Crítica | Mujer en cinta de correr sobre fondo negro Ella tiene conciencia de clase

Alessandra García, este viernes, en el estreno de ‘Mujer en cinta de correr sobre fondo negro’ en el Echegaray. Alessandra García, este viernes, en el estreno de ‘Mujer en cinta de correr sobre fondo negro’ en el Echegaray.

Alessandra García, este viernes, en el estreno de ‘Mujer en cinta de correr sobre fondo negro’ en el Echegaray. / Javier Albiñana (Málaga)

En Mujer en cinta de correr sobre fondo negro el espectador encontrará muchas cosas, pero una de las más destacadas es una representación fidedigna, auténtica y brillante de la vida en los barrios. Si el pulso de las ciudades, especialmente en sus escaparates menos promocionados, viene sirviendo de inspiración a la literatura desde hace ya varios siglos y al cine prácticamente desde su invención, resultaba sospechoso, por no decir doloroso, que la escena haya permanecido ajena (salvo contadas ocasiones) a la inspiración urbana, en parte por la condescendencia burguesa de la que adolece aún el teatro, en parte por sus propios límites físicos (en alianza, claro, con un gusto mayoritario por los salones realistas con sofá en el centro: algo dejó escrito Lorca sobre esto). Alessandra García ha metido de lleno en el escenario la vida en la calle, su latido, su refriega, sus mil y un encantos y paradojas, el espectáculo apabullante y los detalles menos visibles, los rostros, las miradas, las manos, los aromas, las voces, los paisajes, la batalla cotidiana, la trinchera que se abre entre bares, supermercados, coches en doble fila y bloques de pisos con toldos y sin ascensor. Y lo ha hecho a través de una creación genial, un personaje que, como si de un Georges Perec excitado hasta las pestañas se tratase, quiere conocerlo todo, verlo todo, escudriñarlo todo, corroborar hasta la última brizna de las personas y las cosas. El arquetipo de merdellona cotilla se convierte en esta anfitriona en una Pandora hambrienta de sucesos, a la que no le basta la esfera de lo público sino que quiere habitar incluso las casas de los otros, su intimidad intransferible, los ritos cotidianos nunca compartidos. En los primeros compases, los mejores del espectáculo, ese barrio bulle como en una olla a presión mientras el personaje emplea una cinta de correr para que el mundo suceda en escena: la flâneuse hace de las suyas a toda velocidad, sin contemplaciones, lleva al público de la mano y hace con él lo que le da la gana. No se limita a mirar: su primera intención es transformar. Y es ahí donde la escena adquiere un mayor sentido formal.

Alessandra García ha metido de lleno en el escenario la vida en la calle, su refriega diaria

El gran acierto de Alessandra García tiene que ver con la consideración de Mujer en cinta de correr sobre fondo negro como un ejemplo (modélico) de teatro político. La paseante hace gala de su conciencia de clase en la medida en que es capaz de poner un precio a las mismas cosas y las mismas personas: “Te daría 700 euros sólo por que me dejaras ver cómo das de comer a tu hijo”. En ese mismo barrio, el mundo se divide entre quienes ponen el precio y quienes lo asimilan, en virtud de una dialéctica furiosa sostenida por una actriz en estado de gracia, un volcán que despliega un poderío físico, gestual y vocal abrumador. Cabe lamentar, tal vez, que este propósito quede erosionado en gran medida en favor de consideraciones artísticas para la puesta en escena que terminan distrayendo demasiado del quid más que subrayándolo. En ciertos momentos, el espectáculo se parece más a una galería de arte contemporáneo que a la calle, y tal vez uno ya es viejo para estas cosas, pero un servidor habría agradecido un remate más punk, con más colmillo, más dedo en la llaga (hay motivos de sobra sin salir de Málaga) y menos complacencia. En cualquier caso, Mujer en cinta de correr sobre fondo negro es un espectáculo necesario, acertado, muy divertido y bien guiado. Larga vida, pues.

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