Javier Padilla | Escritor "La verdad no es un patrimonio de las víctimas, sino de la Historia"

  • El malagueño ganó el Premio Comillas con 'A finales de enero' (Tusquets), un retrato de la represión franquista a través de tres figuras reveladoras

Javier Padilla (Málaga, 1992), con un ejemplar de ‘A finales de enero’, antes de la entrevista.

Javier Padilla (Málaga, 1992), con un ejemplar de ‘A finales de enero’, antes de la entrevista. / Javier Albiñana (Málaga)

Mientras el Mayo del 68 ardía en París, tres amigos estudiantes militaban en el antifranquismo universitario en Madrid a través del Frente de Liberación Popular (FLP). Enrique Ruano murió en 1969, a los 21 años, durante un interrogatorio policial; el acontecimiento marcó para siempre la vida de su novia, Dolores González, y su mejor amigo, Francisco Javier Sauquillo. Ambos se casaron después, se hicieron abogados laboralistas y fueron víctimas de la matanza de Atocha: Sauquillo murió mientras protegía a Lola González, quien recibió un disparo en la garganta y falleció en 2015. Javier Padilla (Málaga, 1992) ha recuperado la historia de los tres en A finales de enero (Tusquets), obra ganadora del Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias que su autor presentó en el Centro Andaluz de las Letras.

-¿Qué ha sido más difícil de contar, la dimensión íntima de los personajes o la épica de la Historia?

-Hay una parte más en minúsculas, que tiene que ver con la historia de los tres protagonistas. A la hora de investigar esta cuestión me ha basado, sobre todo, en testimonios orales, siempre teniendo en cuenta que la memoria personal es difusa. He combinado a menudo varios testimonios sobre un mismo episodio para que el resultado fuese lo más fidedigno posible. Después, hay un elemento político inevitable, que no fue mi principal razón para escribir el libro pero que no he podido obviar. Lo más difícil ha sido en realidad combinar las dos historias, la grande y la pequeña, sin que ninguna de las dos dejase de ser interesante. Y tampoco fue fácil acceder a todos los testimonios.

-Lola González se le escapó por muy poco.

-Sí. Si yo no hubiera visto su obituario en El País no habría conocido esta historia y no me habría puesto a escribir sobre ella.

-¿Podemos considerarla un símbolo de la España que sufrió la represión en el franquismo?

-Si Lola tuviese que ser la imagen de algo sería una imagen muy incómoda. Estuvo metida en un movimiento revolucionaria que no quería ni reclamaba nada parecido a una democracia representativa como la que sucedió a la Transición, pero, más aún, sus trágicas circunstancias personales la sumieron en una particular tristeza. No sé si Lola es la persona más representativa para hablar de la Transición, pero en todo caso sería un símbolo muy negativo.

-¿Y Enrique Ruano? ¿Por qué no supo aprovechar la izquierda un emblema tan incontestable?

-Enrique murió muy joven, con 21 años, muy probablemente asesinado por la policía franquista. Se convirtió en un símbolo para los universitarios, pero no fuera de esos círculos. Y más adelante cayó en el olvido, también en los ámbitos de izquierdas, lo que seguramente es muy injusto, aunque sea por que le conocieron muchas personas que luego resultaron ser muy importantes en la Transición. Él estaba llamado también a asumir responsabilidades elevadas, pero esto le fue arrebatado de manera trágica. Todos los entrevistados le recuerdan con cariño.

-Eso invita a una reflexión sobre el hecho de que el Mayo del 68 aspirase a ser un movimiento transversal, mientras en España la resistencia universitaria antifranquista apenas logró influir fuera de los círculos académicos.

-Sí, eso fue de hecho el gran drama del FLP. Enrique y Lola entraron en una célula del mismo que perseguía la incorporación del mundo obrero a la causa, y fracasaron. Es más, aquél fue un fracaso histórico de la izquierda alternativa en los años 60 y 70 en España que sólo el PC pudo remediar después, hasta cierto punto. El FLP optaba por un lenguaje muy estructuralista, por lo que a menudo era incapaz de transmitir sus ideas a los obreros. Y hay que tener en cuenta el factor de la clase social: el 90% de los personajes de este libro provienen de familias asentadas en el régimen. La universidad era muy elitista. Todavía en los años 60 era algo minoritario. Todo esto impidió que los obreros se incorporaran a la causa. El FLP lo hacía todo por el obrero pero no sabía entenderse con él.

