Málaga: los refugios del afecto

Calle Larios

Parecía que podríamos salir adelante sin lugares en los que encontrarnos, en los que compartir pesares e ilusiones, en los que celebrar lo común y lo distinto sin hacer promoción de nada, pero lo cierto es que no, no podemos

Málaga: el retablo de las maravillas

Son raros los abrazos en este 'hub'. / Javier Albiñana

Ha sido una semana extraña. Algunas tragedias te sacuden especialmente y no sabes por qué. A veces, parece que la desgracia te pilla a una distancia mayor, como si pudieras abstraerte con más facilidad, ir a lo tuyo sin más; otras, el daño que sufren otros te alcanza más de lleno, te interpela de manera más directa. El accidente de tren en Adamuz ha sido una de esos acontecimientos que se plantan en tu cabeza y en tu ánimo y ahí se quedan una buena cantidad de días. Quizá porque solo una semana antes viajamos a Madrid en ese mismo tren, como tantos miles de personas que completan el trayecto a diario; o por la incómoda duda sobre si entre las víctimas se contaría alguien conocido, por las llamadas y los mensajes de gente que a su vez dudaba si ese domingo era el día que íbamos a Madrid, por el azar que quiso que el descarrilamiento coincidiera con el paso de otro tren, porque caes en la cuenta entonces de que un juego similar del destino puede sorprendente en cualquier momento, en cualquier otra coyuntura. Lo más fácil sería concluir que no hay razones, al cabo, solo un pesar que te contagia y al que le cuesta especialmente diluirse, con lo que es más difícil centrarte en tus cosas, en las rutinas con las que gastas los días. Cada visita a las redes sociales era una ocasión al enfado, cada información un dardo irascible, cada silencio una oportunidad brindada a la soledad. Entonces te sientes avergonzado, con qué derecho este malestar si no me ha pasado nada, si no he perdido a nadie querido en ese tren. Pero supongo que es inevitable sentirse torcido cuando el dolor lo pone todo del revés a tu alrededor, aunque te quedes callado, aunque grites como un perro. Esta ha sido una semana, en fin, en la que el mundo te permite recobrar el sentido de la amistad, en la que el abrazo, el gesto, unos minutos en torno a un café que se va enfriando, el mensaje que un amigo te manda desde Niza para contarte que se ha acordado de ti al enterarse de lo que ha pasado, todo eso recobra un sentido sanador, reconciliador, hablamos un rato y parece que ese pesar impostor se mitiga, una palabra, un signo de afecto, tan poco necesitamos los que no íbamos en ese tren. La certeza de que los amigos siguen ahí y piensan en ti igual que tú has pensado en ellos. Eso debería bastar como argumento para venir a este escenario de locos.

Esta semana he echado de menos no pocos lugares a los que acudía para encontrarme con los amigos cuando más falta hacían

Y por eso, precisamente, esta semana he echado de menos no pocos lugares a los que acudía en Málaga para encontrarme con los amigos cuando más falta hacían. Lugares que, en su mayoría, ya no están, especialmente en el centro, por poco rentables o porque la especulación inmobilaria ha decidido que en esta ciudad sobraban. Han ido desapareciendo uno a uno, casi todos ya, para su reconversión en apartamentos turísticos, en taquillas para equipajes o en establecimientos de gastronomía recalentada para visitantes poco exigentes. Hace unos días muchos lloraban el cierre de la librería Tipos Infames en Madrid por el mismo motivo, pero en Málaga sabemos bien de la extinción de librerías, bares, tiendas y otros espacios en los que podías invertir el tiempo en los amigos sin prisas, sin tener que dejarte un ojo de la cara, con la impresión certera de estar en casa. Esos lugares a los que acudías cuando habías tenido un día de mierda porque sabías que luego, tras la conversación con los amigos, volverías a casa de otra manera. No pocos han lamentado el cierre de Tipos Infames como la certificación de Madrid como una ciudad ajena a los madrileños, pero habría que preguntarse si podemos reconocer ya el momento en que Málaga dejó de ser para los malagueños. Lo más triste es que parecía que podríamos salir adelante sin estos rincones, incluso convencieron a la mayoría de que el progreso de la ciudad pasaba por la eliminación de su identidad más vecinal a cambio de una presunta reconversión cosmopolita que ha terminado vendiéndose como el atrezzo más chusco, pero me temo que ya es demasiado tarde. Los encuentros con amigos, los de verdad, son cada vez más comunes fuera de Málaga que dentro. No hay nada que hacer si lo que quieres son afectos. Te los compras por tu cuenta y los consumes en casa, como todo el mundo.

Preguntarse de qué sirve el luto es preguntarse de qué sirven el amor, el deseo, la música o la rabia. No sirve de nada.

Leo el artículo de un columnista que sostiene que el luto no sirve de nada. Lo que sirve, apunta, es recordar a qué se dedica el actual ministro de Transportes, que el anterior está en una celda y que hay una expresidenta de Adif imputada por cinco delitos. Y tiene toda la razón: el luto no sirve absolutamente de nada. Y no sirve porque es una experiencia humana, ajena a cualquier valor y hasta cierto punto contraria a la razón. Preguntarse de qué sirve el luto es preguntarse de qué sirven el amor, el deseo, la música o la rabia. No sirve de nada. Lo que sirve, lo que sí puede cuantificarse y valorarse en términos, digamos, transformadores, es el ejercicio de la ciudadanía consciente. Pero, ante una tragedia así, considero legítimo tomarse un tiempo para anhelar un abrazo, respirar hondo y aplazar un poco el ajuste de cuentas, imprescindible y necesario. Aunque no sirva para nada. Porque tampoco es cuestión de que seamos útiles y productivos todo el tiempo. No ya a un nivel personal, también en un sentido ciudadano. Hay días en que uno se cree capaz de sostenerlo todo, de cambiarlo todo, de tirar hacia adelante con lo que sea, y entonces compras que Málaga es la Ciudad del Paraíso y lo que el poeta de turno quiera, pero hay días en que te sientes mal, no estás para promocionar ninguna marca, todo parece un asco y solo quieres distraerte un rato con los amigos en un espacio suficientemente cálido, no otro local de relumbrón anunciado en Fitur. Y Málaga también debería dar solución a esta demanda, en lugar de seguir dando pasos de gigante hacia ese hub insostenible en que nos sentimos cada vez más extraños. Aunque no resulte rentable. Aunque no sirva para nada. 

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