Ana Matías: de la movida madrileña a la cerámica en Marbella

Retrató a artistas y anónimos con una Polaroid en La Mala Fama, trabajó en la producción de películas de Almodóvar

Es una de las 50 mujeres que más aportaron a la historia con sus fotos

Lope de España, el mayordomo que sirvió a la jet de Marbella

Ana Matías en su taller de cerámica. / Archivo personal

El bar era súper pequeñito, antes había sido una barra americana. Por allí venían los mods, los rockers, los punks, todas las tribus de Madrid. Pasaba todo el mundo, podías ver desde Pedro Almodóvar a Jorge Sanz, recuerda Ana Matías, que dirigió La Mala Fama, el local de copas de la movida madrileña. Hace 32 años se afincó en Marbella, donde montó un taller de pintura y obra gráfica.

Empecé jugando, como había mucha gente pintoresca no me creía lo que estaba viviendo. En Ibiza conocí a uno de los socios del bar y empecé a trabajar ahí, tenía 21 años. Era una maravilla, todo expansivo, efervescente, conocí a pintores, fotógrafos, escritores, músicos. Me casé con uno de los dueños y he dirigido el local durante mucho tiempo. También, con los mismos socios, teníamos El Martillo de Lucifer, una tienda dedicada a los tatuajes y vender toda clase de objetos destinados a las Harley-Davidson, como trabajos en cuero, bolsos, chalecos o camisolas, y El canto de la Tripulación, una revista contracultural, un poquito canalla, que fue el cimiento de los que estábamos viviendo.

Estaba terminando Bellas Artes cuando conocí al fotógrafo Alberto García Alix [luego premio nacional de fotografía y medalla al mérito en las Bellas Artes], que dirigía El canto de la Tripulación, que era una forma de vida. Para mí fue muy importante, entonces yo era más que una esponja y aprendí muchísimo. El poder publicar en una revista junto a Carlos Ceesepe, (uno de los pintores del boom artístico de la movida madrileña), Javier de Juan, [premio nacional del Grabado], El Hortelano, Alberto García-Alix, grandes artistas y escritores brillantes e impetuosos, fue una lección de vida. Había gente con tanto talento, irreverente. Ahí empezaron los primeros diseñadores. También recuerdo un homenaje a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Viví el momento histórico de un cambio radical. La política empujaba a la cultura, la fomentaba, con conciertos que duraban 24 horas o exposiciones de arte en Arco; había mucha vida cultural y canalla, todo era gratis y allí estaba Tierno Galván.

Ana Matías y Pedro Almodóvar. / Ana Matías

El mundo entraba en España, los primeros que fueron a Londres imitaban a sus músicos, la cultura americana, los tatuadores. Fuimos los primeros en traer un tatuador a Madrid, los primeros que tatuamos, después se puso de moda, pasó Ramoncín o Alaska. El tatuador, que era de la base de Rota (Cádiz), al año se montó su propia tienda. En el bar he estado bailando rock con los grupos Los Lobos y Doctor Feelgood. Éramos inocentes, soñadores, unos románticos que creíamos que podíamos cambiar el mundo con nuestro arte, no había una ideología política, íbamos todos a una, por la cultura y la amistad.

Al bar venían Loquillo, Antonio Carmona de Ketama, Bambino, todos, y la gente no les molestaba. Los de las tribus tomaban unas copas y a lo mejor había peleítas, pero no dentro, donde siempre estuvo todo bien. Mi marido era uno de los siete socios, nos turnábamos; estaba Kiko Rivas, un crítico artístico maravilloso; Alberto García Alíx; Ana Curra, que sigue en el candelero; José Luis Ambite de Los Pistones, que continúa haciendo música; Eduardo Benavente, de Parálisis Permanente y también estuvo con Alaska y los Pegamoides; Antonio Bartrina, el cantante de Malevaje era como mi hermano; Javier de Juan, muy amigo; Verónica Forqué fue mi amiga en ese tiempo, mantengo contacto con mucha gente, como Rossy de Palma.

