Por el país de los Cátaros XV: De cahors a Toulouse

El Jardín de los Monos

Seis enormes arcos góticos de bóveda de cañón oscurecían el agua que navegaba entre los anchos pilares en los que se soportaban

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De cahors a Toulouse
De cahors a Toulouse / M. H.
Juan López Cohard

19 de marzo 2023 - 08:04

Málaga/CRUZAMOS el Lot para entrar en la ciudad de Cahors y fuimos recorriendo el istmo que forma hasta encontrarnos con el Pont Valentré. El maravilloso puente fortificado del siglo XIV se presentó ante nosotros como tres gigantes con armaduras, cogidos de las manos, sobre el río. Seis enormes arcos góticos de bóveda de cañón oscurecían el agua que navegaba entre los anchos pilares en los que se soportaban. Tres torres cuadrangulares defensivas, una en el centro y dos a la entrada por cada extremo, rematadas con cuatro ventanas ajimezadas por lado y con cubiertas piramidales, escoltaban al río y a los transeúntes que lo cruzaban. Entre las torres, a uno de los lados del puente, dos contrafuertes semicirculares y almenados servían de contención y defensa del conjunto. El puente Valentré es una de las joyas de la ingeniería medieval que pervive tal como se construyó en el siglo XIV.

Después de ver el colosal viaducto nos dirigimos hacia la catedral de St-Etienne. El istmo donde se asienta Cahors tiene forma de una pera colgada y, de norte a sur, casi por el centro, está atravesada por el gran Boulevard Gambetta. Hacemos aquí un inciso para decir que, en casi todas las ciudades de Francia, existe un bulevar, una plaza o una calle, en memoria de León Gambetta. Un político del siglo XIX que llegó a a ser presidente de la Asamblea Nacional y que destacó por su lucha contra Napoleón III. Era un gran orador, demócrata, republicano y anticlerical, que abogó por el sufragio universal, la desaparición de la nobleza y la separación entre el Estado y la Iglesia. Fue muy admirado y querido en Francia.

Al lado derecho del citado bulevar se encuentra la ciudad medieval y al izquierdo el ensanche moderno. En el centro de la parte antigua, no muy lejos del puente Valentré que está en lado izquierdo, se encuentra la Catedral románica-gótica de St-Etienne que data del s. XI y que se terminó de construir en el s. XIV. Su fachada, con tres torres adosadas, es sobria, con una puerta gótica ojival, un gran rosetón en su primer nivel y dos rosetones más pequeños al final. Las torres laterales se coronan con ventanas en arco de medio punto y cubierta piramidal. Esta fachada fue lo último en construirse. En un lateral tiene una portada del siglo XII con un pantocrátor rodeado de ángeles de una bellísima factura. Su también sobrio interior exhibe una inmensa nave con dos cúpulas de tamaño espectacular con frescos del siglo XIV, sin embargo en su ábside surge con gran incontinencia la belleza del más expresivo gótico flamígero profusamente decorado con frescos de la misma época. Desde el ábside accedimos a un claustro gótico tardío para visitar la sala capitular en la que pudimos presenciar un bonito fresco del Juicio Final del s. XV.

Paseando por la ciudad nos encontramos con algunos edificios antiguos, entre los que destacan la Torre del papa Juan XXII, nacido en la ciudad a mediados del siglo XIII; una torre defensiva almenada, con ventanas ajimezadas en sus fachadas, que se encuentra junto a la iglesia de St-Barthélem con su campanario románico y una asombrosa barbacana de la antigua muralla, adosada a la torre de St-Jean XXII, que parece descolgarse sobre el Lot. Este conjunto de edificios, junto al ambiente bullicioso, al trazado urbano y las viejas casas que conforman la parte antigua de la ciudad, hacen que el visitante se sienta como si hubiese hecho un viaje al pasado adentrándose en la Edad Media.

