La fuga de costumbre a la no ciudad

La línea 21 de la EMT traza en su largo recorrido hasta el Puerto de la Torre las líneas maestras de la Málaga futura, pero mientras tanto su suerte discurre entre el corazón de la urbe y su negación

En la página anterior, un autobús de la línea 21 en la primera parada del trayecto, en la Alameda Principal. En esta página, de arriba a abajo y de izquierda
Pablo Bujalance / Málaga

17 de junio 2012 - 01:00

Son las 10:00 en la parada de la línea 21 de la EMT, en la acera sur de la Alameda Principal. El autobús se dispone ya a salir en dirección al Puerto de la Torre con 16 personas a bordo. En su mayoría, salvo una chica que escucha música en un Ipod mientras mastica chicle y ojea una revista con cara de pocos amigos, los usuarios son de edad avanzada. En algunas mujeres, sin embargo, resulta más difícil aventurar una edad, incluso en un marco de diez años: van sentadas en la parte central del vehículo, vestidas con sencillas blusas de andar por casa y zapatillas, con bolsas de la compra o sin ellas, con el cabello corto (sus peinados son funcionales, con escasa intención ornamental, sin asomo de tintes, rizados ni permanentes) y una fatiga que se percibe en sus ojos y sus manos, con mucho trabajo en la espalda, seguramente en el campo. Los descendientes de la población colonial que acampó hace más de un siglo en el Puerto de la Torre procedente de ciudades y pueblos del interior regresan a casa desde el centro. En la segunda parada, en la calle Hilera, suben tres mujeres de apariencia similar y un hombre que lleva varias bolsas de la compra, una de ellas atiborrada de pan caliente, recién adquirido en el puesto de La Canasta. En la tercera parada, en Armengual de la Mota, sube un hombre con el pelo cano oculto bajo una gorra azul y tres mujeres, dos mayores y una joven que también escucha música, ésta en su Iphone. Después, en la calle Mármoles, los comercios cerrados parecen mayoría. Los carteles anuncian ventas y traspasos y algunas persianas metálicas acumulan dedos de polvo. Pero el trasiego de personas es notable, con más bolsas y carritos y algunas prisas a pesar de la hora temprana. Una señora, imprudente, se dispone a cruzar fuera de sitio y el conductor del autobús la recrimina con un bocinazo.

En la primera parada de Martínez Maldonado suben cinco personas, también todas de edad avanzada. La afluencia es ya considerable y un matrimonio opta por separarse para conseguir asiento. Ella, vestida con una blusa negra estampada con flores blancas, se acomoda en la zona delantera. Él, tocado con una gorra de marinero, camisa a rayas, pantalones cortos y zapatillas de lona, hace lo propio en la parte trasera. Junta a él se sienta otro hombre que saca un libro de Vázquez-Figueroa y empieza a leer con fruición. En la siguiente parada, en el cruce con Eugenio Gross, bajan dos usuarios y suben otros dos. Esta vez es un tipo joven el que mantiene el equilibrio agarrado a la barra de seguridad junto a la primera puerta de salida cargado de carpetas azules. En la siguiente parada, la de Las Chapas, aguarda la llegada del autobús una pareja de jovencitos. Él es moreno y viste una camiseta negra de un grupo de rock. Ella es rubia y viste vaqueros y una camiseta deportiva. Cuando al fin llega el automóvil a la parada, después de un atasco que ha obligado a retrasar la escena algunos minutos, el chico despide a la chica con un beso. Ella sube, pasa su tarjeta por el lector y se queda de pie junto al conductor. Otros dos pasajeros se han apeado mientras tanto. En Arroyo del Cuarto bajan dos viajeros y suben cuatro, entre ellos un señor orondo y rojo que suda con generosidad y empuja para alcanzar la parte trasera del autobús. Ya en la primera parada de la Avenida de Carlos Haya, baja una persona y suben otras dos. Hay numerosas banderas de España colgadas en balcones, terrazas y ventanas. Pero también más anuncios de traspasos en los locales de las aceras. Una joven saca de paseo a su shar-pei con una bolsa de plástico en la mano. En la siguiente parada, en Los Remedios, baja un matrimonio algo despistado respecto a la posición del Hospital. Y en la siguiente, ya sí frente al centro sanitario, bajan nueve personas y suben tres. El atasco de tráfico persiste. Algunos profesionales de batas blancas apuran un cigarro o una conversación a la distancia más prudente.

En Parque Florida bajan tres usuarios y suben dos. La avenida enlaza aquí con su tramo más señorial, con urbanizaciones antaño de primera categoría, chalets adosados y las casamatas de mediados del pasado siglo, rodeadas de bellos jardines y convenientemente amuralladas. En Ortega Prados bajan dos personas, y en Alcubilla una. En la residencia militar de Castañón de Mena bajan el joven de las carpetas y la chica del Ipod. El Cerro de la Tortuga ofrece su cima al horizonte. En Hacienda Cabello sube un hombre que sonríe extrañamente y viste una camisa roja abierta casi por completo. La depuradora ejerce su función de primera frontera: a partir de aquí el casco urbano empieza a diluirse en fragmentos y contrastes. En la primera parada de El Atabal bajan dos personas y suben siete, todos jóvenes. En la siguiente parada no se produce intercambio de pasajeros, pero en la correspondiente a la zona residencial baja una señora que se pierde entre las mansiones de la antigua colonia holandesa. Algunas madres empujan los cochecitos de sus bebés a pleno sol y una pandilla de imberbes practica skate junto a unos columpios.

La calle Lope de Rueda presenta, inesperadamente, una fluidez amable del tráfico. En el Tomillar, dos chicas se extrañan de hecho de que el autobús haya llegado tan pronto y piden la parada in extremis: "Se nos ha ido el santo al cielo". En la siguiente parada bajan nueve personas y sube una mujer muy rubia, con un bolso grande de Mickey Mouse y mucho desparpajo: saluda a casi todo el mundo y empieza a charlar con el chófer. En la antigua sede de Correos bajan cinco personas. Las aceras están abundantemente sucias y un perro solitario deja un desagradable recuerdo. Tras el supermercado y las primeras ventas se imponen en el paisaje las urbanizaciones. Un cartel anuncia junto al recinto ferial la construcción de viviendas de lujo. En Santa Isabel bajan cinco personas, y en Las Morillas cuatro. En algunos restaurantes, trabajadores de obras cercanas consumen cafés y desayunos. En Puertosol bajan el hombre de la bolsa de pan y una mujer. Quedamos a bordo la mujer del bolso de Mickey Mouse y el periodista. Tras San Cayetano, el nuevo enlace de la autovía revela un perfil postapocalíptico, seco. Se imponen luego el campo, los cortijos y más ventas. El firme está saturado de baches. Un hombre descamisado camina por la cuneta y se ayuda con una caña. Bajamos en Junta de Caminos. Hay un bar abierto. Son las 10:40. Fin del trayecto.

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