La invención del mundo
A través de sus once salas, la actualizada colección permanente presenta una interesante aproximación a una creación inabarcable, que tiene como principal referencia a sí misma
El criterio cronológico no es absoluto pero revela no pocas intuciones del artista malagueño
La nueva colección permanente del Museo Picasso Málaga, ampliada para los próximos tres años gracias a las 166 obras donadas por la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte (que se añadirán durante este plazo a las 233 que componen los fondos del propio museo), es el resultado de un empeño que el propio Bernard y Christine Ruiz-Picasso venían sosteniendo en los últimos años: el de conferir a la colección un protagonismo similar en la proyección del museo al de las exposiciones temporales que, desde El factor grotesco en 2012, han contribuido a ensanchar las costuras del centro. Semejante desembarco no deja dudas respecto a esta intención y, lo que es mejor aún, promete reválidas a la altura, aunque será mejor optar por la prudencia. Por ahora, la primera remesa de 120 obras distribuidas desde hoy en las once salas reservadas a la colección permanente (convenientemente remozadas, lustradas e iluminadas), destinada a permanecer en iguales términos hasta la primera rotación que, presumiblemente, tendrá lugar dentro de tres meses, presenta un razonable equilibrio en cuanto a disciplinas artísticas aunque gana mucho más interés en la exhibición de materiales inadvertidos, que Picasso convierte no sólo en formatos óptimos para el arte sino en verdaderas obras de arte en sí mismos. Y posiblemente es una mayor entrada en juego de arcillas, planchas, fragmentos de bicicleta (incluso jugando a ser Duchamp Picasso sale ganando sin dejar de ser Picasso), pedazos de madera tallada, trozos de papel recortados y todo tipo de objetos y sustancias empleadas a la manera del lienzo y del mármol lo que uno termina echando de menos. El anunciado criterio cronológico es en realidad un argumento más, no el principal, en un discurso que se desarrolla a lo largo de once salas temáticas: la ordenación por años queda convenientemente vulnerada cuando así corresponde por la consideración brindada a otras ópticas, aunque en conjunto permite comprobar hasta qué punto Picasso echaba mano de sí mismo y de su producción por mucho tiempo que hubiese transcurrido (lo que resulta hasta cierto punto lógico en un hombre al que se le adjudican cerca de cien mil obras realizadas y que tenía la manía de apuntarlo y conservarlo absolutamente todo). La colección se adentra en las miradas que Picasso prodigó al clasicismo, el cubismo, el surrealismo, las diversas vanguardias y hasta el vacío postmoderno; pero deja a la vez bien claro que su primera influencia fue siempre él mismo. En esta propuesta, Picasso acontece como un monstruo descomunal que continuamente devora su propia identidad, actitud que mantuvo desde sus 13 años hasta los 91, extremos de un relato que en lo que a historiografía del arte se refiere abarca incluso mucho más. El artista malagueño lo probó todo, lo hizo todo y lo consumió todo. Inventó el mundo, lo rompió y empezó de nuevo varias veces. Tal y como admitía Jackson Pollock, cuando uno cree haber llegado a algún sitio descubre que Picasso ya ha pasado por allí antes. La nueva colección del museo no es el Picasso de nuestras vidas, pero sí resuelve bien su función introductoria de esta monstruosidad. Su calidad didáctica es así, tal vez, su mayor valor.
