Un caso para la tragedia postmoderna

Ana Belén y Fran Perea, en 'Fedra'.
Pablo Bujalance

23 de enero 2010 - 05:00

XXVII Festival de Teatro. Teatro Cervantes. Fecha: 22 de enero. Dirección: José Carlos Plaza. Texto: Juan Mayorga, a partir de Eurípides, Séneca y Racine. Reparto: Ana Belén, Alicia Hermida, Fran Perea, Chema Muñoz, Javier Ruiz de Alegría, Víctor Elías. Aforo: Unas 900 personas (casi lleno).

Resulta curioso el modo en que, desde los arqueólogos del Renacimiento decidieran recuperar la tragedia clásica (o directamente griega, ya que a los romanos no les interesó demasiado el género salvo a Séneca, que lo cultivó en su vertiente más filosófica), los debates y hasta enfrentamientos sobre cómo poner el cascabel al gato no han dejado de sucederse hasta nuestros días. Si en el siglo XVI la máxima aspiración era representar los milenarios textos tal cual, ya en el XVII y el XVIII surgieron interpretaciones distintas que dieron rienda suelta a la polémica. Racine, cuya versión de Fedra ha sido incorporada por Juan Mayorga en la que aquí atañe, lo vivió en carne propia. Hoy, la tragedia pasa casi por costumbre por ciertos filtros de contemporaneidad que tienden, a menudo, a violentar la puesta en escena hasta conformar una estética que, también a menudo, y por desgracia, termina restando fuerza a los alcances éticos, y estéticos, que la obra contiene per se. Calixto Bieito es el primero que me viene a la cabeza: su versión de Los persas, aunque divertida, terminaba edulcorada con tanta salida de tono y tanta mala leche. Esta tendencia no es, en absoluto, la que atañe a la Fedra de Mayorga y José Carlos Plaza. Su problema es otro, quizá consecuente con la postmodernidad que le atañe: la falta de una verdadera intención teatral.

El riesgo que se corre aquí es considerar que, porque el director y el autor de la versión presentan una Fedra desnuda en cuanto a efectos y somera en su puesta en escena, el montaje se acerca a lo que originalmente fue la tragedia. Nada más lejos de la realidad. Mayorga recurre a Eurípides especialmente en la composición psicológica del personaje femenino principal, y a Racine en la descripción del amor como pasión destructora. Séneca queda un poco más a la sombra, aunque al menos salen a relucir sus ideas sobre la justicia, la condena y la culpa. Esta Fedra tiende, además, a reivindicar cierta autonomía como mujer frente a un control de las emociones que, en el fondo, incluye un control social y político. Así, si ya Séneca se alejó de Eurípides y Racine de ambos, por mucho que cada nuevo escalón manifestara escrupuloso respeto a los anteriores, Mayorga y Plaza han puesto su argumento, propio de su tiempo, para tomar aún más distancia. El problema, como veremos luego, es que este argumento no llega a ser un contenido, sino un leve matiz. Todo esto, insisto, se recrea en una puesta en escena que tiende muy sutilmente, con muy poco, al modo en que el imaginario colectivo recrea al clásico, especialmente en el vestuario, y que anuncia un intento de depuración hacia los sentimientos que en la misma raíz de la tragedia desencadenaron los terribles acontecimientos. Pero nada de esto será posible mientras no se recupere el mito: el amor, en Eurípides, no es una fuerza misteriosa e ignota empleada por los personajes para justificarse. La pasión es Afrodita, la diosa, que deja muy claras sus intenciones. Una vez que Dioniso deja de presidir el altar de la escena y el mito desaparece del arte dramático, corresponde a los autores suplir tamaña carencia con lo que puedan, es decir, con el mismo teatro. Eso lo saben Plaza y Mayorga, y a esto me refiero cuando hablo de una falta de intención: su versión resta elementos pero lo que quiere pasar por un viaje al origen es en realidad una falta de ambición teatral. No hay una estética propia (en Bieito sí, al menos) más allá de la sencillez y una iluminación eficaz a la hora de evocar decorados. Y sin estética no hay ética: es decir, sin una representación visual y plástica del contenido propio, no hay contenido. No aportar nada a Fedra es no hacer Fedra. Al menos, no teatralmente. El auténtico dilema de la postmodernidad.

Se trata así de dejar que los hermosos textos y las interpretaciones impacten solitos al espectador. Ana Belén tiende demasiado al cliché, a la postura: todo bien dicho, como un envoltorio bello pero con poco regalo dentro. Fran Perea resuelve bien, en cambio, con oficio (correcto en dicción y posición, aunque algunos números con las lanzas más bien estorban) y mucho cariño vertido en su personaje. El mejor trabajo en este sentido corresponde sin embargo a Chema Muñoz como Teseo, por su economía de medios. Una lástima, en fin, que los responsables primeros no hayan sido más valientes.

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