Otra ciudad sin noción de frontera

En su sinuoso trayecto hacia Alegría de la Huerta, la línea 26 de la EMT recorre en Ciudad Jardín los entresijos de una Málaga desconocida como aliado inestimable de la economía doméstica

En la página anterior, un autobús de la línea 26 de la EMT en la calle Huerto de los Claveles. En esta página, arriba, perfil del barrio Alegría de la Huerta, destino del trayecto; abajo, la calle Rosario Pino, en Segalerva.
Pablo Bujalance / Málaga

02 de septiembre 2012 - 01:00

Son las 11:15 en la parada de la línea 26 en la Alameda Principal, en la esquina con la Alameda de Colón. El autobús llega a su hora y se dispone a salir de inmediato con quince usuarios a bordo. Casi todos los tripulantes son personas mayores (y de éstas, en su mayoría mujeres) que han venido a hacer la compra al Mercado de Atarazanas y regresan ya a sus casas cargados de bolsas de plástico y los consabidos carritos forrados con telas a cuadros. La única excepción la representa una chica de no más de 16 años que ocupa el asiento detrás del conductor. La joven ha esperado el autobús en la parada en compañía de un chico. Cuando el automóvil llegó, se despidieron con un abrazo. Ella, vestida con un short de Hello Kitty, una blusa sencilla y unas sandalias brasileñas, llora todavía mientras se coloca unos auriculares en los oídos. Él, tocado con pendientes y una suntuosa decoración cani en las patillas, llora también detrás de unas enormes gafas de sol. Cuando el autobús echa andar, ella observa cómo él camina por la Alameda, pero antes el chico se ha quedado un rato mirándola. Es el último día de agosto, y el cielo gris parece un preludio del otoño. El tráfico es lento y junto al mercado hay coches aparcados en doble fila que cierran el paso al autobús. El conductor, un joven que confraterniza con buena parte de la tripulación como con viejos conocidos, espera pacientemente a que retiren los vehículos. En el Pasillo de Santa Isabel suben seis pasajeros, todos mayores, que vienen también del mercado. Dos mujeres que se han quedado de pie en la zona central del autobús se dan cuenta mutua de la compra: este pescado a tanto el kilo, esta verdura a tanto, qué barato compras, niña.

En la Avenida de la Rosaleda suben tres personas, entre ellos un hombre con un problema de movilidad que se sienta en la parte trasera, ya que un grupo de cuatro señoras con sus respectivos carritos mantienen ocupados los asientos tapizados en rojo. En Huerto de los Claveles suben dos personas, una chica con dos trenzas y un señor alto, con el pelo cano y una guayabera naranja. Un señor y una señora que viajan sentados en la parte trasera emprenden una conversación: "Hoy hace más fresquito que ayer". "Sí, pero hay por la parte de Coín un incendio tremendo". "Es que hay que darse cuenta lo malos que somos". En la calle Rosario Pino hay colas para pedir plaza en el nuevo gimnasio de Segalerva. En la primera parada de San Juan Bosco baja una señora, y en la segunda, en la esquina con Guerrero Strachan, justo frente a la taberna La Raya, en cuya terraza algunos degustan ya unas cervecitas, bajan dos pasajeros y sube otra mujer de melena cardada. Continúa la conversación en la parte trasera: "La cosa es que si hubiera trabajo no pasarían tantas cosas malas". "Sí, pero es que no hay trabajo, y además la gente joven hoy no ahorra nada. Se lo gastan todo. Les toca dinero en la lotería o en un concurso y sólo piensan en gastárselo". En Lorenzo Correa suben cinco personas, entre ellos una abuela que lleva en una mano a su nieto y en la otra el carrito de la compra y un chico que viste la camiseta oficial de la Roja. En Emilio Thuiller suben otros ocho pasajeros. El 90% de la tripulación tiene más de 60 años, y el 80% son mujeres. En la segunda parada de la misma calle suben dos personas. Se venden flotadores y sillas de playa a mansalva en las aceras.

La conversación en la parte de atrás prosigue en estos términos: "Así están los matrimonios como están". "Mi hija pidió un préstamo para viajar al Caribe. Cuando lo pidieron, su marido y ella ganaban 5.000 euros. Ahora ganan 3.000. Y todavía están pagando el préstamo, así que mire usted". En Jerez Perchet comienza la ascensión del autobús por las mismas entrañas de Ciudad Jardín. En la primera parada suben cinco usuarios y bajan cuatro. En la segunda, en el Centro de Servicios Sociales, se apean otros cinco. El diálogo continúa entre curvas sinuosas, bloques de gran altura y algunas terrazas en las que los vecinos dan cuenta de sus desayunos: "Pero el que está ahora, cuando salga, no va a dejar España arreglada". "Qué va. La suerte la tenemos las personas mayores, porque no vamos a ver todo lo que se avecina, la gente arruinándose y pasando hambre". "Yo tengo un nieto de 18 años que se ducha tres veces al día. Tres. Eso son tres ropas que hay que lavar todos los días". En la calle Málaga Oloroso, donde la cuesta ya se hace especialmente pronunciada, y en la que los altos bloques de viviendas han dado paso a algunas viviendas unifamiliares y edificios de planta más discreta, bajan siete pasajeros, entre ellos la joven que subió en la Alameda. En la primera parada de la calle Lágrima, en la que el autobús enfila con cuidado una curva muy cerrada, con posterior cuesta en caída libre, bajan tres personas. En la segunda, junto al IES Ciudad Jardín, sube una madre con su niña pequeña en un cochecito. En Hacienda Montes bajan tres personas y tres carritos de la compra. En Sancho Miranda hay un parque con columpios en el que algunos abuelos fresquean mientras juegan sus nietos.

En la calle Alcalde Nicolás Maroto las aceras están especialmente sucias. En la primera parada baja la mujer que ha venido manteniendo el diálogo con su compañero de viaje. Hay más bares y más terrazas con gente desayunando. En los bajos de los edificios, de nuevo muy altos, hay negocios de todo tipo: alimentación, droguerías, peluquerías, ferreterías, carpinterías, una escuela infantil y hasta una Brighton School. Pero los anuncios de traspasos y alquileres son abundantes. En Marqués de Mantua, junto a la iglesia, no se produce intercambio de pasajeros, pero en Bordón Alegre, donde Alegría de la Huerta muestra ya su perfil, bajan tres viajeros, entre ellos la abuela con su nieto. El barrio exhibe su impronta característica. Suena a verdiales en la calle Pastora Imperio. Hay jubilados sentados en los bancos, y niños descamisados que juegan al fútbol apurando el verano. Otra calle se llama Ínsula Barataria. En Mariano Benlliure quedamos cuatro pasajeros a bordo. Son las 11:55. Fin del trayecto.

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