Málaga CF Viberti, medio siglo del nacimiento del mito del malaguismo

Sebastián Viberti, durante un partido con el CD Málaga. Sebastián Viberti, durante un partido con el CD Málaga.

Sebastián Viberti, durante un partido con el CD Málaga. / Fotos: Málaga Hoy · Nacho Domínguez · As · Archivo de la UMA

Es casi obligado citar al tango y a Gardel para hablar del pasado, sobre todo si tiene acento argentino y el apellido es Viberti. Un grande entre los grandes, el galáctico en blanco y negro, el del corazón más grande que el 47 de pie, el mejor de siempre para algunos. ¿Si 20 años eran nada, qué son 50? Medio siglo de historias contadas de padres a hijos, de abuelos a nietos, desde aquel debut oficial ante el Espanyol (entonces tenía eñe) en La Rosaleda. Un 30 de noviembre de 1969 como punto de partida.

Su semilla también es blanquiazul. Todos los días pasa por delante de ese enorme retrato de la puerta cinco de La Rosaleda su primogénito, Martín Viberti. Más allá de las gestas del futbolista, la cara B del mito esconde a un padre, a un marido, a un amigo. Lo descubre su hijo, ahora abnegado miembro de La Cueva (la secretaría técnica) para Málaga Hoy.

No era consciente de que era una leyenda porque yo no vi jugar a mí papá ni era consciente de aquella época de jugador. Por una cuestión obvia, yo nací en el año 1972 y mi padre se fue del Málaga en el año 74 ó 75. Después sí tengo muchos recuerdos de cuando fue entrenador. La gente, los malaguistas, me comentaban que le querían mucho y que el estadio vitoreaba su nombre, etcétera. Pero como yo no lo viví me costaba creerlo”, comenzó Martín, que lo entendió décadas más tarde: “Yo vine a vivir a Málaga del 2000 al 2005 y él venía a visitarme todos los años. Ahí tomé un poco de conciencia. Íbamos en 2001 por el paseo marítimo de Pedregalejo, después de unos 40 años o así, y la gente lo paraba. ¡La gente joven! El hincha del Málaga no lo olvidó nunca, eso fue lo que me hizo darme cuenta. ¿La puerta del estadio? Eso es algo hermoso, un orgullo. Yo paso todos los días por delante. Es un detallazo, en mi familia presumimos de eso en Argentina. Y no por lo que hizo como futbolista sino por ser buena persona, que es lo más importante. Es algo maravilloso”.

“En mi casa se hablaba de Málaga y del Málaga todos los días. Nosotros nos fuimos a Argentina en los 80, cuando dejó de ser entrenador del Málaga. Mis viejos siempre decían que fueron los mejores 12 años de su vida. Para mi mamá esto era el paraíso. Imagine para mi papá, que no se olvide, no se quiso ir al Real Madrid y se quedó aquí”, enfatizó antes de aclarar este asunto que fue, nunca mejor dicho, muy real: “Algunos te dicen: ‘Bueno, pero antes no es como ahora’. ¡Pero era el Madrid! Y le dijo que no y se quedó. Es verdad que era uno de los jugadores mejor pagados del país, pero solía decir que no se tenía que haber ido nunca de Málaga”.

Por “decisiones de vida” regresó a la cuna, donde esperaban madre y hermana y lo que había antes de: “Mi padre le dio cosas a Málaga, pero Málaga nos dio muchísimo a nosotros. Me enseñó que en esta vida no hay que ser ingratos. Siempre decía con orgullo que tres de sus cuatro hijos eran malagueños”.

“Cómo presumía por ahí cuando el Málaga jugó la Champions porque algunos le decían allí que el Málaga era un equipo medio o chico de España. Le llamaban las radios de Buenos Aires. También se alegró mucho del fichaje de Pellegrini, cuyos equipos había visto jugar en Argentina, River Plate y San Lorenzo. Siempre le gustó su estilo de juego y la persona, serio, perfil bajo. Mi papá iba por esa línea”, sostuvo orgulloso.

La memoria de Viberti es también de la quienes le mantienen vivo y trasladan ese cariño a su familia: “La gente me cuenta que era un tipo bonachón, que hablaba con todo el mundo sin importarle nada, ni clase social ni nada. Era un tipo de a pie. Nosotros vivíamos en Miraflores del Palo y en todos los bares querían que entrase para invitarle a tomar algo. Si tenía que ir a un colegio, a un hospital... Iba a todas partes. Nunca fue un divo o se creyó alguien distinto por haber jugado al fútbol. Era muy serio, te marcaba los límites. No se enojaba mucho, pero cuando lo hacía, era de verdad. Se lo digo yo que era el más grande. Pero era bondadoso. Lo más lindo es que la gente te diga: ‘Tu papá jugaba bien al fútbol pero además era una buena persona’. Eso es impagable”.

