La cocina de los ángeles | Crítica No olviden vestir prendas coloridas

'La cocina de los ángeles'. 'La cocina de los ángeles'.

'La cocina de los ángeles'. / M. H.

Desde su misma fundación, el Teatro del Velador es un mundo habitado por seres extravagantes, grotescos, regidos por códigos distintos, de reacciones imprevisibles y conductas no siempre ejemplares. Ya se ubiquen en el teatro clásico, en el Siglo de Oro, en el embudo picassiano o en la escena contemporánea, estos personajes eluden cualquier arquetipo, cualquier molde preconcebido. Uno no sabe muy bien qué hacer con aquellos, dónde ubicarlos, qué lugar de la mesa reservarles. Juan Dolores Caballero lleva décadas presentándolos al público, con la mayor determinación, sin medias tintas ni trucos: ellos, los del Velador, perdidos en pueblos, en casas o en ciudades, son los que no tienen carnet, los que no muestran respeto a la autoridad, los que no saben de costumbres, los que no conocen más cofradía que ellos mismos, los que no encajan en ningún sitio, los que se quedan siempre fuera porque esto, lo nuestro, lo cotidiano, no va con ellos. De alguna forma, su ausencia nos reconforta, nos deja tranquilos. Vamos a los bares y a los centros comerciales confiados en que no los encontraremos allí. Por eso el órdago de Dolores Caballero es una opción incómoda: planta a estos personajes frente al espectador en el único sitio del mundo en que dispone de total libertad para hacerlo, el teatro, donde al mismo espectador no le queda más que presenciar a los del Velador durante una hora o una hora y media, sin rechistar. Todo esto ya lo sabíamos. Lo milagroso es el modo en que este compromiso artístico ha quedado refrendado en La cocina de los ángeles.

Porque asistimos al que es tal vez el espectáculo más radical del Teatro del Velador, al menos en mucho tiempo. Dolores Caballero prescinde del texto y se apoya en las coreografías creadas al alimón con la gran Pilar Pérez Calvete para abordar una crítica descomunal a la cultura de la homogeneización, a la expulsión sistemática del disidente, a la anulación de la diferencia como presunta garantía democrática, a la asunción del rebaño como nueva normalidad. Precisamente por la eliminación de las palabras para la mayor plenitud del gesto y el movimiento, La cocina de los ángeles se acerca con autoridad al Samuel Beckett que recomendaba bailar primero y pensar después, en una puesta en escena que combina (así como en la música de Sancho Almendral) el criterio minimalista con la estética barroca tan propia del Teatro del Velador. Todo esto se da servido por un reparto joven que brinda una ejecución abrumadora, pródiga en detalles de una emoción desbordada. Directa desde los márgenes al corazón.

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