-¿Qué opina del debate sobre la Transición en el siglo XXI?

-Hay dos discursos que no tienen mucho sentido. La derecha conservadora considera que la Transición fue inmaculada, perfecta, y que por tanto no hay que revisar nada. Este discurso fue mayoritario hasta la crisis, cuando surgió otro discurso, bajo mi punto de vista también fallido, que insiste en hablar de un Régimen del 78, como si la Transición hubiese sido sólo un cambio cosmético que hubiese garantizado la continuidad de las estructuras franquistas. Ninguna de estas dos tesis es cierta, son dos discursos absurdos. Tal vez si tuviera que elegir uno me quedaría con el de la derecha conservadora, porque no se puede negar que vivimos mejor hoy que al final del franquismo. Sin embargo, este libro critica principalmente su discurso en cuanto demuestra que la Transición fue un episodio muy oscuro y que habría que juzgar históricamente a algunos de sus protagonistas que salieron mejor parados. En mi opinión, la Transición no fue un fraude, ni una estafa, pero sí algo que hay que desmitificar y juzgar en su justa medida.

"El mensaje de Pablo Casado sobre el empeño de otros en reabrir heridas delata una idea pueril de la Transición"

-De hecho, Manuel Fraga, que impuso la versión del suicidio tras la muerte de Enrique Ruano y que mandó publicarla en el ABC, no sale bien parado en su libro.

-Sí, Fraga ha pasado a ocupar en la Historia un lugar seguramente injusto. Es cierto que promovió la Ley de Imprenta, y que era partidario de un mayor aperturismo del régimen. Pero tuvo actuaciones a nivel moral tremendamente negativas, no sólo en el caso de Enrique Ruano, también en otras defenestraciones del franquismo como las de Rafael Guijarro, Manuel Moreno Barranco y el más notorio, el de Julián Grimau. Y si nos vamos a los años 70, también estuvo implicado negativamente en casos como el de los carlistas de Estella y a la hora de desacreditar a intelectuales críticos con el régimen. Habría que revisitarlo sin el aura mitificadora de los padres de la Constitución. Por mucho que luego tuviera un protagonismo destacado y positivo en la Transición, a lo mejor una persona que contribuyó a que lo de Enrique Ruano se resolviera como se resolvió no merece tener una sala con su nombre en el Congreso de los Diputados.

-¿Le parece acertado promover una reconciliación nacional, aun a costa de la memoria histórica?

-Seguramente hay casos en que sí. Lo que pasa es que a veces da un poco de miedo que se meta la memoria en la Historia, porque son dos cosas distintas. Entre los hechos y sus interpretaciones, deben primar los hechos. Tampoco sé hasta qué punto una escenografía performativa de la reconciliación solucionaría ahora nuestros problemas más graves. La irrupción de Vox, por ejemplo, no obedece a estas cuestiones. Vox no es una derecha franquista, es extrema derecha europea. En todo caso, de lo que se trata es de saber la verdad sobre estos temas. Por eso resulta tan infantil la actitud del PP. Todo lo que dice Pablo Casado continuamente sobre que se quieren reabrir heridas obedece a una idea muy pueril de la Transición, como si hubiera sido un cierre perfecto. De lo que se trata es de conocer la verdad y actuar en consecuencia.

-¿La respuesta debe ser la Historia, no la memoria histórica?

-Hay que respetar siempre a las víctimas, pero las víctimas no tienen la verdad. La verdad son los hechos de los que da cuenta la Historia, no es un patrimonio exclusivo de las víctimas.

-De no haber sufrido su tragedia, ¿qué evolución ideológica cree que habrían seguido los protagonistas de A finales de enero?

-Respecto a Enrique, dado que murió muy joven es muy difícil aventurarlo; lo mismo pudo haber terminado en los Anticapitalistas de Podemos, o haber pasado por el PC y de ahí al PSOE o incluso al PP, ya que otros hicieron ese viaje. Javier Sauquillo militó muchos años en el PC y es posible que se hubiera quedado en esta órbita, como Héctor Maravall. No creo que hubiera ido al PSOE, aunque gente como José María Mohedano y Javier García Fernández sí lo hizo. Lola fue siempre muy de izquierdas, con ciertas inclinaciones dogmáticas. En el PC se sintió cómoda en el ala alternativa, ya que fue siempre muy crítica con la dirección. No sabemos qué habría pasado de no haber sufrido su tragedia. Pero parece que al final de su vida mostró cierta esperanza en Podemos.

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