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El Viberti malaguista, en fotos / Fotos: Málaga Hoy · Nacho Domínguez · As · Archivo de la UMA

50 años del debut. Se dice y se lee pronto: “Me sigue sorprendiendo que se acuerden aún de alguien que debutó hace 50 años. Él lo decía, si yo soy alguien en España, los responsables son los hinchas del Málaga. Es increíble, no hay tantos casos de gente que haya llegado aquí en 1969 y tengan los recuerdos tan nítidos. ¿La ovación en su debut? Me lo contó el Tigre Antonio Benítez, que así sucedió. Unos días antes jugó un amistoso en Granada, todo de blanco [imagen superior, cedida por la Fundación del Málaga y que proviene del Archivo Histórico Fotográfico de la Universidad de Málaga] y ya ahí jugó bien y dicen que se ganó los primeros aplausos de la grada. Luego ante el Espanyol a los 20 ó 25 minutos la gente empezó a corear su nombre. Se ganó 5-0. Esas situaciones no son tan comunes”.

Y todo porque le pudo la avaricia a los dirigentes de Huracán, que tenían a Viberti vendido al Atlético de Madrid y al ver la facilidad con que habían soltado “la plata” se descolgaron pidiendo más en concepto de traspaso. Los colchoneros lo consideraron una grosería y rompieron relaciones. Qué suerte la del Málaga, que aun así quiso ver en acción al cinco en el amistoso de Granada.

Al tratar de comparar al futbolista que fue Sebastián Humberto Viberti Irazoki con alguno de la actualidad, su hijo Martín tuvo una salida fabulosa: “Uf, qué sé yo. Lo que sí se es que habría ganado un pastón [risas]. Lo hablé con mi hermano alguna vez, que en esta época habría ganado más dinero. Entonces se ganaba bien, pero para vivir bien, no para solucionarte la vida como ahora. Unos me dicen que era muy técnico, otros que pisaba área y que llegaba”.

Muchas voces, muchos históricos le contaron en primera persona quién era ese espigado futbolista al que llamaba papá: “He visto vídeos de cuando jugaba en Huracán. Los vídeos antiguos a veces te engañan, porque el fútbol era más lento pero no tanto. La tecnología. Un mediocentro muy técnico, que manejaba las dos piernas, que iba para arriba. Tuvo un buen promedio de goles, hizo veintipico. Miguel Ángel Brindisi fue compañero de mi padre en Huracán y me decía que no tenía miedo a nadie, le daba lo mismo pedir el balón con 50.000 personas o en un entrenamiento. Tenía mucha personalidad, quería siempre el balón”.

Si valiente era en el campo, como padre se volvía un gigante: “Siempre lo tengo presente por como fue como padre. No me falló nunca, me educó con la verdad. Mi ilusión era ser futbolista profesional. Y él si jugaba bien me lo decía, pero si no, también. Un día, tenía yo 15 años, un entrenador me sacó del partido. Cuando volvíamos a casa en el coche yo empecé a criticar al entrenador como hacen la mayoría de los chicos. Mi padre se enojó muchísimo y me dijo: ‘Si yo hubiera sido tu entrenador hoy, te habría sacado en el descanso, porque fuiste un desastre. Y cállate la boca porque no conocí hasta ahora a un entrenador que quite a alguien del campo si cree que le puede dar algo. Si te sacó es porque jugaste mal’. Eso te enseña cosas. Yo mamé mucho fútbol desde chiquito. En su etapa de entrenador iba a todas partes con él. Me enseñó a respetar al vestuario. El vestuario es del jugador”.

Los corazones gigantes tienen su reverso. El anecdotario de Viberti también está regado de momentos menos dulces pero que no dejan de ser enriquecedores de cualquier modo: “También viví momentos menos gratos. El mismo tipo que te felicita un sábado te putea el otro sábado. Lo vi festejar, lo vi llorar festejar como entrenador. Era un tipo que no le daba igual ganar que perder. Si su equipo perdía, llegaba a casa que no se le podía casi ni hablar. Y si ganaba le sacabas hasta los calzoncillos. Eso quizás fue un error de él. No sabía separar”.

