La historia en Antequera
El Arco de los Gigantes no nació como lo hacen las ruinas antiguas, desgastadas por siglos de viento y olvido
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Una de las cosas que Antequera dejó grabada, tanto en la mente como en el corazón de Lucio, fue la riqueza histórica que atesoraba. Decía de ella que “tenía una historia rica y era rica en historias”. Y me ponía de ejemplo, como demostración de su aserto, la puerta de entrada a la ciudad, o sea, a la antigua medina, llamado por los antequeranos el Arco de los Gigantes. Me lo contó así: Dicen en Antequera que hay puertas que no solo se cruzan… sino que se escuchan. El Arco de los Gigantes no nació como lo hacen las ruinas antiguas, desgastadas por siglos de viento y olvido. Fue levantado en 1585, cuando los hombres del Renacimiento aún creían que podían ordenar el mundo si lo escribían en latín y lo tallaban en mármol. Reinaba entonces Felipe II, y la ciudad quería proclamarse heredera de Roma. Pero las piedras no eran nuevas. Las arrancaron de la vieja Antikaria romana, dormida bajo los campos. Las trajeron en carros, cubiertas de polvo, y al limpiarlas aparecieron letras antiguas, perfectamente trazadas, como si el tiempo no hubiese querido borrarlas. Una de ellas decía: IMP·CAES·VESPASIANO·AVG (Imperatori Caesari Vespasiano Augusto), “Al emperador César Vespasiano Augusto”. Era una dedicatoria solemne a Vespasiano, el emperador que reconstruyó Roma tras el caos. Otra inscripción proclamaba: IMP·CAES·M·AURELIO·ANTONINO·AVG (Imperatori Caesari Marco Aurelio Antonino Augusto), “Al emperador César Marco Aurelio Antonino Augusto”. En honor a Marco Aurelio, el filósofo en el trono, el hombre que escribió sobre la fugacidad de la vida mientras gobernaba un imperio.
También aparecían fragmentos más humildes, dedicados a magistrados locales:
L·SERVILIVS·PROCVLVS·II·VIR (Lucius Servilius Proculus, duovir) Uno de los dos magistrados principales de la ciudad). Y fórmulas funerarias como: D·M·S
(Dis Manibus Sacrum), “Consagrado a los dioses Manes.”
Las piedras hablaban de emperadores, de cargos municipales, de muertos venerados. Pero los vecinos del siglo XVI no sabían latín clásico con precisión. Veían bloques enormes, letras solemnes y nombres poderosos. Y empezaron a decir que aquellas no eran obras de hombres normales. Eran piedras de gigantes. Así nació el nombre.
Se contaba -continuó Lucio con su clase magistral- que antes de Roma hubo una raza descomunal que habitó la vega, y que aquellas lápidas eran restos de su ciudad ciclópea. Algunos aseguraban que bajo el arco aún duerme esa urbe perdida. Otros cuentan que en noches de viento se oyen pasos pesados cruzando la puerta. Pero la verdad es menos fantástica y más hermosa.
El arco fue una declaración política. Tras la conquista cristiana de 1410 por Fernando I de Aragón, Antequera se convirtió en bastión estratégico. En el siglo XVI, incrustar inscripciones romanas en la entrada principal era una forma de decir: No somos solo frontera. Somos herederos de Roma. Y sin embargo, cuando cae la noche y la iluminación rasga las letras latinas, el tiempo parece plegarse. La medina musulmana, la Antikaria romana y la ciudad renacentista conviven en la misma piedra. Si uno apoya la mano sobre el mármol frío, puede imaginar: el cincel romano grabando “IMP·CAES”; el carro del siglo XVI transportando la losa; el rumor popular inventando gigantes; y al visitante moderno leyendo las letras sin comprender del todo que va pisando por un cruce de siglos. El Arco de los Gigantes no es romano, ni es medieval, ni solo es renacentista, es una puerta hecha de memoria reciclada…Y quizá por eso sigue en pie: porque no guarda una ciudad…sino todas las que han sido.
