'Pandora' | Crítica

La seducción del mito

Representación de 'Pandora', de Marina Miguélez, en el Teatro Echegaray. Representación de 'Pandora', de Marina Miguélez, en el Teatro Echegaray.

Representación de 'Pandora', de Marina Miguélez, en el Teatro Echegaray. / Javier Albiñana (Málaga)

La Pandora con la que Marina Miguélez abre la nueva temporada de Factoría Echegaray, así como la nueva edición del ciclo Danza Málaga, brinda argumentos jugosos y necesarios a la posibilidad de llevar los mitos clásicos a escena en el siglo XXI. Respecto a esta posibilidad, cabe recordar que la aspiración primera del teatro desde sus orígenes no es representar el mito, sino renovarlo, lograr que vuelva a suceder, tal y como ocurre en la eucaristía cristiana heredera de este misterio. Puede darse, en consecuencia, un teatro mitológico, donde aparezcan los personajes del relato pero en el que, sin embargo, el mito brille por su ausencia. Que el mito comparezca o no tiene que ver con el oficio, con la determinación poética pero también, vaya por Dios, con el mismo destino, lo que al cabo viene a dar la razón a los puñeteros griegos. La bailarina y coreógrafa Marina Miguélez ha optado por un mito muy antiguo, fundacional, de formulación escasa y difusa (salvo por la aportación genial de Hesíodo) para demostrar, precisamente, que el mito respira en escena mucho mejor por donde sugiere que por donde se afirma. Su Pandora se crece donde el mito calla, seduce en la medida en que interroga y conduce a la duda, no a la resolución enciclopédica. Y únicamente podemos darle la razón: tras el vacío que dejó la postmodernidad, el mito ya no puede ser objeto de renovación, sino de reconstrucción. Y ahí sólo podemos hacernos preguntas.

Lo mejor que se puede decir del montaje es que expresa bien esa insinuación: el destino se presenta como un agente implacable que interviene en los acontecimientos, pero los elementos escénicos puestos en juego, especialmente la tela que delimita los espacios a modo de frontera misma del entendimiento, conducen a la sospecha de que el destino funciona en una extraña ósmosis, entre lo imprevisible del medio externo y lo imprevisible del corazón humano. Miguélez acierta al conducir esta eterna disquisición entre la condición escrita o por escribir del destino a un vínculo corporal truncado ante el que los agentes del mismo destino dejan al individuo en la más absoluta soledad. Su determinación final en la redención de Pandora, la que lo da todo, trasunto de la Eva bíblica, resulta conmovedora justo en la medida en que no se escenifica como una afirmación sino, con la mayor sutilidad, como un interrogante lanzado al espectador.

Pandora se crece en los pasajes más orgánicos, los más directamente carnales, los que se traducen en disputa, combate, sudor, cuerpos arrastrados, manos aferradas y finalmente separadas. Los elementos más conscientemente sintéticos, como la música, no siempre juegan a favor. Hay imágenes bellísimas, de un elevado poder evocador, pero tiene uno la impresión de que llegan tarde, de que se ha asistido a un preludio demasiado prolongado en el que ese compromiso orgánico formaba parte de un deseo satisfecho al final sólo en parte, con una cierta sensación de miel en los labios. Los intérpretes aportan suficiente verdad al envite, especialmente la estupenda Alice de Maio, genial en la traducción corporal de las tensiones del mito; aunque se echa de menos, en general, una ejecución más limpia pero también más decidida, más cargada de intenciones, lo que seguro vendrá con el necesario rodaje. De momento, esta Pandora es una propuesta más que recomendable y un refugio inspirador en estos tiempos extraños. 

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