Málaga o el festival eterno
Calle Larios
Tiene todo el sentido de que a esta ciudad le guste arreglarse, ponerse guapa para salir, dejarse admirar cuando llega la promesa del buen tiempo: seguramente es esa disposición la que más nos define
Para ser de Málaga
Si el clima es siempre el recurso perfecto para tener de algo de qué hablar cuando nos encontramos con alguien, esta temporada el asunto está dando de sí más de lo que cualquiera habría esperado. No hay otra conversación más recurrente en las barras de las cafeterías, en las paradas de autobús, en las colas de los supermercados: ya está bien de tanta agua, esto es una anomalía, no recuerdo otro año en que lloviera tanto, menudo aburrimiento. La perpetuidad del cielo gris ha llegado a mermar el carácter de muchos, como si se nos hubiese abierto un hueco en el pecho a la hora de que, al fin, reine el sol como le corresponde en este territorio entregado sin reservas a sus dominios. Bajé el otro día al centro, sin embargo, y me encontré con los preparativos del Festival de Málaga: decenas de operarios instalaban paneles, estructuras más o menos efímeras, vallas disuasorias, cachivaches de toda índole y demás parafernalia a mayor gloria del certamen, que se celebra ya con toda su oferta en las pantallas y en cualquier rincón que se precie con un ojo, precisamente, puesto arriba, porque ya ven, al mal tiempo le da por seguir haciendo de las suyas. Por su parte, las franquicias comerciales, restaurantes, bares y demás locales de ocio del más diverso pelaje fijaban sus carteles con igual ímpetu, que aquí también estamos de festival, pasen ustedes y tomen lo que quieran, viva el cine en español. El espectáculo invitaba a despertar del letargo invernal: al fin y al cabo, a esta ciudad le gusta arreglarse, ponerse guapa para salir, lo que tiene todo el sentido en una esquina del mundo donde casi siempre está despejado, aunque a veces también las nubes parezcan jugar en el equipo contrario. Eso sí, mientras en la plaza de Jerónimo Cuervo todo era afirmación de la liturgia, de la alfombra roja y de la emisión multitudinaria, hasta cuatro personas sin hogar dormían aún en los portales y las aceras de Tejón y Rodríguez, a un tiro de piedra. La paradoja es aquí un signo más poderoso que cualquier festival.
Es una ley no escrita: en Málaga plantas una lona con el cartel del Festival de Cine, creado este año por el inefable Pepo Pérez, y el entorno se contagia alrededor de su entusiasmo. El de Málaga debe ser uno de los pocos festivales de cine en los que el público piensa tanto en el chafardeo callejero al aire libre como en la programación. Pero creo que es esa inclinación a dejarse ver, a ser admirado, a expandir las plumas del pavo real la que nos define más que cualquier otra virtud. La parafernalia tiene su mejor atuendo en la manga corta, en el mayor colorido, en el adorno que nos haga destacar por encima del resto, por más que todo esto haga a mucho la vida más incómoda, por mucho que haya que dar una vuelta para evitar la bulla y llegar a casa. Bastan apenas cinco segundos una vez que los operarios terminan la instalación del photocall en la calle Alcazabilla para que comparezcan los primeros interesados en darle uso, haciéndose fotos mientras ensayan sus mejores posturitas. El mundo es seguramente en otros hemisferios un lugar hermético, gris, luterano, riguroso, estricto, disciplinado y a régimen, pero Málaga no es una ciudad de espectadores, sino de artistas en potencia, de gente a la que le gusta sentirse observada. En realidad, ese otro festival dura todo el año, como un evento marcado en rojo perpetuo a lo largo del calendario. Por mucho que, a veces, los más vergonzosos a la hora de salir a la pista de baile echemos de menos ciertas alternativas.
Y, bueno, Málaga quizá pudo haber sido de otra manera en algún momento. Y a lo mejor la ciudad dejó perder algunos trenes porque decidió prestar más atención a la elección del modelo que lucir en la siguiente cita. A menudo lamenta el alcalde, Francisco de la Torre, la oportunidad que se esfumó en los años 80 para que Málaga tuviera su auditorio en un contexto en que el Gobierno central facilitaba la construcción de equipamientos similares en numerosas ciudades. Es muy posible que la capital de la Costa del Sol quedara fuera de un tablero en el que debió haber estado, pero también que las preocupaciones aquí fueran otras, quizá más frívolas o más urgentes a la hora de movilizar al personal. Ahora, parece, Málaga sí reúne una masa social suficientemente sensible al respecto para que el auditorio tenga al fin su oportunidad, como si los espectáculos más elevados y con mayores exigencias acústicas a puerta cerrada fuesen con nosotros tanto como el espeto en Pedregalejo o el cucurucho de helado en Casa Mira. Sin embargo, es muy probable que nunca hayamos perdido el mejor tren posible, el que siempre estuvo aquí: el que nos encuentra en la calle apenas el termómetro muestra su cara más amable. Y no tanto por lo ya conseguido en materia turística y de proyección cultural, también por todas las oportunidades futuras que esta condición esgrime en términos de vecindad y de comunidad, de prevención contra la exclusión y de movilización social para que aquí quepamos todos. Ese otro festival está aún por hacer, o haciéndose. Y llegará, y lo celebraremos. Con nuestras mejores galas.
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