Núria Espert | Actriz “El escenario es como un nido perfecto para los pájaros más pequeños”

  • La intérprete participará el próximo lunes 10 en Málaga junto a Laura García Lorca en la jornada en torno a la Generación del 27 que organiza la Fundación Manuel Alcántara

Núria Espert (Hospitalet de Llobregat, 1935), en un patio de butacas. Núria Espert (Hospitalet de Llobregat, 1935), en un patio de butacas.

Núria Espert (Hospitalet de Llobregat, 1935), en un patio de butacas. / Ros Ribas

En plena gira con su Romancero gitano, el espectáculo basado en la obra de Federico García Lorca y estrenado el año pasado en el Teatro de la Abadía bajo la dirección de Lluís Pasqual, Núria Espert (Hospitalet de Llobregat, 1935) regresará a Málaga el próximo lunes 10 para participar junto a Laura García Lorca en un acto dedicado a la Generación del 27 (en el Ayuntamiento, a las 20:00) organizado por la Fundación Manuel Alcántara y la Fundación Cajasol. Reconocida con el Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2016 y con el Premio Europa de Teatro en 2018 entre otros muchos galardones, Espert, verdadero bastión del teatro español del último siglo, da cuenta en esta entrevista de su querencia por el autor de Yerma.

-Es difícil dilucidar si debe usted más a Lorca o al revés.

-Yo creo que la proporción no está precisamente equilibrada.

-¿Habría sido todo muy distinto sin la Yerma que estrenó en el 71?

-Sí, mucho, desde luego. No sólo por aquel montaje, sino por todas las oportunidades que tuve de hacerla después. Si tienes la oportunidad de trabajar determinados textos durante mucho tiempo, en distintas ocasiones, ya lo sientes como algo que forma parte de ti, de tu naturaleza. Es un privilegio.

-¿Fue muy difícil levantar aquel estreno, o en aquellos últimos años del franquismo Lorca ya era una cuestión asumida?

-Aquello fue un martirio total. Algunos años antes Luis Escobar hizo un montaje de Yerma con Aurora Bautista y después la familia de Lorca se cerró en banda a la posibilidad de permitir otra producción de la misma obra. Nuestro director, Víctor García, se armó de paciencia e hizo lo imposible para convencerlos. Después de muchas dudas, finalmente lo logró. Pero entonces vino el gobierno de la dictadura, que directamente nos prohibió las funciones, en Madrid, en Tarragona, en muchos sitios. Tuvo que transcurrir otro año entero hasta que al fin pudimos estrenar en el Teatro de la Comedia. Recuerdo que aquella noche se respiraba una tensión en la sala enorme, entre el público pero también entre nosotros. Todo el mundo parecía esperar que sucediera algo terrible. La recompensa vino después con el éxito de aquella obra, que pudimos llevar a medio mundo, desde Moscú al pueblo más pequeño de España. Yerma me abrió las puertas para hacer luego Doña Rosita la soltera, así como recitales junto a Rafael Alberti, Lluís Pasqual y otros compañeros. Lorca ha sido una constante para mí. Cuando las funciones de una obra terminaban, me dedicaba a recitar sus poemas.

-¿No es paradójico que Lorca haya educado la sensibilidad del público español hacia un teatro moderno a pesar de su asesinato a una edad tan temprana?

-Sí. Lo terrible es el precio que tuvo que pagar a cambio.

-Su debut en la dirección también estuvo ligado a Lorca, con Glenda Jackson y La casa de Bernarda Alba en Londres. ¿Cómo recuerda aquella experiencia?

-Aquello fue en el 85. Y fue una temeridad por mi parte. Yo no había dirigido en mi vida y además tampoco hablaba inglés. Me lo ofrecieron y, después de pensarlo mucho, por insistencia de mi familia y de Glenda Jackson, acepté. La experiencia fue tan importante que cambió mi vida durante no pocos años, en los que dirigí ópera y teatro hasta que finalmente lo abandoné para dedicarme a la interpretación, que es lo que me gusta.

-¿Nunca lo ha echado de menos?

-No. La dirección me angustia. Lo mío es la interpretación.

"Los que queremos a Lluís Pasqual nos alegramos mucho de verlo tan feliz y con tanta ilusión en Málaga"

-Por cierto, ¿tuvo usted algo que ver con el Rey Lear que protagonizó recientemente Glenda Jackson en Broadway?

