Crítica | Una noche sin luna

Un arte sin artificio

Juan Diego Botto, en 'Una noche sin luna'. Juan Diego Botto, en 'Una noche sin luna'.

Juan Diego Botto, en 'Una noche sin luna'. / MarcosGpunto

Una de las razones más poderosas por las que la función de Una noche sin luna se hace inolvidable es el conjunto de reacciones del público desde el comienzo de la misma. Recordaba durante la representación la sentencia en la que Alfonso Sastre advertía de que el público del teatro contemporáneo es un cadáver que no destila emoción alguna: se sienta en su butaca, asiste a lo que pasa sobre el escenario sin sentir ni padecer y aplaude de forma mecánica cuando la obra termina. El público de Una noche sin luna es una criatura viva, fresca, sensible y bien despierta. Responde a las llamadas directas del actor/personaje pero, más aún, no se limita a esperarlas, sino que se dirige al maestro de ceremonias de manera espontánea, le expresa su opinión, comparte su parecer sobre lo que ocurre, de viva voz, sin timidez. El público se siente aquí parte fundamental de lo que sucede y defiende su papel de manera vehemente, se hace oír y ver, llora, ríe, se conmueve, se agita, canta. Cualquiera que vaya al teatro de vez en cuando convendrá en que semejante conducta constituye un milagro de primer orden. Por eso, en la butaca, uno tiene al fin la impresión de asistir a una demostración de teatro igualmente vivo, entero, consciente, pleno de significado y de intención en el siglo XXI. Como si esa criatura antigua en la que uno sigue creyendo todavía, a pesar de todo, se nos devolviera en pañales, afirmada, con todo el futuro por delante. Ya desde ese mismo comienzo de la función, tremendo, se rompen todos los límites entre el pasado y el presente, entre la existencia y la mímesis: todo es memoria y todo es, también, alumbramiento. El público asiste no tanto a una interpretación, ni mucho menos a una recreación, sino a una emoción a la que es incorporado sin fisuras. Una noche sin luna presenta a un Federico García Lorca recuperado para el presente, que se dirige al espectador de hoy. Pero el primer recuperado aquí es el teatro, devuelto a la poética que le corresponde. Y el público, entregado, actúa en consecuencia.

Pocas veces el teatro español ha sido Federico con una intensidad tan eléctrica

Y este público es así igualmente un ser recién venido al mundo, con toda la energía y las ganas de comérselo, muy a pesar de la reducción de aforo y las mascarillas. Hacía tiempo que un servidor no asistía a un aplauso de despedida tan largo, sincero y sentido como el brindado en el Teatro Cervantes a Juan Diego Botto. Pero así es el público que renace en el teatro, en el mejor teatro: agradece el buen alimento y aprende a rechazar a quienes dan gato por liebre. Cuando el mismo Lorca al que da vida (nunca el uso de dar vida como sinónimo de interpretar había tenido tanto sentido como aquí) Botto pide un teatro capaz de contener el mar, la realidad que hay fuera, un arte sin artificio, está reclamando justo lo que Una noche sin luna ofrece a sus afortunados espectadores. Y porque hablamos de un teatro vivo, hablamos de un teatro capaz de cambiar el mundo, radical, transformador: un teatro de arena, hecho de memoria para la construcción de una identidad común, que se hunde en la raíz y apunta a las estrellas. Un teatro en el que caben todos. Pocas veces el teatro español ha sido Federico con una intensidad tan eléctrica. A la soberbia interpretación de Juan Diego Botto, crecida en los matices (qué manera de decir lo más grave en un susurro, de conducir el grito al filo contenido de los labios), se une la sabiduría teatral de Sergio Peris-Mencheta, que convierte la escena, justo, en un teatro de arena: un espacio de asombros donde lo que creíamos muerto prende vivo, intacto, en la memoria. Perdonen, a fin, la verborrea: lo mejor que se puede hacer con Una noche sin luna es dar gracias por haber estado. Por haber sido.

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