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El Viberti malaguista, en fotos / Fotos: Málaga Hoy · Nacho Domínguez · As · Archivo de la UMA

Martín no sólo fue hijo. Su relación trascendía las paredes del hogar: “Yo fui compañero de mi padre durante muchos años. Viví momentos lindos, victorias, derrotas. Eso es lo lindo que yo recuerdo bien. Como padre y como compañero de ruta es inolvidable para mí. ¿Qué conservo de él? Trofeos, placas… Camisetas no porque las regaló todas. Las de Huracán, las de la selección argentina, las del Málaga… Solamente conservaba una de cuando jugó para ‘Resto del Mundo’ contra la selección de América. Luego vino un amigo y se la regaló”.

Así era Viberti, alguien que se entregaba en cuerpo y alma pero que hizo siempre lo que quiso. “Tengo guardadas unas gafas. Mi hermana unos mocasines del número 47. Para mí se fue demasiado joven pero nos queda la satisfacción de que por lo menos hizo lo que le gustó. Lo disfrutó, lo sintió, lo vivió. Al menos te queda ese gustito dulce en la boca”, suspiró Martín.

En pocos segundos dio un salto y regresa a la descripción del genio, a la comprensión de la figura a través de los ojos con que otros le veían. Dos muestras, la noche y el día, de cómo fue su relación con dos míticos entrenadores del Club Deportivo Málaga, el húngaro Jeno Kalmar y el francés Marcel Domingo. “Kalmar tenía adoración por mi papá. Subía al autobús y preguntaba: ‘¿Está Vibi?’. Le decían: ‘Sí, mister’. ‘Pues vamos’. Una vez se dejó a otros dos jugadores en el hotel. Estando él se podía ir el autobús. Recuerdo los chistes que se hacían con sus amigos... Migueli, Macías, Pedro Cabral el paraguayo… Uf, qué sé yo. Hay muchas anécdotas”, rememoró.

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El Viberti malaguista, en fotos / Fotos: Málaga Hoy · Nacho Domínguez · As · Archivo de la UMA

“También recuerdo que un periodista me contó que el problema con Marcel Domingo empezó en La Línea. Muchos periodistas empezaron a preguntarle a él y dejaron de lado a Domingo. Eso no le gustó, se puso un poquito celoso y ahí empezó el gran problema. También tuvo un encontronazo con Marcel en el túnel, cuando le preguntó por qué le hacía eso a él cuando nunca le había hecho nada a Marcel Domingo. No le respondió. Se daba cuenta de que tenía cierta animosidad contra él. Los mismos compañeros se lo decían cuando no iba citado, que hacía mucho hincapié en ganar porque no estaba él. Pero el balance en general es totalmente positivo en cuanto a amigos, fútbol, los mejores años de mi viejo”, añadió. El final del mejor CD Málaga de la historia se parece mucho a sus versiones posteriores. Aunque en este caso, la misma temporada que salió Viberti del club (en la 1974/1975), el equipo descendió a Segunda, de donde lo había sacado en la 1969/1970. Domingo sólo estuvo 13 jornadas en el cargo.

No era el final que merecía nadie pero la historia no se puede reescribir. Pero Viberti no era un cualquiera. Le achacaban un problema de velocidad, lo que no impidió sin embargo que defendiese la otra camiseta albiceleste: “Mi papá jugó cuatro o cinco partidos con la absoluta. Jugó la final de la Copa América de 1967 y perdió con Uruguay en Uruguay. Antes cuando te ibas de Argentina era muy difícil ser convocado porque nadie te veía, no había vídeos, no te podían seguir. Me acuerdo que mi papá le mandaba a mi abuela los recortes de prensa por carta. No había otra manera de que las noticias llegarán allí. Pero se sacó el gusto, jugó con los juveniles y en la absoluta. Decía que lo que se sentía escuchando el himno de tu país es algo increíble”.

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El Viberti malaguista, en fotos / Fotos: Málaga Hoy · Nacho Domínguez · As · Archivo de la UMA

Otros tiempos, otras fórmulas, otra vida, otras conexiones. Y sin embargo, medio siglo más tarde, derriba cualquier barrera temporal. Viberti sigue vivo. En la memoria colectiva del malaguismo y, lo que es más importante, en el legado que dejó en su casa. “La honestidad y el respeto al jugador. No me gusta cuando alguien dice despectivamente que un jugador no sirve para nada. Te puede gustar o no, pero en eso trato de respetar. Si uno jugó en Primera o Segunda División equis años, algo tiene que tener. Hay que analizarlo bien. Después, yo no tengo la suerte de ser padre todavía, me encantaría serlo. La manera de educar como lo hizo conmigo, con la verdad. Sí cuando es sí, no cuando es no. Con ejemplo, con cierta rigurosidad por decirlo de alguna manera. Me gustaría ser ese padre que fue conmigo”.

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