-Así es. Desde que hicimos La casa de Bernarda Alba somos muy amigas, mantenemos el contacto y nos vemos cada vez que voy a Londres. Glenda vino a Barcelona a ver mi función de Rey Lear en el Lliure, con Lluís Pasqual, y se quedó prendada. Me dijo que le impactó mucho verme en el papel del rey, y yo le insistí en que ella debía hacer lo mismo, la animé a que se atreviera. Me respondió que no se veía capaz, pero cuando volvió a Londres recapacitó y se dijo que por qué no, de modo que finalmente se atrevió. Se marchó a Nueva York y protagonizó la obra allí. Y por lo que sé ha sido un gran éxito.

-Hace unos días me contaba Lluís Pasqual que en el ensayo general del Romancero gitano, la noche antes del estreno, sufrió usted un percance y se lesionó una muñeca. Y que no accedió usted a ir al hospital hasta que terminó el ensayo, a pesar de que Pasqual insistía en suspenderlo.

-Sí, me caí y me partí la muñeca. Después del ensayo fui a urgencias con mi hija, y a la mañana siguiente fuimos a un fisioterapeuta, que me puso una férula en la muñeca, negra, muy fea. Por la noche me presenté así en el estreno. Y lo cierto es que la muñeca se me ha quedado tocada, un poco rara. Aunque ya no me duele.

-La cuestión es que Pasqual me contó su caso como demostración de que los actores de su generación, que a menudo han sacado adelante el teatro en España en las condiciones más adversas, están hechos de otra pasta. ¿Está de acuerdo?

-En realidad se trata de algo bastante común en esta profesión, da igual de qué generación hablemos. Los intérpretes que son buenos profesionales, si lo son, llevan una fuerza en su interior que les acompaña permanentemente y que sólo encuentra cierta calma en el escenario. Yo viví la mayor experiencia en este sentido cuando murió mi marido.Entonces yo trabajaba en una obra y tenía varias funciones comprometidas. Habría podido suspenderlo todo, pero es que el único momento en que era capaz de no llorar era en las funciones, cuando me tocaba subir al escenario. Si me quedaba en casa me agobiaba, no sabía estar sola. Mis sentimientos me sobrepasaban, me sentía destrozada. Pero entonces, cuando llegaba la hora de actuar y subía a escena, se abría un paréntesis en el dolor. El único paréntesis que pude encontrar entonces. Pero esto no constituye nada extraordinario. Es algo que se da en el teatro de manera natural desde sus orígenes, y que se seguirá dando. Como una magia poderosa y extraña. El escenario es como un nido perfecto para acoger a los pájaros más pequeños.

-¿Y el público? ¿Puede extenderse ese nido al patio de butacas?

-Por supuesto. Si no, no tendría sentido. Lo deseable es que después de la función el público se lleve a casa algo del espectáculo, un fragmento con el que haya podido conmoverse. O divertirse. Habitualmente, si lo que ve el espectador es una buena comedia, se llevará consigo una situación hilarante. Si lo que ve es un drama o una tragedia, seguramente se quedará con una imagen que tal vez le acompañe durante toda la vida.

-¿Qué opina de la decisión de Lluís Pasqual de trasladarse a Málaga para dirigir el Teatro del Soho de Antonio Banderas?

-Es algo que me hace enormemente feliz. Todos los que le queremos, y yo me cuento entre las personas que más le quieren, estamos muy contentos de verlo con tanta ilusión. Lluís salió de Cataluña de una manera injusta y terrible, y es estupendo que haya encontrado este proyecto en Málaga. Antonio Banderas no pudo estar más acertado al pensar en él: no sólo ha derrochado generosidad con Málaga a través de su teatro, sino que ha puesto al frente nada menos que a Lluís Pasqual. Eso sí, todo esto me da un poco de envidia. Yo habría preferido que Lluís hubiese venido a dirigir un teatro a Madrid. Pero me da mucha alegría verlo tan feliz en Málaga.

-Por cierto, tanto Banderas como Pasqual la han citado a usted entre los referentes que quieren traer a Málaga para que compartan su talento con jóvenes artistas. ¿La han llamado ya?

-No, no se han atrevido todavía. Pero ya lo harán, descuida.

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