Pero, para que te hagas una idea de la ciudad neolítica, romana, árabe y cristiana -acabó diciéndome Lucio- lo mejor es que pasemos un día en Antequera y visitemos el extraordinario Museo de la Ciudad de Antequera, uno de los mejores y más interesantes museos municipales de España. Además, te invitaré a comer un rabo de toro, que no se te olvidará en la vida, en el restaurante Lorenzo y María que está en la Plaza de Toros. Pero te explicaré algo sobre el museo. Está en el antiguo palacio de Nájera, donde sus patios aún guardan el eco de los pasos que han caminado siempre hacia atrás, hacia el origen.
En las primeras salas, la piedra aún no es arquitectura, es herramienta. Hachas pulidas que parecen dientes del terreno. Vasijas que conservan la memoria del fuego. El sílex brilla como si aún estuviera recién tallado por manos que no conocían la escritura, pero sí el cielo. Antequera, antes de ser ciudad, fue latido prehistórico. Y esas piezas no son objetos: son supervivientes.
Avanzamos. Y de pronto Roma entra con sandalias firmes. Inscripciones que hablan en latín como si acabaran de pronunciarse. Mosaicos que son alfombras de piedra donde el tiempo se arrodilla. Capiteles que aún sostienen el peso invisible de templos desaparecidos. De improviso, en el centro de una sala, la figura que todo lo concentra. El joven de bronce. El efebo al que se le asocia con el dios griego Dioniso. Baco para los romanos. Dios del vino, la vid, el teatro, el éxtasis y la locura ritual. El silencio. El Efebo de Antequera no es una escultura; es un suspiro detenido hace veinte siglos. Su cuerpo no pesa, flota. Su piel metálica recoge la luz como si fuera agua antigua. No sabemos si fue el dios citado, un atleta o símbolo ritual, pero su mirada, aunque no nos mire, nos atraviesa. Es Roma hecha juventud eterna. Es del s. I, instante en que el Imperio dejó de ser piedra para convertirse en belleza.
Más adelante la Edad Media aparece como una frontera. Fragmentos islámicos que parecen versos geométricos. Restos que hablan de la ciudad sitiada, de murallas tensas como arcos. Después, la cruz, la conquista, el cambio de horizonte. Antequera como llave entre reinos, como bisagra entre dos mundos. Y entonces el Barroco irrumpe sin pedir permiso. Madera dorada que parece derretirse en luz. Santos que no caminan: descienden. Rostros tallados con lágrimas que parecen verdaderas. La fe aquí no es discreta; es teatral, intensa, casi volcánica, como muestra su Cristo de la Salud y de las Aguas. Antequera se vuelve exuberante, devota, orgullosa de su cielo tallado en retablos.
Más adelante, la pintura se vuelve reflexión. Los lienzos contemporáneos dialogan con todo lo anterior como si el pasado no estuviera detrás, sino debajo. Obras de Cristóbal Toral donde las maletas, los objetos, las ausencias pesan más que las figuras. Es la memoria convertida en metáfora. El viaje. La identidad. El regreso. Y así comprendes que el museo no es una colección: es una biografía. La biografía de una ciudad que fue cueva, fue colonia romana, fue fortaleza islámica, fue ciudad barroca, fue modernidad inquieta.
En este Museo de la Ciudad de Antequera, cada sala es un capítulo; cada objeto, una frase que alguien escribió sin saber que estaba escribiendo historia. Cuando terminas tu recorrido por la historia riquísima de esta ciudad y sales a la Plaza del Coso Viejo, el sol será el mismo que cuando entraste, pero ya no lo mirarás igual. Porque ahora sabes que bajo cada piedra de Antequera duerme otra ciudad más antigua… y que, en este museo, el tiempo no está anclado: está despierto. Te dije -acabó aquí Lucio- que Antequera tiene una historia muy rica y que era rica en historias. Otro día te contaré algunas de las muchas leyendas sobre apariciones, amores imposibles, crímenes sin resolver, leyendas de algunas calles como la de Madre de Dios o fuentes antiguas.
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