El local estaba en la calle del Barco, que daba a la Gran Vía, cerrábamos a las tres y media de la mañana e íbamos a otros. Todas las motos, que aparcaban en la puerta, arrancaban a la vez, con lo que suenan catorce Harley-Davidson. Encendían las luces y hacían esta macarrada. En una calle que había problemas de prostitución y tráfico de estupefacientes; nosotros éramos los más buenos. El bar era un negocio, la revista no era rentable, se autopublicaba con anuncios de los bares que teníamos en la zona.

Alberto García Alix. / Ana Matías

Empecé a hacer retratos de gente que me llamaba la atención en una libreta de cuadros, algunos fueron publicados en El canto de la tripulación. Alberto me regaló una cámara Polaroid, me enseñó a manejarla, a intervenir las fotos como hacían los americanos. Me gustaba la fotografía, que estudié en la facultad, mi marido también hacía fotografía. Aquello era maravilloso; hacía la foto, a los tres minutos subía la emulsión y tenías el resultado. Yo soy una persona muy intensa, impaciente, me gusta el juego, era increíble. Era una sorpresa, no sabías qué iba a salir; mientras dibujaba.

A todas mis fotos las rayaba con el anillo, era un barco que tenía una punta, diseñado por Javier de Juan y que llevábamos todos los de la revista. Dibujaba sobre la foto y le ponía textos. Acumulé 700 fotos de gente muy conocida y no conocida, pero no por ello menos relevante. También eran parte de la historia de lo que estábamos viviendo, una explosión social muy importante. Desde el borracho de 80 años, que paseaba por Malasaña con su cartón de vino, a Pedro Almodóvar, Marisa Paredes, pandillas o hermanos.

Rossy de Palma. / Ana Matías

Trabajé en la producción de dos rodajes de Pedro Almodóvar, hice toda la figuración especial en Tacones Lejanos, donde salgo un momentito en la película. Tenía una agencia con mi marido, necesitaban gente con una Harley, con el pelo largo, chaqueta de flecos, tatuaje, yo llevaba el casting. Tengo muchas fotos del rodaje, no actuando, sino de los personajes comiendo en la fiesta del fin de rodaje. El trabajar en la producción era poquito, pero te daba acceso a conocer mucha gente increíble. En la película Kika coincidí con actrices, como Verónica Forqué, la persona más linda que he conocido en mi vida; Victoria Abril, que parecía muy antipática y era un cielo. Diseñé y pinté el tatuaje de uno de los actores que sale en la película. Pedro era tan guay, que el chófer venía a mi casa para llevarme a hacer el tatuaje. Ahora hay mucha separación cultural, social, económica; entonces eran churras con merinas.

Pedro era muy cercano, generoso, profesional y divertido. Al rodaje de Tacones Lejanos venían las Diabéticas Aceleradas [un trío de cabaret transexual]. En la escena que sale cantando Miguel Bosé vestido de mujer, las Diabéticas hacían los mismos pasos, ahí estaban: mi hermana, un primo, la gente que venía al bar; en Villa Rosa, donde fue rodada.

Bibi Andersen. / Ana Matías

En Marbella seguí trabajando en lo mío, pintando, haciendo grabados y guardé las fotos como un tesoro en una vieja lata de Jack Daniel´s. Las tengo para mí, a veces me las pedían, entonces hacía dos y les daba una. Estaba ilustrando un libro para un particular, que vino al estudio y vio tres fotos de mis Polaroids en un corcho.

–Esto es una maravilla, hay que sacarlo a la luz, me dijo.

–Tengo 700 fotos, le respondí.

Tuvimos muchas reuniones, ellos querían sacar la gente famosa para que tuviera tirón, puse una condición: que también se incluyera a la gente que para mí ha sido importante, que me ha fascinado por un motivo u otro. Costó mucho sacar el libro, que es una joya. Fue un año de trabajo duro y lleno de contratiempos con un resultado maravilloso. En 2007 lo publicó José Manuel Pardo, el primo de Juan Pardo, que llevaba una editorial musical de aquella época.

“Aún la recuerdo, arañando las emulsiones Polaroid con el anillo de la Tripulación, de ahí que todos tengamos ese halo de santos, aunque en realidad no lo fuésemos”, escribió Alberto García Alix, en el prólogo del libro de Ana Matías, La mala fama, que recoge el archivo de los retratos, realizados en su mayoría en el bar que dio título al libro, entre 1987 y 1992.

