Mayores de Málaga que viven solos ante la crisis del coronavirus Confinados en soledad

  • Cinco mayores relatan su día a día en el confinamiento al que están obligados por culpa del coronavirus

Confinados en soledad

Confinados en soledad / Rosell

Existen soledades buscadas, otras obligadas. En las primeras, el ser humano disfruta de su condición de ser racional; en las segundas, se enfrenta al reto de no sucumbir a su naturaleza emocional. En la provincia de Málaga se cuentan alrededor de 70.000 mayores que viven en soledad

Pero su particular vacío, que se repite todos y cada uno de los días del año, parece multiplicarse en un escenario de incertidumbre y duda como el actual, en el que se ven forzados a permanecer confinados. ¿Cómo es la clausura para quienes no tienen hijos con los que conversar, ni maridos o esposas con los que compartir el lento pasar del tiempo?   

Violeta no es que tuviese costumbre de salir mucho. Desde hace algunos años, coincidiendo con el fallecimiento de su marido, ha convertido su piso en la capital en una especie de refugio. Aunque contadas, podía al menos pisar la calle para hacer algunas compras o ir a la peluquería de manera casi religiosa cada semana. Ya no puede hacer ni lo uno ni lo otro. 

"Es más la sensación de saber que no puedo salir que otra cosa", admite resignada esta mujer de 75 años. También pesa el silencio que se extiende por los casi 130 metros cuadrados de casa. Roto muchas tardes por los nietos llegados del colegio, ahora impera el silencio sin remedio, como un segundo inquilino sin ganas de marchar. No hay tarde que pase sin hablar con ellos y con su hija. El teléfono se convierte en aliado indispensable en estas jornadas.

Maribel se quedó viuda hace ocho años y desde entonces vive en su piso de la zona de La Misericordia sola. Tiene a su hija enfrente. Pero el estado de alerta ha hecho que la visita y el contacto diario quede reducido a conversaciones por teléfono y alguna videollamada. "Aunque estaba sola comía a diario con ella y mis tres nietos; desde el jueves estoy sola”, cuenta. Y a pesar del impacto que ello supone, transmite un optimismo evidente.

"Trato de dar ánimos a mis amigas; algunas dicen que ya están aburridas". No es su caso. Por lo que explica en una conversación telefónica, busca llenar cada hueco del día. Y a fe que lo hace. Antes de la llegada del coronavirus daba clases de yoga y pintura. Actividades que no abandona en el confinamiento. "Mis profesores nos están haciendo cosas y ellos nos las corrigen", explica.

Alternativas de ocio a la siempre presente televisión. Maribel, por lo que cuenta, huye de ella salvo para estar pendiente de las noticias. "A mi es que no me hace gracia de nunca", explica. Otra de las fórmulas de distracción puesta en marcha con su grupo de amigas es la de resolver adivinanzas. "Así hacemos ejercicios mentales". Y se ha puesto a hacer punto.

La conversación con Maribel tiene lugar el jueves a mediodía. A esa hora explica que está preparando un bizcocho porque es el santo de su hija. Horas más tarde darán cuenta de él, aunque de una manera particular. "Haremos una videoconferencia y merendaremos todos, aunque sea cada uno en su casa". A esta hija suma un hijo que trabaja en Canarias. "Están muy pendientes de mi, me dan mucho ánimo, que es lo principal, y yo a ellos para que no sufran por mí". 

María Jesús, que en un gesto coqueto prefiere no desvelar su edad, es un torrente de genio e ingenio. En los casi diez minutos de conversación telefónica no deja de reír y de relatar todas las actividades en las que sigue estando inmersa por más coronavirus que haya. "Llevo 23 años en la Universidad de mayores y seguidos", comenta con orgullo.

Nada más arrancar suelta una de esas frases que define a la persona: "Me voy a salvar del coronavirus pero me voy a ir al manicomio", afirma entre carcajadas. Lleva ocho años sola, los que han pasado desde que murió su marido. Lejos de quedarse encerrada, amortiguó la pérdida con su participación en la asociación de mayores Amaduma (Asociación de Mayores Amigos de la Universidad de Málaga), colectivo con el que realizaba dos viajes anuales al extranjero y otros en territorio nacional. El último periplo fue a Escocía, en septiembre del año pasado, y tenia fijado un viaje a Extremadura entre 23 y el 27 de marzo.

Tal es el frenesí de su día a día que sorprende al afirmar: "Si te digo que ahora me está sirviendo hasta de relax”. "Como le digo a mis niños, que se ríen, le estamos haciendo la competencia a la realeza, porque nos vamos a morir todos con corona", sentencia.

Luisa es una vecina de 64 años de Algarrobo. Vive sola en esta localidad de la comarca de la Axarquía desde hace cinco años. En su caso lleva con resignación el encierro, que abandona temporalmente cada día porque sale a pasear a su perro. Una ligera distracción. Luisa tiene dos hijos que viven en Suiza. "Suelo irme y estar con ellos varios meses dos veces al año", explica, una posibilidad que ahora queda descartada. Dice que lo que más echa en falta es "echar un rato con mis amigas y el cafetito".

Antonio (nombre figurado) vive en Málaga capital. Su estado de soledad se extiende en el tiempo desde hace algunas décadas. En su caso, abandona su confinamiento un par de veces a la semana, cuando sale "al súper o a la farmacia" para comprar. Meticuloso en la organización de la jornada, dice que procura "caminar una hora por la mañana y otra por la tarde dentro de la vivienda y el resto del tiempo hago gimnasia, leer (ahora está con un libro de Vargas Llosa), y oír música". La televisión queda en un segundo plano. "La veo lo menos posible posible porque cada canal que pones es lo mismo: coronavirus, coronavirus, y la prensa prácticamente igual".

El coronavirus ha cambiado por completo la realidad de miles de personas mayores que viven solas en la provincia, al punto de privarles, temporalmente, de cualquier contacto con las personas de su entorno. Una adversidad ante la que se sobreponen héroes y heroínas anónimas, cuyos testimonios se asoman como el mejor antídoto contra cualquier virus.

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