Crítica de teatro | El funeral

El muerto era el teatro

Concha Velasco y Jordi Rebellón, en la función de este lunes de 'El funeral' en el Teatro Cervantes. Concha Velasco y Jordi Rebellón, en la función de este lunes de 'El funeral' en el Teatro Cervantes.

Concha Velasco y Jordi Rebellón, en la función de este lunes de 'El funeral' en el Teatro Cervantes. / Javier Albiñana (Málaga)

Lo mejor que puedo contar de El funeral es que se trata, seguramente, de la experiencia más triste que he vivido en un teatro. Entiendo que Concha Velasco puede haber tenido razones personales y familiares para implicarse en un proyecto así; sin embargo, lo menos que uno puede hacer es, al contrario de lo que parece prometer el montaje, desear que éste no sea el último trabajo de la actriz y que alguien intervenga para que podamos volver a encontrarnos en una coyuntura mucho más favorable. Respecto a lo peor que se puede contar, prefiero pasarlo por alto y no dejarlo por escrito. Lo que hay en medio es un gag televisivo de cinco minutos estirado a base de agonía y despropósito hasta los ochenta y cinco. En este sentido, El funeral no es, propiamente, una obra de teatro. Sobre las tablas no hay señales de una mínima intención que podamos identificar como dirección, ni de actores ni de cualquier otro elemento. En el plano textual no hay nada parecido a una arquitectura escénica, ni una trama, ni un desarrollo, ni un desenlace, ni una construcción de los personajes, ni siquiera algo parecido a un personaje; no hay clímax, ni tensión, ni diálogos propiamente dichos; por no haber, no hay razones ni motivos para que la obra ocurra. Todo consiste en una sucesión de chistes y de embrollos de los que el autor no sabe salir y que sólo se pueden recibir con vergüenza. Dado que no hay nada que ofrecer al público, la propia Concha Velasco se dedica a salir y entrar levantando los brazos y con gran estruendo para que el público arranque a aplaudir; y, dado que no hay teatro, en un momento dado tres de los intérpretes salen a repartir bocadillos en el patio de butacas, como si fuera un funeral de verdad. Pero no, no hay nada de verdad aquí. Los actores que deambulan por el escenario van de acá para allá pero igual podían moverse en sentido contrario o no moverse en absoluto. Por más que todo pretenda revestirse de desmadre jardielponcelano, el que verdaderamente estira la pata no es otro que el propio teatro. Más aún, El funeral no es un espectáculo de teatro, sino de televisión. La referencia al medio es constante, incluida la entrada en juego de Andreu Buenafuente, con tal de que el espectador se sienta interpelado, de que algo le suene. Pero vaya, que lo mismo podrían haber puesto a un youtuber. Da lo mismo. Exactamente igual. Nada.

Comprenderán, entonces, que lo de la tristeza va en serio. Uno, que ama a Concha Velasco, que la ha visto hacer lo mejor y lo peor en un escenario, que ha sufrido y se ha deleitado de lo lindo con ella, que la ha seguido desde niño y la considera casi de la familia, daría un brazo por evitar verla metida en un engendro en el que ningún productor ni artista que se precie hubiera decidido implicarse de otra manera. Si de despedirse se trataba, Reina Juana habría sido una opción un millón de veces más digna. Por no hablar de la responsabilidad que entraña ofrecer al teatro español, en su encrucijada actual, un producto como El funeral presentado además por una actriz que de ninguna forma se merecía pasar por esto. La mala nota de esta crítica es también para un sector, el de las artes escénicas, que permite que sucedan episodios tan lamentables. Tan tristes. Como un amor que nos traiciona.

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