También tiene textos de Rossy de Palma, Javier de Juan y personas que vivieron conmigo esos momentos. Es un libro de instantáneas sin pretensiones artísticas, las fotografías se expusieron en el Museo del Grabado Español Contemporáneo de Marbella, en un centro cultural de Madrid –donde Malevaje tocó sus tangos– y en La Térmica de la Diputación de Málaga.

Ana Matías. / Archivo personal

Me llamaron de la facultad de Historia de la Universidad Complutense de Madrid porque estaban haciendo un ensayo sobre las cincuenta mujeres fotógrafas que más habían aportado a la historia con su trabajo. Me daba mucha vergüenza porque para mí la cámara era un juego para luego dibujar.

Di una conferencia sobre el libro y mi trayectoria. Hay un capítulo dedicado a fotos de hermanos, está Pedro Almodóvar con Agustín, Alberto García Alix con su hermano Carlos, y yo con mis hermanas. Luego otro de motos, todos los años hacíamos un encuentro de Harley-Davidson en Castellón muy ligado al bar La Mala Fama. Hay retratos de motoristas que venían de California, de Italia y de todos puntos de España. De Coque Maya, Christina Rosenvinge y muchísimos músicos. Me casé con Javier Benavente, el hermano de Eduardo, el líder de Parálisis Permanente. Javier [el primer cantante del grupo] lo intentó en la música, pero tenía talento para otras cosas.

Llegué a Marbella con mi bebe en 1994. Madrid me resultaba muy fuerte, intenso, necesitaba otros aires, y aquí tenía amistades y trabajo. Conocí a Germán Borrachero, que me abrió las puertas del Museo del Grabado, tuve un taller pequeñito donde maqueté el libro y luego montamos Tinta Roja, el taller y galería de obra gráfica y fotografía con mi buena amiga Esther Melguizo. Ahí dimos cursos y cobijado exposiciones de artistas noveles con gente que estuvo conmigo en La Mala Fama.

Y llegó mi premio Nacional de Grabado en 2014, pero el grabado me fue cansando, encontré en la cerámica un resultado más inmediato y mucho juego. Sigo haciendo retratos a la gente que me transmite algo, he dado talleres de grabado y sigo impartiendo clases. Después de la muerte de dos amigos, Manuel y Elvis, entendí que no quería homenajear a mis queridos amigos después de muertos y me propuse hacerles un homenaje en vida, a través de mi trabajo mientras disfrutaba de su compañía. Así surgió la exposición El Tiempo de los Valientes, una colección de retratos de las personas más próximas a mí y de otras que por algún motivo me hipnotizaban. Esta serie se expuso en la galería A Cuadros de Madrid, a la que vinieron músicos, fotógrafos y amigos de esa época.

Javier Benavente. / Ana Matías

Había fallecido mi padre y dos meses después mi mejor amigo, entonces empecé a hacer cerámica y para mí eso fue muy curativo. Me costó un año llevar mi mundo a la cerámica, lo conseguí y me da mucha satisfacción, me gusta aprender y la gente con la que lo hago. Si con la Polaroid la sorpresa llegaba cuando se revelaba, y en el grabado cuando lo metes en el ácido y esperas el resultado; en la cerámica lo pones en el horno, y a ver qué sale. Todo esto resume mi forma de trabajar y mi personalidad: la curiosidad.

En todo el tiempo he mantenido la línea del retrato. Una trayectoria concentrada en ese campo, en el que investigo por medio de la fotografía, la pintura y el grabado. Sigo enfocada en el retrato de mis personajes, la única variación es la experimentación y las diferentes disciplinas que voy explorando, grabado, dibujo o pintura en la cerámica, aunque el tema sea el mismo. Hago mucho azulejo, pinto mucho y hago piezas poco utilitarias. Me considero una privilegiada por toda la gente que he conocido, que ha sido un poco la base de mi educación visual. Toda mi trayectoria está cimentada en eso, ha sido una época muy buena, como también lo han sido mis cuarenta, cincuenta o sesenta.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último