Temporada Lírica | La favorita

Noche de ópera y de museo

  • La producción de ‘La favorita’ de Donizetti estrenada este miércoles en el Cervantes suscita reacciones encontradas en el público merced a su singular escenografía

Carlos Álvarez y Nancy Fabiola Herrera, durante la representación de ‘La favorita’ en el Teatro Cervantes.

Carlos Álvarez y Nancy Fabiola Herrera, durante la representación de ‘La favorita’ en el Teatro Cervantes. / Javier Albiñana (Málaga)

Conviene tener clara la premisa de que la idea de poner en marcha esta nueva producción de La favorita de Donizetti (cuyo estreno original tuvo lugar en París en 1840, si bien la versión italiana, por la que opta la citada producción, se estrenó en la Scala tres años después) prendió en 2018 con motivo de la celebración del Año Europeo del Patrimonio Cultural. El director de escena Curro Carreres encontró la ocasión ideal, en sus propios palabras, para demostrar “cómo el arte y la historia contemporánea a su tiempo y a sus personajes llega hasta hoy en día integrado en el patrimonio artístico”, en contra “del carácter conservacionista y museístico del pasado”. Dentro del repertorio operístico, La favorita parecía corresponderse con este interés al tratarse de una historia (la del rey castellano Alfonso XI, su amante Leonor y el enamorado de ésta, Fernando) lo suficientemente remota como para favorecer esa proyección. Así, Carreres juega con la idea de lo museístico desde varios planos temporales: tras el consabido claustro de Santiago de la introducción del primer acto, el director opta directamente por el alcázar y su evocación de serrallo, que posteriormente queda convertido en una maqueta expuesta en un museo típicamente decimonónico, donde se desarrolla la acción a la vista de los visitantes. A partir del tercer acto, ballet incluido (aunque convertido a su vez en claro alegato contra el patriarcado como motor de la Historia), este espacio es ya un museo abiertamente contemporáneo, donde cada elemento del pasado se convierte en objeto de análisis intelectual para la delimitación de su significado en el presente. En el cuarto acto, la contemporaneidad se afila hasta abarcar los souvenirs del museo, en un alarde de imaginación, y otros elementos de poderoso despliegue visual y asombrosa iluminación que en la representación de este miércoles en el Teatro Cervantes (la primera, con la categoría de estreno, de las tres programadas esta semana) dejó al público dividido entre la aprobación y, tal vez, cierta confusión a la hora de asimilar lo que estaba viendo. Y, bueno, seguramente lo mejor que puede decirse es que semejante experiencia, propiciada además por el mismo Teatro Cervantes como productor único de la propuesta, era necesaria después de un tono habitualmente complaciente dentro de la Temporada Lírica en lo que a puesta en escena se refiere (que no a lo artístico).

Carlos Álvarez se sobrepuso a su propio personaje y contó otro triunfo en casa

Así, un público que se reveló con ganas de aplaudir desde el principio (ya se desquitó a gusto en la temprana Una vergine, un’angiol di dio que interpretó el tenor Ismael Jordi metido en la piel de Fernando con su limpieza y emoción marca de la casa) terminó escindido entre quienes, al final, seguían aplaudiendo a rabiar y quienes no sabían muy bien cómo responder (aunque tras los titubeos prácticamente casi todo el respetable que llenó el Cervantes terminó aplaudiendo: más jugosos resultaron los comentarios posteriores en los pasillos). En cualquier caso, claro, la velada habría ofrecido argumentos de sobra para la aprobación, empezando por Carlos Álvarez: si el libreto original de Alphonse Royer, Gustave Vaëz y Eugène Scribe no concede precisamente muchas ocasiones para el lucimiento dramático a Alfonso XI, reducido a un arquetipo demasiado primario muy a pesar de la partitura de Donizetti, el barítono malagueño saca petróleo de donde parece no haber más que clichés y se adjudicó un nuevo triunfo sin paliativos en casa, con tanto genio de actor derrochado en el escenario como voz. La mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera llegó a la función tras ciertos problemas de salud (en el ensayo general del lunes optó por no cantar con tal de reservarse para la gran cita) pero resolvió el reto entera, con tanto oficio como creatividad en su interpretación. En cuanto al resto de solistas, cabe destacar la siempre exigente, amable y proverbial eficacia del tenor malagueño Luis Pacetti: la Temporada Lírica no sería nada sin él a estas alturas.

La Orquesta Filarmónica de Málaga bajo la dirección de Antonello Allemandi y el Coro de Ópera bajo la batuta de Salvador Vázquez, además de la Escolanía Santa María de la Victoria y la Compañía de Ana Rando, pusieron el resto para mayor gloria del museo. 

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