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Un conductor de la EMT de Málaga cuenta su día en pleno coronavirus: "Ahora la gente es más educada, veo más civismo"

  • "De mover más de un millar de viajeros en la línea 11, ahora puedo estar en unos 45 de media", expone

Joaquín Ruiz, conductor de la EMT, en su vehículo. Joaquín Ruiz, conductor de la EMT, en su vehículo.

Joaquín Ruiz, conductor de la EMT, en su vehículo.

"Me siento extraño en un autobús casi vacío" Joaquín Ruiz, 44 años, lleva 20 trabajando en el Empresa Malagueña de Transportes (EMT). Conduce uno de los grandes vehículos articulados de la línea 11, una de las, no hace mucho, líneas más utilizadas por los viajeros. En un día normal del estado previo al coronavirus, podía mover una media superior al millar de pasajeros durante un servicio completo. Ahora, "la media puede ser de unas 45 personas; un día 55, otro 56, otro 27".

El desplome de usuarios que ha sufrido la sociedad municipal es una de las consecuencias más evidentes de la pandemia y del confinamiento generalizado aplicado por el Gobierno. Ante este escenario de inactividad, la entidad rebajó de manera significativa las frecuencias de paso y el número de vehículos. Y aplicó un ERTE voluntario al que se han sumado 230 empleados.

"Yo no tengo hijos, no tengo personas mayores a mi cargo, no tengo patologías", explica para justificar por qué sigue cada día al volante de su autobús de 18 metros. Aunque tiene claro que si su situación personal hubiese sido otra, habría optado por dar un paso al lado. "Si llego a tener un hijo o si mi madre viviese conmigo, no hubiese tenido asma no me lo hubiera pensado, porque se ven cosas que dan pánico", confiesa.

El estado de hibernación que todo lo toca en estas semanas es si cabe mayor en una semana como la actual, en la que lo normal es que todas las calles de la ciudad estuviesen repletas de gente. "No hay tráfico, ni viajeros", apunta. Y ello se deja notar y mucho en su servicio. 

"Desde que empiezo en la Universidad hasta que llego a Playa Virginia antes movía a unas 160 personas, que subían y bajaban; ahora hablamos de nueve; antes, en la cabecera, entre la gente de Telecomunicaciones, del Clínico, podían subir más de 30 personas y cuando llegabas a la que hay cerca de Psicología otras 30 o 40; ahora, en el autobús puede haber nueve pasajeros", cuenta. Y eso "en una Semana Santa en la que tradicionalmente los autobuses van atestados, con el completo echado en seis paradas".

Imagen del autobús que conduce Joaquín. Imagen del autobús que conduce Joaquín.

Imagen del autobús que conduce Joaquín.

Pero a menos tráfico, menos tiempo de recorrido. "Lo normal eran unos 56 minutos para hacer el recorrido de la 11, incluyendo los semáforos, la subida y bajada de viajeros… Ahora pueden ser unos 35 minutos". Es una de las variaciones.

Otra que pone en valor Joaquín tiene que ver con el comportamiento de los que se suben a diario a los autobuses. "La gente ahora es más amable; antes, los que ya eran habituales te saludaban y te daban los buenos días, pero la mayoría era como mucho un 'hola' y para adentro; ahora veo a la gente con más civismo, te cuentan los días que llevan en la casa…", valora. Y casi espera que sea una lección que se aprenda tras la pandemia.

Cuenta que la mayor parte de los pocos viajeros que hacen uso de este medio de transporte son sanitarios que acuden a diario al Clínico Universitario. "Hay gente a la que conozco por los años que llevo y me comentan el pánico que hay en todos lados y que no hay nadie por las calles". 

Por lo que cuenta, el que se trate de personal de riesgo, por estar en contacto directo con enfermeros afectados por el virus, no parece preocuparle en exceso. Frente al temor antepone las numerosas medidas de seguridad que desde la EMT se viene aplicando desde el primer momento. 

De hecho, en algunos vehículos, la cancelación de los viajes se realiza con una máquina situada en mitad del autobús, obligando a los pasajeros a entrar por la puerta de en medio. Con eso se evita contacto alguno con el conductor. Los pasajeros están obligados a utilizar la tarjeta para realizar el pago, evitándose en todo momento el uso de dinero en efectivo.

Y a todo ello se suma la aplicación una reducción significativa en el número máximo de personas que pueden viajar en los buses. Así, por ejemplo, en uno de 18 metros el tope es de 25 persona; en uno de 12 metros, 16 personas; en uno de nueve metros, diez personas, y en uno de siete metros son seis. "Con eso se consiguen unas distancias muy superiores entre pasajeros".

"Lo que observo entre los viajeros es mayor orden. Cuando entra uno, pica y se va para atrás; después va otro y hace lo mismo. Entre ellos mismos guardan una distancia. En un día normal, cuando uno está picando, hay otro que lo hace por encima y al tiempo hay otro pasajero pagando con dinero", explica. "Hay como una paz, una tranquilidad, no hay prisa para nada", reflexiona. 

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