'El coronel no tiene quien le escriba' | Crítica

Razones a favor del gallo de escayola

Imanol Arias y Cristina de Inza, este sábado, en el Teatro Cervantes. Imanol Arias y Cristina de Inza, este sábado, en el Teatro Cervantes.

Imanol Arias y Cristina de Inza, este sábado, en el Teatro Cervantes. / Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Una de las dificultades más notables a la hora de adaptar a la escena El coronel no tiene quien le escriba, la novela de Gabriel García Márquez, tiene que ver con el gallo de pelea que el matrimonio se empeña en conservar a toda costa (con dudas comprensibles) en memoria del hijo perdido. Dada la imposibilidad de poner en escena un gallo real (salvo que se sea Salvador Távora, que en gloria esté), el director está obligado a tomar una decisión delicada: ¿Cómo convencer al público de que el gallo está ahí? En el montaje representado este fin de semana en el Teatro Cervantes, dentro del Festival de Teatro, Carlos Saura se ha decantado por una solución, digamos, pintoresca: el gallo comparece en un monitor a través de una grabación de vídeo. Para darle un poco de realismo al asunto, el plasma queda cubierto por una rejilla que evoca la idea de un gallinero. En la pantalla, por tanto, se ve al gallo, en un plano fijo y sobre un fondo negro, como si se tratase de un vídeo de Bill Viola. Y si se presta un poco de atención, dado que el vídeo se reproduce en bucle, puede uno percibir el momento en el que la grabación termina y vuelve a empezar: durante un brevísimo instante, el gallo desaparece y vuelve a aparecer en una posición distinta. Si Saura hubiera optado, un poner, por un gallo de escayola, con la suficiente gracia y el necesario pacto con el público (en eso consiste, esencialmente, el teatro), habría obtenido un resultado más feliz. Pero, precisamente, el mayor problema de este coronel tiene que ver con la verdad.

En términos generales, traducir al teatro la novela de García Márquez no es fácil. Pero, desde luego, ayuda poco una versión empeñada en poner en boca de los personajes no el texto sino el subtexto, para que expliquen bien la historia con tal de que el espectador no se pierda mucho. Tenemos así a un matrimonio que comparte vida desde hace décadas metido en diálogos con los que parece que el hombre y la mujer se acaban de conocer, brindándose mutuamente recuerdos que en un matrimonio de verdad están más que contados. Los personajes rebosan además de una expresividad literaria que, ay, roza lo ridículo: Saura no duda en ponerlos a citar a referentes como Álvaro Mutis además del propio García Márquez, que seguro que le gustan mucho, pero el efecto es letal. A El coronel no tiene quien le escriba le habrían venido mucho mejor frases cortas y réplicas secas, con menos literatura y menos ganas de contar, precisamente para ser más fiel a la novela: incluso la mierda final pierde del todo su sentido original. Pero ya se sabe que la verdad en el teatro juega en una liga distinta. En fin, con tales premisas, poco pueden hacer Imanol Arias y la estupenda Cristina de Inza, así como el resto del reparto, para salvar el barco. Otra vez será. Esperemos.

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