Dos años de pandemia

Museos en Málaga: crisis para una reafirmación

  • Los responsables de los principales centros de arte de la ciudad no perciben un cambio de paradigma dos años después del estallido de la pandemia

Visitantes en el Museo Picasso Málaga con sus mascarillas.

Visitantes en el Museo Picasso Málaga con sus mascarillas. / Javier Albiñana (Málaga)

La imagen de la reapertura de los museos malagueños en mayo de 2020 tras más de dos meses de cierre forzoso por el coronavirus, con los primeros visitantes convenientemente protegidos con mascarillas, la reducción de aforos y los protocolos de seguridad más escrupulosos en plena aplicación, ofreció la que tal vez había sido hasta entonces la imagen más ilustrativa de lo que vendría a llamarse la nueva normalidad. Los museos fueron de hecho las primeras instituciones que reabrieron sus puertas al público no sólo en el ámbito cultural, sino en un contexto mucho más amplio que incluía a recintos deportivos y de la índole más diversa; Málaga fue además pionera al respecto a nivel nacional, lo que convirtió a sus centros de arte en verdaderos laboratorios de reacción ante la crisis con la atención general ganada de antemano. Durante el confinamiento, las herramientas digitales y virtuales habían sido la única vía disponible para los museos a la hora de mantener la fidelidad de su público; después, con las puertas abiertas pero en una coyuntura francamente difícil, sin turismo y con restricciones severas como los periódicos toques de queda, recuperar la afluencia presencial no parecía una tarea precisamente sencilla. Llegaron así las alianzas entre los principales museos y nuevas actividades dirigidas a ganar la complicidad de los potenciales visitantes locales mientras los balances, hasta entonces en su mayoría triunfales, ofrecían los jarros de agua fría que cabía esperar de un paisaje museístico sin turistas y con demasiado miedo en el cuerpo, con caídas de afluencia que en algunos casos llegaron a ser del 90%. Dos años después, con la pujanza turística de nuevo sobre la mesa en términos similares a los de 2019 y con la comunidad internacional concentrada en la resolución de problemas muy distintos, la normalidad en los museos se parece más a la que había sido hasta que se empezó a hablar del coronavirus. De todo esto cabe extraer, tal vez, algunas lecciones, aunque los responsables de los principales museos de Málaga no advierten tanto un cambio de paradigma como una reafirmación en las líneas que venían desarrollando antes de la crisis.

Visitantes en el Museo Carmen Thyssen en mayo de 2020, tras la reapertura. Visitantes en el Museo Carmen Thyssen en mayo de 2020, tras la reapertura.

Visitantes en el Museo Carmen Thyssen en mayo de 2020, tras la reapertura. / Javier Albiñana (Málaga)

El director del Museo Picasso Málaga, José Lebrero, invoca la posibilidad de extraer de la pandemia aprendizajes “a nivel individual y colectivo, como en el colegio”. En su caso, “a nivel individual entiendo que hay que hacer una reflexión en consecuencia con los tiempos de gran complejidad que nos ha tocado afrontar. Se trata de valorar en qué medida un museo puede dar respuestas a estas complejidades, es decir, de preguntarnos para qué sirve un museo. Conviene volver a hacer esta reflexión porque, seguramente, las creencias e intuiciones ya no son las mismas que hace dos años”. Lebrero considera que esta reflexión debe abordar cuestiones como la cuestión digital, “que forma parte de nuestras vidas de un modo muy llamativo y claro”, así como “la vulnerabilidad de lo estético, o de la misma cultura en un sentido más amplio, respecto a cuestiones que en los últimos años se han mostrado mucho más trascendentes entre la opinión pública, como todo lo relacionado con lo sanitario”. En este sentido, el director del Picasso considera que “si alguna vez nos habíamos preguntado qué llegaría a pasar si se cerraban los museos, los cines y los teatros, ahora ya tenemos la respuesta. De alguna forma, la idea de que los museos no sólo son un lugar de refugio, sino también de aprendizaje, se ha visto reforzada”. A nivel colectivo, “ha habido un intento, muy positivo, de articular mejor la relación entre los museos y colaborar más. Lo que pasa es que, después, la vorágine del día a día, y la mayor o menor convicción, terminan limitando este impulso”. Del mismo modo, se ha demostrado que el empeño en conectar con más decisión con los llamados públicos de cercanía es “sustancioso y deseable”, en la medida en que los museos han reforzado su proyección “como instrumentos desde los que es posible cimentar una mayor participación en la sociedad y construir una identidad propia en la misma”. Ahora bien, apunta Lebrero, “si algo hemos aprendido es que las cosas no son sólo de una manera, sino de muchas. En lo que tiene que ver con la relación con el público, todavía hay muchos caminos que podemos explorar”. 

Instalación de protocolos de seguridad en el Museo Ruso, en mayo de 2020. Instalación de protocolos de seguridad en el Museo Ruso, en mayo de 2020.

