Crítica de Teatro | 'Macho'

Una educación sentimental

Rodrigo de la Calva en 'Macho. Crónicas de la identidad perdida'. Rodrigo de la Calva en 'Macho. Crónicas de la identidad perdida'.

Rodrigo de la Calva en 'Macho. Crónicas de la identidad perdida'. / Daniel Pérez / Teatro Cervantes

El humorista que presentaba la gala de los Goya se puso unos tacones para dar cuenta de su adscripción feminista y la imagen, claro, salió en todas partes. Era el hombre del momento, premiado él también, de paso, el dueño del candelero; así que el feminismo quedó convertido en moda, pose, prenda e impostura, pero sobre todo en carnet útil para el lavado de conciencias. La evocación de aquella escena abre estas Crónicas de identidad perdida con las que Belén Santa-Olalla y Rodrigo de la Calva sirven un plato en frío, incómodo a veces, otras corrosivo y en ciertos momentos de una extraña ternura, para volver a llamar a las cosas por su nombre. Asistimos a un teatro político directo, que recupera el sentido de la escena como herramienta de transformación social para denunciar la impostura y para dirigir el debate a los cauces oportunos: la supervivencia de una cultura que, muy a pesar de las campañas de sensibilización, favorece la cosificación e instrumentalización de la mujer en pro de la satisfacción, protección e inmunidad masculina.

Con una escenografía hábil en la construcción de significados que aprovecha la pompa kubrickiana del limitado Salón Rossini al que el Festival de Teatro de Málaga ha confiado este Macho, y con un revelador recurso del teatro de objetos para la representación de la deshumanización, el espectáculo se sostiene principalmente en el descomunal trabajo interpretativo de Rodrigo de la Calva, generoso tanto en el desgaste físico como en la introducción de matices con los que logra meterse al público en el bolsillo. He aquí, en fin, un espectáculo valiente, que invita a revertir la educación sentimental dirigida aún a alumbrar al macho como dueño y señor en la formación de personas con cabeza y corazón, con un anhelo revolucionario que nos devuelve, al fin, un teatro vivo y capaz. Manos a la obra.

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