El diario de Próspero | Premios Max Un teatro popular para alentar la resurrección

  • Más allá del éxito que entrañó su mera celebración, así como del ajustado palmarés, la pasada gala de los Max celebrada en Málaga arroja una luz clave al teatro español y su estado de salud

Lola Martín, el pasado lunes, durante una de sus intervenciones en la gala de los Premios Max celebrada en el Teatro Cervantes de Málaga. Lola Martín, el pasado lunes, durante una de sus intervenciones en la gala de los Premios Max celebrada en el Teatro Cervantes de Málaga.

Lola Martín, el pasado lunes, durante una de sus intervenciones en la gala de los Premios Max celebrada en el Teatro Cervantes de Málaga. / Álvaro Cabrera (Málaga)

FUE, como se esperaba, un encuentro reivindicativo: la gala de los Premios Max celebrada el pasado lunes en el Teatro Cervantes de Málaga se convirtió en un clamor contra la limitación de aforos de salas y teatros, cuando no de su directa clausura, a cuenta del coronavirus. Desde el presidente de la SGAE, Antonio Onetti, hasta buena parte de los galardonados que salieron a recibir sus premios, la llamada fue unánime a la hora de advertir de la paradoja que entraña el lleno habitual en medios de transporte cuando los aforos de los teatros quedan secuestrados bajo la invocación de la salud general, una medida que, especialmente en el sector privado, tal y como dejó claro hasta el mismísimo Antonio Banderas, no sólo resulta difícil de justificar sino que hace estragos. Lo más interesante de cuanto sucedió en la gala, sin embargo, más allá del ajustado palmarés, así como del éxito que entrañó su mera celebración cuando sólo unos pocos días antes ni la Fundación SGAE ni el Teatro Cervantes las tenían todas consigo, tuvo que ver con las ideas aportadas respecto a qué hacer ahora. El coronavirus ha devuelto a la escena española a un panorama de devastación similar al de 2008, si bien entonces, al menos, los horizontes de superación estaban considerablemente más claros; se trata, en todo caso, de recuperar al público como agente imprescindible para que el teatro tenga sentido. De invitarlo a superar miedos y recelos y, al mismo tiempo, devolverle el protagonismo que le corresponde en relación al hecho escénico. Y, aunque los horizontes sean menos evidentes, la exigencia debe ser la misma. Ahora bien: ¿cómo?

Las Niñas de Cádiz, con el Max al mejor espectáculo revelación. Las Niñas de Cádiz, con el Max al mejor espectáculo revelación.

Las Niñas de Cádiz, con el Max al mejor espectáculo revelación. / Álvaro Cabrera (Málaga)

Habrá que agradecer siempre a Ana López Segovia, de Las Niñas de Cádiz, la intervención con la que recibió el Max al mejor espectáculo revelación por El viento es salvaje. Tendrá que agradecérsela, primero, el teatro andaluz por su apasionada defensa de los acentos contra las (todavía latentes) tentaciones hegemónicas de expresión verbal en la escena, bajo la premisa de que, en lo que a acentos se refiere, ninguna manifestación cultural es mejor que otra. Pero también tiene una deuda pendiente con la artista el teatro español en toda su extensión por su determinación a la hora de señalar el camino: un “teatro popular”, siempre con la certeza de que ni el teatro ni la cultura son patrimonio exclusivo “de un territorio ni de una élite intelectual: son de todos”. Y ese todos es el clavo ardiendo de la cuestión. Otro momento de la gala que corresponde interpretar en clave didáctica para la coyuntura del presente es el (bellísimo) diálogo de Alberto Conejero en torno a la escena como escuela del arte de escuchar que interpretaron Ángel Ruiz y Lola Martín: en un contexto cultural en el que todo el mundo lucha por hacerse escuchar, el teatro es el medio que con más fidelidad permite escuchar al otro. Incluso cuando lo que dice ese otro no nos gusta. Y seguramente no hay reto más urgente en el enclave histórico que nos atañe. Pero un teatro así necesita del público. Del mayor público, de todos, sin excepciones. En ese señalamiento del teatro como casa de todos, de expresión viva de la cultura popular (lo que, al cabo, no fue más que llamar a las cosas por su nombre), estuvo lo mejor de la gala. Y es un alivio, y un motivo de alegría, constatar que hay quien lo tiene así de claro. Cual profesión de fe.

Ya no vale hacer teatro para unos pocos, ni para los amigos, ni para los seguidores de Facebook

Hubo también llamadas, por ejemplo, a la integración de las minorías sexuales y sus batallas particulares en el teatro. Y fueron igualmente necesarias y oportunas. Pero conviene subrayar que una atención a una minoría cualquiera nunca debería derivar en un teatro para minorías. En un teatro popular, cualquier minoría es protagonista (véanse los autores realmente populares, con Shakespeare a la cabeza). Venimos de una crisis que restringió la actividad escénica a (micro)comunidades cada vez más pequeñas. Este año, el confinamiento dio alas a un teatro virtual gestado, igualmente, para públicos extremadamente reducidos que incluso excitaban la especulación de una interacción directa con los personajes y tramas. El problema llega cuando la escena asume que esa restricción es norma, cuando de alguna forma se acomoda a sus límites. Pero, si de verdad se trata de que el teatro vuelva a ser importante, hay que tener claro que ya no vale hacer obras para unos pocos, ni para los amigos, ni para los seguidores de Facebook. Hay que buscar al público, también al que piensa de manera distinta, con una determinación popular. Un teatro conformado en la calidez de la comunidad virtual del Zoom y en el drama de salón puede ser una opción cuando no hay otra salida, pero su prolongación deriva en un ocio burgués que se parece demasiado al que buscaban los señoritos de antaño. Se trata, sí, de tenerlo claro. O de no tenerlo en absoluto.

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