Instalación de protocolos de seguridad en el Museo Ruso, en mayo de 2020. / Javier Albiñana (Málaga)

La directora artística del Museo Carmen Thyssen, Lourdes Moreno, ofrece, por su parte, una lectura en clave positiva de la experiencia: “En gran medida, la situación nos permitió descubrir la fidelidad de los visitantes de manera más contundente. Durante el confinamiento, la afluencia a las visitas virtuales que ofrecemos en la página web creció un 738%. Ofrecimos en el mismo canal recursos educativos para las familias, conferencias en streaming y otras posibilidades que tuvieron muy buena acogida. Cuando al fin pudimos abrir las puertas nos encontramos con un público que nos echaba de menos, que tenía ganas de volver al museo, y eso reforzó aún más esta impresión”. Por otra parte, la pandemia puso a prueba la capacidad de reacción de los equipos, lo que también terminó pesando en el lado positivo de la balanza: “Nos dimos dos días de estupor y al tercero ya estábamos todos en marcha, conectados y trabajando al completo. El equipo del museo dio muestras de cohesión y resiliencia y eso ha tenido, a la larga, efectos muy deseables para el mismo funcionamiento del museo”. Destaca también Moreno la respuesta de las instituciones culturales, especialmente de museos y coleccionistas colaboradores: “Cuando nos sorprendió el confinamiento teníamos la exposición de Toulouse-Lautrec y de un día para otro nos vimos en la tesitura de tener que mantenerla más allá de lo previsto, pero el coleccionista respondió con una generosidad enorme. Lo mismo que cuando nos vimos obligados a aplazar la inauguración de la exposición temporal Máscaras: ninguno de los museos y coleccionistas que se habían comprometido a colaborar con la muestra pusieron un solo reparo al retraso”. En cuanto a la mayor conexión con el público local, Lourdes Moreno recuerda que el mismo “ha sido siempre un objetivo esencial del Museo Carmen Thyssen, por las características de su colección y por la inclinación natural de su mecenas. Eso nos ha llevado a desarrollar una relación especial con nuestro entorno. Mucha gente en Málaga nos percibe como un museo cercano, y creo que eso ha sido fundamental para que la crisis no nos golpeara demasiado. La conclusión es que, por muy útiles y valiosas que sean las herramientas digitales, nada puede sustituir a la experiencia directa en lo que se refiere a los museos”.

“Si decimos que ahora nos interesan más los visitantes de proximidad daríamos a entender que antes no nos interesaban tanto, y eso no es verdad", afirma José María Luna.

Con un tono pragmático ofrece su valoración José María Luna, director de la Agencia Municipal para la Gestión de Espacios Museísticos, de la que dependen la Casa Natal de Picasso, el Museo Ruso y el Centro Pompidou. Luna recuerda que las herramientas digitales y virtuales “ya estaban ahí antes de la pandemia, las utilizábamos y llegábamos con ellas a públicos muy amplios. Otra cosa es que, ante un confinamiento obligado, adquirieran un protagonismo necesario”, apunta, si bien coincide con el resto de directores en afirmar que “una visita virtual nunca puede sustituir a la visita presencial de un museo, porque nada puede replicar la emoción que inspira la contemplación de una obra de arte”. En el mismo sentido se pronuncia Luna respecto a una posible mayor atención al público local: “Si decimos que ahora nos interesan más los visitantes de proximidad daríamos a entender que antes no nos interesaban tanto, y eso no es verdad. Nos han interesado siempre, han sido objetivo fundamental desde el principio, y por eso desarrollamos desde el primer día multitud de actividades culturales, además de las exposiciones, dirigidas especialmente al entorno local. Otra cosa es que no hayamos sido todo lo acertados que debiéramos, o que no hayamos sabido cómo hacerlo, pero nunca hemos dado la espalda al público malagueño”. Sí advierte Luna un cambio de orientación en la oferta de actividades culturales de los museos, “cada vez más dinámicas y participativas”, y una mayor colaboración entre los museos gracias a proyectos compartidos como el ciclo Museos a escena, “pero yo no hablaría de un cambio de paradigma, sino más bien de lo contrario: una reafirmación de lo que hacíamos, seguramente con más motivos”.

El pintor malagueño Jorge Rando, en su museo. El pintor malagueño Jorge Rando, en su museo.

El pintor malagueño Jorge Rando, en su museo. / Javier Albiñana (Málaga)

En términos parecidos se expresa Vanesa Díaz, directora del Museo Jorge Rando, quien acude igualmente al término “reafirmación” a la hora de hacer balance de estos dos años: “A día de hoy, nuestro museo se define tal y como lo ha hecho desde el principio. La crisis no ha servido más que para reafirmarnos. Somos un museo apartado de los circuitos turísticos, concebido como un espacio de diálogo y encuentro y al servicio de la ciudad de Málaga. Y si algo hemos percibido durante la pandemia ha sido una mayor necesidad social por parte de este servicio. Ofrecemos un espacio de ocio y cultura, pero también de cierto recogimiento, al mismo tiempo que un lugar para defender a la comunidad con la que trabajamos y para crear ciudadanía”. En consonancia “con la obra artística de Jorge Rando”, el museo del barrio del Molinillo “es también un espacio de orientación humanista, donde acogemos a refugiados y a personas en situación de vulnerabilidad, algo que, desde luego, no ha hecho sino acrecentarse en los últimos años”. En el mismo periodo, el Museo Jorge Rando ha logrado ampliar su sede y reforzar sus relaciones con países como China, lo que se ha traducido en intercambios artísticos más que interesantes. Pero añade Vanesa Díez una última reflexión: “Desde el principio hemos ofrecido la entrada gratuita a nuestro museo, todos los días, a todos los públicos. Estamos fuera de la afluencia turística pero, del mismo modo, nunca hemos divulgado estadísticas de visitantes, porque consideramos que hay una excesiva dependencia de estas estadísticas a la hora de evaluar el trabajo de los museos y que esta dependencia es injusta. La pandemia ha demostrado hasta qué punto estas estadísticas no merecen ser tan tenidas en cuenta. Así que esperamos que de una vez podamos librarnos de su yugo”.

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