Paseando por la ciudad nos encontramos con algunos edificios antiguos, entre los que destacan la Torre del papa Juan XXII

Seguimos camino hacia Montauban, aunque realmente nuestro paso por esta ciudad no tenía otro objetivo que el de acercarnos a ver la iglesia abacial de St-Pierre en el pequeño y cercano pueblo de Moisac. Ésta abadía, que fue fundada en el s. VII por un monje benedictino, alcanzó su mayor esplendor en el s. XII, siglo en el que vio la luz el prodigioso pórtico de San Juan del Apocalipsis. Una visión que toma vida en el tímpano de piedra tallada, con Cristo impartiendo justicia, a la vez que bendiciendo, rodeado por cuatro apocalípticas bestias llenas de ojos que representan a los cuatro evangelistas. Abrazando al grupo están representados, en bellísimas y extraordinarias tallas, los veinticuatro ancianos con coronas de oro que describe San Juan en su Apocalipsis. El tímpano se soporta sobre un dintel decorado con rosetones que descansa sobre jambas con perfil festoneado y un corta-luz con figuras de leones entrelazados talladas. El conjunto es una de las obras más importantes de la escultura románica y de una belleza sin igual. El interior tiene una única nave con ábside que se abre a un claustro con arcos ojivales apoyados sobre columnas con capiteles bellamente decorados.

La ciudad de Montauban fue una de las primeras bastidas de Francia, fundada en el s. XII. Las bastidas eran pueblos de colonización, típicos en el sur de Francia, creados con motivos militares, políticos y, sobre todo, económicos, que estaban defendidos con murallas. Ya en ella, nos dirigimos al Museo Ingres (antiguo palacio arzobispal) en el que se exponen numerosas obras del pintor montalbanais encuadrado entre el neoclásico y el romántico. También se exponen numerosas obras de otro escultor nacido en Montauban, Emile Bourdelle. Coetáneo de Rodin, fue el precursor de las esculturas monumentales del siglo XX. Una muestra se puede contemplar a orillas del Tarn, el imponente Monumento a los Caídos realizada en 1909.

No nos ofreció Montauban mucho más, si acaso la bonita torre octogonal del s. XIV de la iglesia de St-Jacques, la Plaza Nationale de doble arcada, unos magníficos bulevares y una tranquila tarde de paseo recordando que la ciudad fue conquistada por Simón de Monfort después de la caída de Toulouse en 1215. Por cierto que en esta ciudad murió y está enterrado el que fuera último presidente de la Segunda República española, Don Manuel Azaña.

La ciudad rosa nos recibió con todo su esplendor. La bella ciudad que siempre fue tolerante, cortesana, rica, culta y hoy una potencia industrial aeroespacial, conserva intactos los vestigios de su esplendoroso pasado bajo-medieval. Toulouse, capital del Languedoc, está íntimamente unida a la cruzada cátara, al cuarto concilio de Letrán, por el que se le concedió a Simón de Monfort el Condado, y al propio Simón que murió en su asedio.

No nos fue difícil llegar hasta el mismo centro de la ciudad. La autopista de Albí nos llevó hasta la circunvalación de L´Autorroute Deux Mers y, una vez pasado el Canal du Midi que atraviesa la ciudad, la Allée (pasaje en español) Jean Jaurés nos dejó en la enorme Plaza del Capitole, centro neurálgico de la capital. Enorme y maravillosa plaza porticada, plagada de bares con terrazas y presidida por la larga y elegante fachada del Capitolio. Un edificio del s. XIX que hoy es sede del Ayuntamiento y del Teatro situado en su ala derecha. Desde la plaza, por una de las calles que en ella desembocan, pudimos contemplar la torre de la Basílica de Saint-Sernin. Era la Rue du Taur y por ella nos adentramos. Evocadora calle de inconfundibles edificios antiguos rojos, como lo son la mayoría en Toulouse. A mitad de ella nos encontramos ante la fachada de la iglesia de Notre-Dame du Taur flanqueada por dos hermosas torres hexagonales que encuadran una magnífica portada ojival con estatuas de santos. La iglesia es del s. XIV y, junto a ella, pudimos contemplar una curiosa torre, bastante rechoncha y potente, del s. XII, llamada Torre Morand que formaba parte de la hoy desaparecida muralla de la ciudad.

A pesar de las fechas, en pleno mes de Agosto, el ambiente universitario de la ciudad se dejaba ver por doquier. Hay que recordar que la Universidad de Toulouse es la más antigua de Francia después de la Sorbona y una de las primeras fundadas en Europa. Data de la época de Raimundo VII, Conde de Toulouse, y fue autorizada por el rey santo, Luis IX de Francia, al terminar la cruzada albigense. Hoy cuenta con más de cien mil estudiantes.

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