Cultura

Yo he sido correo del zar

  • La editorial Alianza ha recuperado un clásico de la literatura de aventuras: 'Miguel Strogoff' del venerado escritor francés Jules Verne

En mi niñez y adolescencia, a esa edad en que una nimiedad cualquiera puede tener efectos devastadores en tu persona, yo caí en las redes de la ficción. Tres novelistas confabularon en mi contra: Julio Verne, Emilio Salgari y Robert Louis Stevenson. Tres novelas suyas, en especial, tendieron la trampa: Miguel Strogoff, Los tigres de Mompracem y La isla del tesoro. Estos autores tenían otros títulos igualmente subyugantes que andando el tiempo llegaron a gustarme tanto o más -20.000 leguas de viaje submarino, El Corsario Negro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde-, pero, entre las suyas, las citadas en primer lugar fueron una auténtica revelación, entiéndame el lector cuando digo que ni con ellas ni con ellos nunca seré imparcial. Miguel Strogoff, en concreto, me pareció durante años -durante aquellos años- la mejor novela jamás escrita, por delante incluso de La isla del tesoro, que ya es decir. La novela ofrecía a manos llenas todo cuanto un niño -aquel niño- admiraba: un héroe intrépido que no conocía el miedo; una heroína de rubia melena, Nadia Feror, también decidida, también incansable; un antagonista a la altura de las circunstancias, Iván Ogareff. Y acción. La novela ofrece acción a raudales. Una página lleva indefectiblemente a la siguiente desde el principio hasta el final.

La trama se cimienta en un conflicto a gran escala cuya suerte descansa sobre los hombros de un solo hombre. En tiempos del zar Alejandro II, los tártaros al mando del emir Feofar Kan entran en suelo ruso destruyendo todo cuanto encuentran a su paso, reclutando a quienes se rinden a ellos, asesinando a los que ofrecen resistencia. El zar tiene que informar a su hermano, aislado en la ciudad de Irkutsk, de los planes del ejército imperial y de la existencia de un traidor, el coronel Iván Ogareff, quien, sediento de venganza -el hermano del zar lo degradó en el pasado por sus sucios tejemanejes-, ha avivado el descontento entre los pueblos nómadas más allá de los Urales. En vista de que la línea del telégrafo ha sido cortada entre Moscú e Irkutsk, al zar no le queda otro remedio que enviar un correo, que ha de recorrer las 5200 verstas que separan ambas ciudades a través de un territorio sembrado de peligros. Miguel Strogoff, que viaja de incógnito, conoce a Nadia en el tren hacia Nizhni Nóvgorov; la joven se dirige a Irkutsk para reunirse con su padre, exiliado político. El bueno de Miguel deviene su ángel custodio. El correo del zar se encontrará asimismo con Iván Ogareff, el cual, disfrazado de zíngaro, ejerce de espía de Feofar Kan. Los protagonistas compartirán verstas y peripecias con dos corresponsales extranjeros, el francés Alcide Jolivet y el inglés Harry Blount, que deben informar a sus respectivos periódicos de los avances de la invasión tártara.

Julio Verne demuestra un talento innato para urdir tramas en las que, incluso los giros más problemáticos, jamás parecen forzados, sino nudos inevitables en la cuerda de la ficción. Así sucede con el famoso episodio de la tortura infligida por Feofar Kan al protagonista, siendo prisionero suyo: el bárbaro ordena que dejen ciego a Miguel Strogoff, pero en la hora definitiva unas lágrimas se interponen entre la córnea y la espada al rojo vivo, frustrando el castigo. El héroe finge la ceguera ante los demás (y ante sí y ante el lector) para llevar a cumplimiento su misión. Al niño que fui le pareció verosímil y yo no osaría contrariarlo. Verne vive las peripecias que escribe y hace vivirlas al lector. Yo he sido correo del zar con un importantísimo encargo que cumplir, he atravesado los Urales en mitad de una tormenta y me he enfrentado a un oso sin otra arma que un cuchillo. Me he caído docenas de veces y me he levantado otras tantas. Yo he amado a Nadia Feror y admirado su entereza en esas situaciones en que otros habrían cedido al desaliento. Y he odiado con toda mi alma al infame Iván Ogareff, depositario de lo peor de la especie. Le quité la vida con mis propias manos cuando se disponía a entregar Irkutsk a las huestes de Feofar Kan. Aquel canalla no se merecía otra cosa.

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