En la primera sala de la colección a la que accede el visitante, bautizada como Aprendiendo a pintar, Picasso confiesa en una cita reproducida sobre la pared que de niño apenas dibujaba, lo que no deja de resultar paradójico en boca del artista que expresó su deseo de pintar como un niño (reto que logró a raudales, como la misma colección demuestra). Así, cabe concluir a tenor del familiar Retrato de Lola (1894) que, como apunta el director del museo, José Lebrero, "Picasso aprendió a pintar muy bien muy rápido". La segunda sala, El retrato como espejo, presenta ya a un Picasso pleno, que en 1907, el mismo año en que puso París boca abajo con Las señoritas de Aviñón, presentó una Cabeza de mujer en la que casi hay que ponerse una venda para no advertir los rasgos del malagueño. Aquí mismo luce una de las nuevas incorporaciones más sonadas, Las tres Gracias (1923), resultado del hallazgo del mundo clásico que Picasso hizo en su primer viaje a Italia y que luce acompañado de diversos bocetos del mismo motivo que ya conservaba el museo en su colección. Especial alcance reviste la tercera sala, La aventura del cubismo, por cuanto revela que la empresa deconstructiva urdida junto a Braque no fue tanto un género en sí mismo sino una estrategia para desasimilar otros: Fernande con mantilla (1906) remite al arte antiguo mientras Botella sobre una mesa (1912) prescinde aún del collage y recurre a unos trazos elementales para sugerir la capacidad organizadora de la geometría en la percepción; Composición cubista (Desnudo de mujer de pie) (1911) y Composición geométrica (1918) juegan a ser descaradamente abstractos, pero Restaurante (1914), otro recién llegado de altura, se cierne en el sarcasmo para excitar la ilusión del espectador en un trueque casi tridimensional. La cuarta sala, El inconsciente en la escultura, tiene su mayor joya en una pintura, la bellísima La siesta (1932), con permiso de Bañista tendida (1931). Las criaturas que completan la escena demuestran, muy a pesar del loable empeño del museo, que Picasso nunca comprendió bien el surrealismo o, con más seguridad, nunca se interesó demasiado por sus postulados (algo propio también de un señor que afirmó: "Yo no busco, yo encuentro"). La sala quinta, Mujeres, musas y máscaras anticipa ya algunos elementos totémicos pero cuenta entre las obras de estreno con algunos cuadros de enorme belleza como Busto de mujer apoyada sobre un codo (1938), fenomenal estudio de compenetración entre anatomía y personalidad. No faltan, tampoco, retratos ya bien conocidos por los usuarios del Museo Picasso.
La sala más interesante de todo el recorrido es la sexta, Transformando la materia. De hecho, su aportación atraviesa y define todo el espíritu e la nueva colección. Otro cuadro de impresionante factura, Dos mujeres (1934), enésima evocación de Marie-Thérèse Walter realizada en carboncillo sobre lienzo, en la que las formas geométricas y orgánicas antes dadas por separado comulgan ahora en una armonía de rara placidez, abre un paisaje prodigioso sobre las capacidades míticas del propio Picasso: hacer el mundo es transformarlo, mutarlo. Así, el fabuloso Retrato de un niño (1956) está pintado sobre una teja de arcilla roja, mientras que la Niña pequeña (1948) aparece materializada en tres planchas de arcilla blanca cocida, en una impagable demostración del sentido del humor picassiano. La Cabeza de toro (1942), también vista con anterioridad en el Museo Picasso, da más rienda al juego con el sillín y el manillar de una bicicleta en tan bestial disposición. Picasso sabe que es Dios y se lo pasa en grande. Ni siquiera las figuras totémicas, realizadas en papel o en cerámica, espantan esta gracia gamberra. La séptima sala, Europa: años de conflicto, se adentra en el impacto que causó en el artista la contienda bélica de su tiempo, expresada en obras como el tardío y monumental Gallo (1962), desprovistas de color y de consuelo; pero casi en paralelo facturó Picasso obras de un colorido espectacular, como Mujer en un sillón (1946), señal de que de, nuevo, nada le es ajeno. La sala octava, Artes populares y mitologías privadas, aparece presidida por la deliciosa escultura Flautista con flauta doble (1954 -1955), nuevo regreso al mundo clásico realizado con placas de arcilla blanca, e incluye estampas domésticas como Mujer sentada y niña jugando (1960). En la sala novena, Bestiario, el visitante encontrará las palomas y cabras que ya le serán familiares, pero los elementos más interesantes son los dibujos preparatorios de La caída de Ícaro, el mural que realizó Picasso para la sede de la Unesco en París en 1958. La sala décima, Dibujar como un niño, presenta una serie de retratos realizados por el artista durante los años 60 en los que da cuenta del éxito de su empresa primera, con trazos primerizos y hondos de regusto beckettiano. En la undécima y última sala, Pintar el Siglo de Oro, es un Picasso crepuscular el que reivindica su propia tradición española en cuadros como Maternidad (1970) y el conmovedor Niño con una pala (1971), donde el color vuelve a ser el animal salvaje que no duerme. Intacto y libre.
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