera vez que escuché In the court of the Crimson King. Cuando las dos cosas ocurrían a la vez, era alucinante.
-Este año, Tabletom vuelve a la Feria. ¿Ya lo han celebrado?
-En realidad no hace tanto que no tocamos. Si en 30 años que llevamos juntos hemos estado en la Feria 25 veces, no se puede decir que hayamos faltado mucho. Lo que pasa es que si no nos llaman para tocar en allí ya casi me molesto, considero obligado que estemos. Para el Ayuntamiento suponemos un negocio muy bueno, les llenamos la caseta como el grupo de más éxito y nos pagan como al peor grupo que puedan traer. Por eso, cuando no nos llevan no lo entiendo. Creo que son poco inteligentes. Además, nos ponen delante a tres teloneros y casi siempre salimos a tocar a las dos y media de la mañana, cuando la gente ya se ha cansado de esperar o está muy borracha. Me parece un fallo importante, si saben que llenamos la caseta, si para cierta gente de nuestra quinta somos el grupo de Málaga aunque les pese a algunos, deberían dar facilidades a quienes tienen la deferencia de ir al real de la Feria a vernos, que es como ir al Sáhara sin agua.
-El delegado municipal de Cultura, Miguel Briones, presentó a Georgie Dann como la actuación estelar de la Feria.
-Ese hombre tampoco da más de sí. Por algo es concejal de Cultura. Cuando uno llega a concejal de Cultura es porque tiene poca cultura, la gente con inquietudes suele dedicarse a otras cosas. Que un concejal diga que aquí Georgie Dann es la estrella, no me extraña. Yo me vanaglorio de estar dejado de la mano de Dios y de que los que siempre han estado arriba no nos tengan en cuenta.
-¿Cómo era la vida hace treinta años en una comuna en Campanillas? ¿Cómo esperaban entonces que se portara el futuro?
-Ante todo, aquello no era una comuna, simplemente que los del grupo y las invitadas que quisieran acompañarnos vivíamos juntos. Aquello no era Cristiania ni nada parecido. Nos dedicábamos al sexo, las drogas y el rock n' roll, y con la edad nos hemos dado cuenta, yo por lo menos, de que no íbamos equivocados, de que aquello era lo mejor que podíamos hacer siempre que pudiéramos controlarlo. Hoy puedo decir que he mantenido esta máxima y que estoy bien. No he necesitado ser adicto a nada para disfrutarlo. Lo que sí es cierto es que entonces, cuando tenía 20 años, pensaba que cuando tuviera 40 podría vivir de otra manera, pero el medio cultural ha cambiado muy poco desde entonces. Lo que sigue triunfando es lo mediocre. Hace poco estuve en un concierto de Mike Stern y cuando terminó bajó del escenario, montó un tinglao incluso más cutre que el que llevamos nosotros y se puso a vender sus discos, con 50 años en la espalda. Y Mike Stern es un músico, un músico genial, increíble. Pero también es un currante. Así han estado las cosas, y así siguen.
-¿Alguna vez ha lamentado haber nacido, vivir y tocar en Málaga?
-Nunca espero nada de nada. Tengo el carácter muy malagueño, soy un desastre y aunque tenga arreglo no hay manera. Cuando voy a Pamplona o al País Vasco me dicen que allí las cosas funcionan, y que si no la gente se echa a la calle, ya sabes, si tienen que apedrear un semáforo lo apedrean. Y a mí eso me parece una estupidez. Yo no me cambio por un vasco ni matao. No me manifiesto. Hago las cosas a mi manera. Si aquí me molestan, me voy diez metros más para allá y sigo haciendo lo mismo. Procuro que nadie me amargue la vida. Lo único que vale la pena es lo bueno que tú hagas. Los malagueños auténticos no escriben instancias al alcalde ni cartas a los periódicos. A mí me pasa, seguramente porque no confío en las personas a las que voy a expresar mis quejas. ¿Acaso tienen arreglo las playas de Málaga? Si lo piensas, Málaga es un desastre. Pero en ese desastre, en eso de que no haya manera de arreglar esto, hay algo muy de aquí que me gusta. El malagueño tiene mucha personalidad pero no encaja en el sistema. Por eso no le salen las cosas bien. Aún así, estoy muy contento y orgulloso de haber nacido y vivir en Málaga, porque me identifico con ese desastre. No me iría ni loco.
-¿Queda el chauvinismo?
-Fíjate, si fuéramos sevillanos Lopera iría poniendo nuestra canción Málaga por todas partes. Pero ni por ésas me cambio.
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