El fin de los contratos de alquiler de cinco años, otro estrago para muchos inquilinos: “No hay espacio para la vulnerabilidad”

La escasez de viviendas ha elevado el precio del metro cuadrado a los 16 euros en la capital

La Junta de Andalucía cancela casi 5.000 viviendas turísticas en Málaga

Pisos en venta en una inmobiliaria de Málaga
Pisos en venta en una inmobiliaria de Málaga / Javier Albiñana

Muchos malagueños han recibido a principios de año la misma carta en los buzones de los hogares que dejarían de serlo. “Estos días en los que estoy desmontando mi casa son muy tristes”, cuenta Antonio Rodríguez, quien abandonó su piso el mes pasado para volver a casa de su madre. Su bloque pertenece a una propiedad privada y “están echando a personas muy mayores que llevan toda la vida ahí”.

El cierre de los contratos de alquiler de cinco años iniciados en 2021 provoca que los inquilinos se encuentren ante una oferta de vivienda escasa y saturada en la ciudad. En España, se estima que a lo largo de 2026 finalicen 600.000 contratos de este tipo. La previsión de este desarraigo no ha sido suficiente, como le ha ocurrido a Marina Benítez, quien buscó sin suerte un piso nuevo en su barrio desde el verano pasado: “La gente se reía de mí: ¿Cómo vas a encontrar un alquiler por menos de mil euros? Me sentía ridícula”.

La subida de precios desde hace cinco años se debe a la falta de viviendas disponibles. El metro cuadrado de la vivienda de alquiler en Málaga ha pasado de los 9,4 euros a una media de 16 euros en enero de este año, según Idealista. Cristina Ferrández ha vivido en Cristo de la Epidemia durante cinco años y su contrato acaba este mes de mayo, donde los apartamentos “no bajan de 900.000 euros por cuchitriles”. “La vivienda en el barrio está por las nubes” y los propietarios piensan “que están perdiendo dinero”, según Ferrández.

De izquierda a derecha: Laura Rueda, Antonio Rodríguez, Claudia Benítez, Cristina Ferrández y Marina Benítez
De izquierda a derecha: Laura Rueda, Antonio Rodríguez, Claudia Benítez, Cristina Ferrández y Marina Benítez / M. H.

Existen 12.000 viviendas de uso turístico (VUT) en Málaga capital, según la Junta de Andalucía. Lucía Ruiz, abogada especializada en Derecho Inmobiliario, explica que los propietarios prefieren dar un uso turístico a las viviendas porque se tienen “más facilidades en caso de impago y una rentabilidad más alta”. Sin embargo, desde el verano pasado no es posible inscribir más viviendas turísticas en Málaga en los próximos tres años.

Laura Rueda supo desde el año pasado que su piso se vendería, pero ahora se enfrenta a la búsqueda de una nueva casa. La almeriense ha vivido en un barrio del centro de Málaga desde 2017 y “ya ha hecho este duelo antes”. “No tengo opción de pagar un piso sola, ya hipoteca ni te cuento siendo autónoma”, explica Rueda. Marina Benítez también se mentalizó de su próxima mudanza en marzo porque su piso ya se ha vendido. “Están esperando a que nos marchemos como si fueran hienas”, cuenta Benítez. Málaga se convierte así en “un espacio hostil”, sobre todo para las personas autónomas con trabajos precarios.

Hay quienes no cuentan con el privilegio del tiempo para hacer el duelo. Claudia Benítez abandonó su vivienda el pasado septiembre, a pesar de que su contrato finalizaba este año. “Quise terminar antes porque no me quería ver con la presión y la angustia de decidir marcharme deprisa y sin opción a tener un tiempo tranquilo de búsqueda”. Claudia rechazó la propuesta de la subida de 80 euros mensuales de su vivienda porque se niega “a vivir ahogada exclusivamente por el alquiler” y ahora vive en casa de un familiar.

La alternativa a abandonar la capital se dirige al entorno rural. Benítez se mudará a un pueblo de Córdoba porque en Málaga “no hay espacio para la vulnerabilidad”. Carmela Olmedo, una de las representantes del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Málaga, justifica que esta sensación “es lógica porque nos jugamos el lugar donde se despliega el resto de la vida”. Sin embargo, “el problema se va a llevar a la periferia, donde el precio se va a incrementar un 30% aproximadamente”, según Ruiz.

Los obstáculos ya estaban presentes en la propia época del Covid al intentar acceder a una vivienda, como en el caso de Cristina Ferrández: “Me sentí como desnuda porque mandé todos mis extractos de meses atrás, mis nóminas… y aun así no nos dieron el visto bueno”. Los propietarios finalmente le alquilaron el piso “por su cuenta y riesgo”. “Te sientes supervulnerable”, comparte Ferrández.

Esto provoca que “la alternativa en general sea irse fuera y destruir las habilidades de lazos familiares”, según Carmela Olmedo. José Antonio Pérez, experto inmobiliario, expresa que “la demanda y la sociedad no pueden esperar más, tienen que buscarse la vida” y espera que no se empiece “una crisis social sin marcha atrás”. Los barrios más afectados por la subida de precios son las zonas del centro de Málaga, donde “toda la gente consiguió hacer vida gracias a que pudo tener este tipo de vivienda, y ahora especulan como el que más”, según Benítez.

Rueda confía en ciertas redes para encontrar un nuevo hogar porque piensa que “hay gente que no quiere vender esta ciudad al mejor postor”. Desde el sindicato, Carmela Olmedo refuerza que “la victoria se está ganando por la solidaridad vecinal”. Esta situación estructural muestra que “la vivienda es un problema social que hay que intervenir, pero los medios que se utilizan no están ayudando a eso, sino todo lo contrario”, según Ruiz.

Las casas se construyen bajo un techo y cuatro paredes, pero los hogares de los malagueños ahora son núcleos nómadas. Laura confía en las redes del barrio, Antonio y Claudia encuentran un refugio en el hogar compartido, Marina moviliza a su pequeña familia y Cristina no quiere dejar la ciudad. Algunos han rotado de barrio en barrio y otros ya han sufrido su ruptura con Málaga. Antonio Rodríguez reúne la experiencia de todos los inquilinos: “No es solo que nos quiten los espacios, es que nos niegan la posibilidad de tener vidas felices”.

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