Romancero gitano | Crítica Teatro político para la reparación del alma

Núria Espert, en el 'Romancero gitano'. Núria Espert, en el 'Romancero gitano'.

Núria Espert, en el 'Romancero gitano'. / M. H.

Comienza Núria Espert su Romancero gitano recordando el carácter tímido de Lorca: para cruzar la calle, asegura, el poeta prefería agarrarse del brazo de cualquiera, fuese conocido o no. Si el oficio del teatro depende, en gran medida, de los asideros escogidos, hace ya mucho que Espert optó por el brazo de Lorca para cruzar la calle, en Yerma, en La casa de Bernarda Alba, en Doña Rosita la Soltera, en Bodas de sangre y tantos otros montajes. Ahora, el Romancero gitano que, mucho más allá del mero recital poético, se convierte en una verdadera liturgia escénica de la tragedia, añade nuevos argumentos a esta alianza a la vez que celebra la vigencia de Federico y su obra en el presente. El espectáculo dirigido por Lluís Pasqual parte de una desnudez sólo aparente, que ya desde el patio de butacas evocado en el escenario apunta a una afirmación absoluta de lo teatral, para precisamente poner la poesía en el mismo centro del acontecimiento escénico. Así, las dramaturgias en las que se sostienen los diversos romances del libro encuentran la encarnación perfecta en la actriz, que pone cuerpo y alma a los diversos personajes que pueblan esta asombrosa aproximación a la muerte. Especial talento derrocha Núria Espert en las composiciones más oscuras, donde sugiere infiernos a los que la mera lectura no alcanza; y, sobre todo, en los pasajes en los que el tono, la postura y la dicción proponen, con magistral discreción, sutiles vías alternativas a lo que hasta ahora creíamos que era el Romancero gitano.

Se reivindica Núria Espert, porque puede hacerlo, como la alumna más devota de Margarita Xirgu. Y lo cierto es que sería difícil especular con la proyección de la obra de Lorca en la España presente sin el abrazo de la actriz. Especialmente conmovedora es la entrada en el juego de Rafael Alberti, con su juego nigromante con tal de que Federico explique de una vez qué quería decir con el Romance sonámbulo. Espert rememora los recitales junto al de El Puerto de Santa María, la celebración de la poesía como un patrimonio puesto en marcha, inabarcable. Pero su ofrenda brilla con no menos fuerza en los territorios distintos del Romancero, como el crimen de Bodas de sangre y el Grito hacia Roma final con el que Lorca, Poeta en Nueva York mediante, nos es devuelto como un poeta de nuestro hoy, que se dirige, interpela e interroga al siglo XXI con intención radical y cargado de razones: un clásico absoluto. Este Romancero gitano es, en fin, una muestra descarnada del mejor teatro político: el que denuncia la barbarie y aspira a redimir mediante el gesto y la palabra su tiempo y su espacio. El resultado es sanador, reconfortante. Una reparación del alma.

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