Crítica de Teatro | 'Nerón'

La caidita de Roma

José Manuel Seda, como Marco Vinicio en ‘Nerón’. José Manuel Seda, como Marco Vinicio en ‘Nerón’.

José Manuel Seda, como Marco Vinicio en ‘Nerón’. / Pedro Gato

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La Roma evocada en el Nerón servido en el Festival de Teatro de Málaga responde con firmeza a los clichés más vistosos del género, pero, eso sí, lo hace con cierto caché: ya que el texto intenta acercarse (sin éxito) al Calígula de Albert Camus, por aquello del tirano loco que decide someter al mundo a su capricho, aunque sin arrimarse un pelo a la reveladora clave política del Nobel francés, todo en este montaje recuerda, imita, homenajea y copia la puesta en escena del mismo Calígula que firmara José Tamayo para el lucimiento interpretativo de Luis Merlo. De hecho, Dani Muriel compone su Nerón en una consonancia evidente con el emperador loco de Merlo, mezclado con algunos elementos tomados de Millán Salcedo; aunque si allí había tripas y verdad aquí cabe lamentar un exceso de tics, sobre todo a la hora de engordar el furor uterino del jefazo. A partir de tal punto, Nerón tiene mucho de broma, y como tal conviene verla, aunque no se le puede perdonar que incurra en la parodia involuntariamente. Lo más honesto, al menos en algunas escenas, habría sido hacer algo a lo Monty Python, pero la obra se toma demasiado en serio a sí misma. El texto, un caos en el que los nudos suceden de manera atolondrada sin que queden claras las causas ni las intenciones, no sólo insiste en lanzarle guiños al Calígula de Camus (“¿Me quieres, Tigelino?”; por no hablar de la referencia a la inspiración artística), sino que incluye, tal cual, y sin ningún pudor, el diálogo sobre los caracoles y las ostras que escribiera Dalton Trumbo para su guion de Espartaco. Qué paradoja: aquí sí habría sido oportuna la censura.

En el trabajo actoral, únicamente José Manuel Seda pone algo de sentido común

En Nerón abundan demasiadas decisiones equivocadas: la voz enlatada del pueblo, la música engolada, las sombras, todo de saldo y sin convicción, como para salir del paso. Pero no crean, siempre puede comparecer, como sucede, un San Pablo que parece sacado de un Belén viviente municipal. O puede suceder que los romanos de los tiempos de Nerón manejen a sus anchas el calendario cristiano para contar la historia. No importa: basta con poner un tono afectado para pensar que el público va a salir encantado, aunque el emperador reaccione más como si tuviese una mala digestión que si afrontase su propia muerte. Hay muy poca tierra en el trabajo actoral, en las réplicas, en la situación: Muriel metió un par de gambas en la función a la hora de citar a los personajes por su nombre (no todo el mundo puede ser Rodero y escuchar el fútbol mientras hace de emperador), pero nadie, ni en las réplicas ni en los parlamentos, parecía creerse lo que estaba haciendo. Únicamente José Manuel Seda ponía algo de cordura y de sentido común a la cuestión dramática. En fin. Como decía Virgilio, timeo danaos et dona ferentes.

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